La democracia y Trump
El mundo no se acabaría mañana sin Donald Trump, pero probablemente dormiría mejor esta noche. La política internacional, territorio áspero, se ha convertido con él en una mezcla de pulsión adolescente y monólogo narcisista, donde la amenaza sustituye al argumento y la improvisación al pensamiento estratégico.
[–>[–>[–>Trump gobierna a sopapos, y en esa sacudida ha logrado un imprevisto: que la primera potencia mundial parezca un actor imprevisible, más cercano a un matón de patio de colegio que a un garante del orden global. Sus guerras no necesitan bombas para ser devastadoras; le basta con aranceles, tuits y un desprecio sistemático por los aliados, que han pasado de socios a sospechosos, porque en su visión binaria del mundo —amigo o enemigo— no hay espacio para la complejidad ni para la lealtad duradera.
[–> [–>[–>La historia estadounidense ofrece precedentes incómodos. Richard Nixon gobernó en alianza con la mentira. Trump ha perfeccionado su legado con una novedad inquietante: la normalización del caos como método. Con él, la política se reduce a un espectáculo de confrontación permanente.
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A veces, dejar que el adversario se desgaste solo es la jugada más rentable. Lo paradójico es que este clima de tensión ha tenido efectos inesperados: ha reactivado debates sobre integración europea, ha devuelto valor a la diplomacia y ha recordado que la seguridad no se construye a base de bravatas.
[–>[–>[–>La tarea de la libertad no siempre es cambiar el mundo, sino evitar que se deshaga. Aunque Trump empuje en la dirección contraria, la democracia, incluso herida, acabará sobreviviendo a uno de sus peores intérpretes.
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