Pájaros de mal agüero
El escritor francés Emmanuel Carrère aseguraba en una entrevista reciente que, hoy día, cuando tratamos de entender el mundo en el que vivimos, hay dos maneras de ver las cosas, “una relativamente optimista y otra radicalmente pesimista”. Por algún motivo, el punto de vista pesimista acaba imponiéndose al optimista, siempre más recatado y menos radical. No hay más que prestar atención a la conversación pública.
[–>[–>[–>El autor del apasionante relato familiar Koljós aclaraba las razones en las que se apoyaban unos y otros. “Los optimistas piensan que atravesamos una fase de caos trágico, que ya ha ocurrido antes y que la humanidad superará. Los pesimistas creen que nunca ha existido un caos semejante y que no es una fase, sino el fin”.
[–> [–>[–>En suma, que los optimistas son conscientes de que, desde que el mundo es mundo, el ser humano siempre ha tenido que enfrentarse a circunstancias adversas, que ha acabado revirtiendo. A diferencia de los pesimistas, que, poniéndose siempre en lo peor, defienden que la actual situación no es pasajera, sino definitiva y que no tiene vuelta atrás.
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Comparto la posición de Carrère, quien concluye que “el principal, y, en mi opinión, único argumento a favor del enfoque relativamente optimista es que, desde los albores de la humanidad, siempre ha habido gente que ha dicho lo mismo, que antes era mejor y que el fin del mundo era inminente”.
[–>[–>[–>Los actuales habitantes del planeta estamos experimentando acontecimientos novedosos, extraordinarios: un apagón como el de hace un año que paralizó por completo nuestras vidas durante medio día; una pandemia mundial, como la devastadora de hace seis años, que causó más de 120.000 muertos solo en nuestro país y cambió radicalmente nuestra forma de vivir; o guerras simultáneas como las de Ucrania, Gaza e Irán, que, además de dejar miles de víctimas, amenazan con someter al mundo a un desabastecimiento de proporciones desconocidas.
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Por si esto ya no fuera bastante, las nuevas generaciones están enfrentándose a una precariedad que ya se creía superada. No sólo continuamos con un paro endémico, sino que los actuales puestos de trabajo están mal remunerados y carecen de estabilidad. La vivienda es un bien tan escaso que casi tres de cada cuatro menores de 34 años viven con sus padres. Por si fuera poco, y probablemente a causa de esa situación, tenemos una juventud hipocondríaca e hiper medicalizada (más de la mitad de los jóvenes dice haber tenido problemas de salud mental durante el último año).
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[–>La sensación de pesadumbre ante el futuro es tal que se ha puesto de moda otra vez, entre bromas y veras, la recurrente máxima -unos dicen que de Antonio Gala y otros que de Mario Benedetti- de que un optimista es un pesimista mal informado.
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Hay quienes nos culpan de este estado depresivo a los medios. Hace ya dos años que el instituto Reuters de la Universidad de Oxford advirtió de que casi cuatro de cada 10 personas en todo el mundo aseguraban que, con frecuencia, evitaban las noticias. Y un tercio de estos preferían adoptar la postura del avestruz para proteger su salud mental.
[–>[–>[–>Hay quienes culpan -los más- a nuestros políticos. No son pocos los mandatarios que, con tal de avivar la polarización, si están en el gobierno, nos pintan un panorama apocalíptico en caso de que la oposición llegara al poder; y, si están en la oposición, nos pintan un futuro igualmente infernal si se mantienen los actuales gobernantes.
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Los ambientes depresivos como en el que vivimos no se crean solos. Detrás hay mucho trabajo de los pájaros de mal agüero -esos del cuanto peor, mejor-. Una reciente encuesta del desprestigiado CIS, titulada ‘Temores de la sociedad actual’, reflejaba que el 81 por ciento tiene miedo a una guerra mundial, el 74 a una guerra civil y el 67 a una nueva crisis económica. No podemos vivir así. Alguien debería intentar levantar el ánimo de los españoles. Con esa losa de miedo no vamos a ninguna parte.
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