Álex Galán: vivirlo antes de contarlo
Álex Galán (1988), habla de sus películas y de sus expediciones como si fueran, en el fondo, una misma cosa: una forma de acercarse a una realidad distinta, sumergirse en ella y luego compartirla con los demás. En su caso, la cámara nunca aparece como un artefacto de paso, sino como la consecuencia de una convivencia previa, de una curiosidad antigua y de una manera de estar, que tiene más de escucha que de conquista. Director y documentalista asturiano, Galán lleva años filmando vidas pegadas al territorio, aquí y en lugares remotos, con una obsesión que atraviesa toda su obra: entender cómo habitamos el mundo y qué revela eso sobre nosotros mismos.
[–>[–>[–>Mirar lejos para ver aquí
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Esa mirada empezó a tomar forma en 2010, durante su primer viaje fuera de España, cuando convivió diez días con pescadores en una pequeña isla del Caribe mexicano. Allí descubrió que lo que de verdad le interesaba no era solo el viaje geográfico, sino «ver el mundo desde todas las vertientes de las comunidades locales» y acercarse al ser humano con una mirada casi antropológica. Después llegaron Sudamérica, Siberia, Mongolia o Asia Central, pero lo decisivo no fue la suma de destinos, sino la certeza de que «cuanto más conoces diferentes realidades humanas en otras partes del mundo, más capacidad tienes para empatizar».
[–> [–>[–>Ese aprendizaje acabó aplicándolo de vuelta a casa. Galán explica que haber filmado fuera, fue justamente lo que le despertó esa curiosidad por documentar con la misma atención Asturias, porque entendió que a menudo, reservamos la curiosidad para lo exótico y dejamos de mirar con hondura aquello que creemos conocer. «Descubrí que a veces no mantenía la misma mirada atenta con lo que tenemos aquí, porque estamos muy acostumbrados», dice, antes de poner un ejemplo que resume bien esa idea: «Somos capaces de valorar la trashumancia de los pastores nómadas de Mongolia, pero no somos capaces de apreciar con la misma fuerza la trashumancia que tenemos en los Picos de Europa o a los artesanos del suroccidente de Asturias».
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La empatía de la observación
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En tiempos de consumo rápido y de viajes convertidos en una lista de comprobación, Galán defiende justo lo contrario. Reivindica el tiempo largo, la repetición y la vuelta: «Yo reivindico repetir lugares, volver a sitios donde ya estuviste para verlos con otra mirada y otro tiempo». Para él, regresar construye un «mapa mental y emocional», libera del peso de la novedad y permite ir «con los sentidos más abiertos» en una época en la que viajar se ha vuelto «algo controlado y previsible».
[–>[–>[–>Esa filosofía del regreso está muy cerca de su manera de filmar y de su ética de trabajo, que explica cómo logra que comunidades tan distintas le abran la puerta, sin romper la autenticidad: «Para mí hay una máxima irrenunciable: vivirlo antes de contarlo». Por eso insiste en convivir, escuchar y compartir tiempo mucho antes de encender la cámara, porque «la cámara siempre llega después» y solo así quienes tiene delante, «desde un pastor en Picos de Europa hasta un inuit en Groenlandia», sienten que el equipo vive también en su realidad.
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De ese contacto con otros mundos, asegura, no sale con certezas sino con una conciencia más clara de sus propios límites. «Lo más importante que aprendo es ser consciente de mi propia ignorancia, y esa ignorancia es el primer paso para empezar a aprender», afirma. También esos encuentros le han ayudado a relativizar, a «tomármelo todo un poco menos en serio, y especialmente a mí mismo», como si filmar otras formas de vida, sirviera también para rebajar el ruido y recolocarnos.
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[–>El lobo y el territorio
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En Asturias, una de las expresiones más reconocibles de esa mirada fue “Salvajes”, el documental con el que se adentró en el conflicto del lobo y el mundo rural. Galán deja claro que no quería hacer una película sobre biología, sino sobre convivencia, choque de intereses y tensiones humanas: «No trataba de ser una película sobre la biología del lobo, sino sobre el conflicto humano por el lobo». Su propósito era «poner sobre la mesa todas las cartas, de todas las partes del conflicto» y dejar que cada cual hablara «exactamente como sentía, sin ser censurado».
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Ahí aparece una de sus ideas más fértiles: «Para resolver un conflicto, lo primero es dejar todas las posturas claras, en bruto y encima de la mesa». Quizá por eso Salvajes encontró un eco poco habitual entre públicos que no suelen acercarse al cine independiente, porque «muchísima gente de zonas rurales» sintió que por fin había una película que hablaba «de ellos en su mismo idioma, con su misma voz, sin idealizar nada». En el fondo, el lobo era también una puerta para una pregunta más amplia, que atraviesa buena parte de su trabajo: «A mí me interesa responder a la pregunta de cómo habitamos y compartimos el territorio».
[–>[–>[–>La ternura de lo salvaje
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Si hubiera que resumir en una imagen lo que más conmueve a Álex Galán cuando filma, no sería la dureza ni la épica. Lo que de verdad le emociona es «observar la sensación de hogar, incluso en los lugares más hostiles», comprobar cómo alguien puede sentir paz en la taiga siberiana a 50 grados bajo cero o en el casquete polar de Groenlandia. A eso lo llama «la ternura de lo salvaje», una expresión que desarma la idea brutal de naturaleza y la devuelve a una escala humana, íntima, sorprendente por la ubicación vital que muestran los habitantes de esos entornos.
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También desde ahí se entiende su rechazo a la romantización. Galán sostiene que «para mí no existe el documental, todo es ficción», no porque crea que todo sea mentira, sino porque desde el momento en que alguien vive algo y luego lo cuenta, ya está construyendo un relato. Su límite está en otro sitio: «Lo que intento es que ese relato nunca parta de la mentira, ni de la idealización».
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Un mosaico asturiano
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Cuando piensa en Asturias, no busca una sola película que la explique por completo. Prefiere imaginar un mosaico, una suma de piezas capaces de mostrar la región más allá de la postal, con sus conflictos, sus afectos, sus oficios, sus vecinos y también sus zonas
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incómodas. «Mi intención es que, en el futuro, si alguien quiere acercarse a la realidad de Asturias más allá de la postal típica, pueda ver este mosaico de películas», señala.
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Esa voluntad enlaza con otra de sus intuiciones más sugerentes: la exploración ya no consiste tanto en encontrar un punto vacío en el mapa como en escuchar historias que todavía no han sido contadas. «La exploración para mí no es geográfica, sino de la naturaleza humana», resume. Y quizá por eso le gustaría que los jóvenes encontraran en sus trabajos «un mapa del camino de vuelta al origen», una «arqueología presente» hecha de saberes vivos, de formas de estar en el mundo que aún resisten y que, en medio de tanta velocidad, pueden seguir diciendo algo esencial sobre quiénes somos.
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Mientras tanto, sigue avanzando. Acaba de terminar una nueva película rodada en Groenlandia junto al explorador Ramón Larramendi, construida con material de archivo de antiguas expediciones de los años noventa y grabaciones recientes, con la intención de acercarse a la figura de los viejos exploradores y a su forma de contar la vida en el Ártico. Pero, escuchándolo, da la impresión de que su viaje de fondo sigue siendo el mismo que empezó hace años en aquella isla mexicana: entender a los otros para aprender a mirar mejor lo propio.
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