Asturianos en la llegada de la democracia
Cumplimos este año medio siglo de la promulgación de la Ley de Reforma Política. Esta norma, calificada como la «clave de la Transición», supondría el final de un régimen autocrático y el advenimiento de otro democrático, pero efectuado «de la ley a la ley, a través de la ley», lo que en su día deslumbró al mundo civilizado y aún hoy se estudia en los manuales de derecho y de historia contemporánea nacionales e internacionales.
[–>[–>[–>Este «suicidio legal del franquismo», como ha sido también llamado, sería consecuencia de la sabiduría y acción de un preclaro asturiano, don Torcuato Fernández-Miranda y Hevia, una figura jurídica y política de enorme relieve, al que el destino no le hizo justicia en los primeros pasos en democracia ni tampoco lo hemos recordado como merecía por su formidable ejecutoria profesional y de estadista.
[–> [–>[–>Pero no le va a la zaga en este olvido otro asturiano que le acompañó en sus empeños y que tuvo un crucial papel en estos momentos de epifanía democrática: don Noel Zapico Rodríguez, que participaría en la gestación de esta memorable Ley como vocal de la ponencia encargada de informarla ante las Cortes. Zapico participaba del espíritu socialcristiano de Miranda, de ahí que su colaboración se intuyera fluida y fructífera. En esas fuentes bebía también mi querido padre, luego organizadas en torno al partido que aglutinaría Licinio de la Fuente y terminaría diluido en una Alianza Popular dirigida bajo la batuta y el fuerte sello personal de Manuel Fraga.
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Fernández-Miranda defendía que las leyes obligaran, pero que no encadenaran. Y así lo hizo con precisión de relojero, como escribiría en su biografía para la Academia de la Historia su buen amigo y compañero «asturleonés» Fernando Suárez. Miranda, aunque fue el principal arquitecto de esta pieza jurídica insustituible de nuestro reciente pasado democrático, no compartiría posteriormente su evolución.
[–>[–>[–>El tiempo acabaría dándole la razón, por ejemplo, en el uso del término «nacionalidades» en la Constitución, por su notoria ambigüedad y por referirse a un hecho capaz de convertirse en derecho a la creación de Estados independientes y soberanos. Sus discrepancias generarían también fricciones en los partidos a los que estuvo vinculado, y en el texto original de la Constitución sancionada por el Rey que se exhibe en el Congreso no figura estampada su firma.
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Se ha especulado sobre su frustrado ascenso a la máxima magistratura en el tardofranquismo y ya en tiempos democráticos achacándolo a su mayor o menor simpatía y a su personalidad, cuando quienes le conocieron de cerca dan fe de su capacidad y rectitud, así como de su normalidad en el trato. Uno de sus discípulos en la Universidad de Oviedo que luego haría carrera en otra disciplina diferente, su paisano gijonés Aurelio Menéndez, siempre me lo recordó con cariño, lo mismo que Ignacio de la Concha.
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[–>Aunque Juan Carlos I y Adolfo Suárez fueron agentes decisivos en aquellos tiempos, el papel jugado por Fernández-Miranda puede equipararse al de ellos, y muy significativamente por la celeridad que quiso imprimir a su proyecto de Ley estrella, ideando un procedimiento de urgencia en su aprobación, evitando su eterna sustanciación en comisiones legislativas compuestas mayoritariamente por afectos al régimen. Este procedimiento de urgencia se había ensayado meses antes, con ocasión de la tramitación de las Leyes sobre Derecho de Reunión y de Asociaciones Políticas.
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Desde el mes de mayo hasta diciembre de 1976, hace ahora cincuenta años, España comenzaría a dar sus primeros pasos hacia la democracia. Y ese proceso sería impensable sin la contribución de estos egregios asturianos a los que debiéramos honrar. Fernández-Miranda merece ser pintado al lado de los otros dos juristas asturianos que Ribera retrató en el medallón central del hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, sus paisanos Jovellanos y Campomanes. Tres personalidades del derecho español que nos llenan de sano orgullo y cuyas ejecutorias tendrían que ser conocidas por las nuevas generaciones de asturianos.
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