CENTRAL ATÓMICA | Chernóbil, 40 años: ¿podríamos volver a vivir una catástrofe nuclear similar?
Hay topónimos asociados a accidentes geográficos y otros vinculados a hitos históricos que ocurrieron en el terreno y acabaron dándole fama mundial para el resto de los tiempos. Desde hace 40 años, la ciudad ucraniana de Chernóbil está indeleblemente emparentada a la explosión que se produjo en la central atómica a la que da nombre, situada a 30 kilómetros de su casco urbano, que provocó la mayor catástrofe nuclear de la historia. En Occidente, pocos habrían oído hablar de este lugar si no hubiera ocurrido aquel siniestro. Sin embargo, su mención sigue evocando hoy entre la población escenarios apocalípticos marcados por la radiación y el pánico nuclear en un entorno de inspiración soviética en decadencia.
[–>[–>[–>Para los profesionales de la energía nuclear, en cambio, Chernóbil es sinónimo de una de las mayores paradojas que alberga este sector: puso nombre a uno de los eventos que menos lecciones prácticas han aportado en cuestiones de seguridad atómica –materia sustentada sobre la ley de la prueba y el error, y que ha ido mejorando desde sus inicios a base de corregir fallos cometidos en el pasado–, pero todos reconocen que es el acontecimiento que más ha influido en el desarrollo de esta industria.
[–> [–>[–>Solo hay que observar su evolución en el último medio siglo para comprobarlo: el fuerte crecimiento que experimentó tanto el número de centrales atómicas como los megavatios de electricidad generados en ellas en las décadas de los 70 y 80 se quiebra tras el final de este último decenio y desde entonces ha permanecido prácticamente estable. Si en 1990 había 420 plantas en funcionamiento, 35 años más tarde el saldo entre las que se han cerrado y se han abierto arrojaba una cifra similar: 422 centrales en activo. Si a mediados de los años 80 se conectaban a la red cada temporada más de 30 reactores nuevos, una década más tarde se inauguraban cada año no más de seis. En medio de esas dos estampas está Chernóbil, el accidente que cambió la historia de la energía nuclear en el mundo.
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«El impacto que tuvo aquel suceso en la cultura popular fue brutal en términos de relato, y no es proporcional a las pocas enseñanzas que dejó a los profesionales en materia de seguridad en las centrales», distingue Alfonso Barbas, ingeniero de la Sociedad Nuclear Española, que se hace cargo del miedo atávico que el accidente generó entre la población profana en esta materia: «Los efectos de una riada o un terremoto los ves al instante, pero una catástrofe atómica es distinta, la radiación es un peligro invisible, y eso genera inquietud. Hasta Chernóbil, las únicas referencias que la gente tenía de esta amenaza eran Hiroshima y Nagasaki. Aquel accidente disparó de repente el pánico a lo nuclear, aunque no tuviera nada que ver con las bombas», analiza el experto.
[–>[–>[–>Proyectos olvidados
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Tras el siniestro, este sistema de generación de electricidad se volvió impopular y sospechoso, y multitud de proyectos de nuevas plantas en Europa y otras regiones del mundo pasaron del plan de desarrollo al cajón del olvido para frustración del sector, que después de Chernóbil nunca ha sido capaz de vender las bondades de las centrales nucleares ni la logrado alejar de ellas el miedo que aquel accidente inoculó en la sociedad, a pesar de la distancia que separa la tecnología usada en las instalaciones occidentales de la ucraniana siniestrada.
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«Temer que se repita lo que pasó en 1986 es como no querer subir un avión por miedo a que arda como ardían los dirigibles. Chernóbil era una cafetera, los reactores occidentales no tienen nada que ver con la planta ucraniana en términos de seguridad», distingue el experto en tecnología nuclear y divulgador científico Alfredo García, a cuento de uno de los motivos que se señalaron como causa del accidente del que se van a cumplir 40 años el próximo 26 de abril: el anticuado y vetusto diseño de la central.
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[–>El reactor número 4 de Chernóbil, del tipo RBMK soviético, había entrado en funcionamiento dos años antes del fatal percance tras ser construido siguiendo el modelo de las centrales que la URSS montaba para obtener plutonio con fines militares. En plena Guerra Fría, estas instalaciones se caracterizaban por dar prioridad a la fabricación de material radiactivo enriquecido por encima de cuestiones como la seguridad y, por su sistema de trabajo, eran más inestables. «Las centrales occidentales son, como se dice en el argot científico, ‘intrínsecamente estables’. Esto significa que el combustible que hay en el núcleo, al calentarse, frena la potencia del reactor. Es como si lo ahogara. A la de Chernóbil le pasaba justo lo contrario: un aumento de calor aumentaba la potencia, calentando más el reactor y, por tanto, aumentando más la potencia», explica García, que trabaja como operador en Ascó.
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A esta particularidad se sumaba otra que saltaba a la vista: los reactores de la planta ucraniana carecían de cúpula de contención –el edificio cilíndrico de techo curvo que caracteriza a la mayoría de las centrales nucleares– que, de haberla tenido, habría retenido gran parte de la radiación que escapó del núcleo tras la explosión. El accidente se produjo cuando los técnicos realizaban un experimento para tratar de averiguar si la propia energía generada en las turbinas podría poner en marcha el sistema de emergencia en caso de una caída de electricidad sin necesidad de acudir a los generadores externos, que tardaban un minuto en empezar a refrigerar la planta. Sin embargo, esa duda habría sido impensable en cualquier central occidental coetánea de la de Chernóbil. «En Ascó, que también entró en funcionamiento en 1984, el sistema de emergencia tarda 13 segundos en empezar a enfriar el núcleo», compara Alfredo García, conocido en redes como @OperadorNuclear.
[–>[–>[–>Protocolos de actuación
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Si bien las causas del accidente aportaron pocas enseñanzas al sector de la energía atómica en materia de seguridad, ya que estas estuvieron relacionadas con el obsoleto diseño del reactor ucraniano y con la negligente actuación de los operarios que ejecutaron aquella prueba el 26 de abril de 1986, los que sí cambiaron notablemente fueron los protocolos de actuación para evacuar a la población cercana.
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Los bomberos que acudieron a la planta de Chernóbil tras producirse la explosión llegaron sin percatarse del peligro al que se enfrentaban, una situación que refleja con crudeza la serie ‘Chernobyl’ estrenada en la plataforma HBO en 2019, donde se ve a los operarios agarrando trozos de grafito radiactivo con sus propias manos y respirando aire contaminado sin protección. «Esa escena sería inimaginable en cualquier central nuclear actual. Hoy, todas cuentan con personal de emergencias especializado que conoce las instalaciones a la perfección y sabe el riesgo que entraña cada material que maneja», aclara García.
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Tampoco sería posible asistir hoy, en las poblaciones próximas a un reactor nuclear accidentado, a las situaciones de inconsciencia y dejadez que vivieron los vecinos de Prípiat, localidad situada a dos kilómetros de la planta de Chernóbil, en las primeras horas tras la explosión. «Todas las centrales cuentan con estaciones meteorológicas para conocer la dirección del viento, confinar las urbes hacia las que se dirija la pluma radiactiva y repartir entre sus habitantes pastillas de yodo que evite que el yodo radiactivo que viaja por el aire se instale en sus tiroides, con riesgo de provocarles cuadros de cáncer», detalla el experto en energía nuclear.
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En los últimos 40 años han entrado en funcionamiento unos 200 reactores nuevos –y han sido dados de baja otros tantos al finalizar sus etapas de vida útil–, que han incorporado los protocolos de emergencias aprendidos de la experiencia de Chernóbil y comparten continuamente los hallazgos que hacen en materia de seguridad a través de la Asociación Mundial de Operadores Nucleares (WANO), organismo creado en 1989 como consecuencia del desastre vivido en Ucrania y actualmente presidido por el español José Antonio Gago.
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Sistema anti tsunamis
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Tras el mazazo que supuso el accidente de Chernóbil para el sector energético nuclear, en la segunda mitad de la década del 2000 pareció recuperarse el ritmo de creación de nuevas plantas atómicas, pero el accidente de Fukushima (Japón) en 2011 volvió a poner en duda la fiabilidad de este tipo de instalaciones. «A diferencia de Chernóbil, este último incidente sí ha aportado descubrimientos útiles que han sido incorporados a las centrales de todo el mundo, explica Javier Pelegrina, físico nuclear que presta servicios en materia de seguridad en de Ascó y Vandellós. Sin ir más lejos, esta última planta nuclear, que opera próxima al mar, cuenta hoy con un sistema de protección ante posibles tsunamis.
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Actualmente hay en construcción 67 plantas nucleares en el mundo –24 de ellas están en China, el país que más fuertemente está apostando por esta fuente de energía en los últimos tiempos–, todas dotadas con sistemas de respuesta de última generación que les permite detenerse por sí solas –»de forma pasiva y automática», puntualiza Pelegrina– en caso de una incidencia sin necesidad de contar con asistencia exterior.
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Esta tecnología mejora la fiabilidad de las plantas que se construían en los años 80, pero la filosofía de su sistema de seguridad no ha cambiado en este tiempo. «Al final, la estrategia es siempre la misma: dotar a las instalaciones de sucesivas barreras de protección para que, si falla una, la siguiente pueda actuar y detener un accidente o evitar una fuga radiactiva», detalla este físico nuclear, que aclara: «Las plantas que se inauguraron en España en los años en los que entró en funcionamiento Chernóbil tenían, y siguen teniendo, ese sistema de controles redundantes, pero en la central soviética no dieron tanta importancia a la seguridad».
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