España como coartada
La reciente polémica entre Claudia Sheinbaum e Isabel Díaz Ayuso no es un episodio aislado. Es la continuación de una estrategia política perfectamente calculada: convertir a España en un enemigo simbólico útil para distraer a la opinión pública mexicana de problemas mucho más graves y mucho más actuales.
[–>[–>[–>Mientras el Gobierno mexicano alimenta debates sobre la Conquista y exige revisiones morales del siglo XVI, México sigue enfrentándose a una realidad devastadora en pleno 2026. Los homicidios continúan en cifras alarmantes. Las desapariciones siguen acumulándose. El narcotráfico mantiene control territorial efectivo en distintas regiones del país. La extorsión se ha convertido en parte cotidiana de la vida económica de miles de mexicanos. Y la percepción de inseguridad sigue siendo una de las principales preocupaciones nacionales.
[–> [–>[–>Ese es el verdadero balance político del presente.
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Porque más allá de los discursos y la propaganda, Sheinbaum llegó a la presidencia prometiendo continuidad con el modelo de López Obrador, incluyendo la famosa estrategia de «abrazos, no balazos». Los resultados están lejos de ser tranquilizadores. Las organizaciones criminales no han desaparecido; muchas se han fortalecido económica y territorialmente. El Estado sigue mostrando enormes dificultades para recuperar control efectivo en zonas dominadas por el crimen organizado.
[–>[–>[–>A eso se suma la creciente presión internacional sobre México por el tráfico de fentanilo y las conexiones entre estructuras criminales y sectores políticos locales. Incluso dentro de Morena han aparecido tensiones internas relacionadas con investigaciones y sospechas sobre vínculos con el narcotráfico. Y mientras todo eso ocurre, el Gobierno vuelve constantemente a España y a Hernán Cortés como si el principal drama nacional mexicano siguiera siendo la caída de Tenochtitlán.
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La última controversia con Ayuso volvió a dejarlo claro. Bastó que la presidenta madrileña defendiera el legado hispánico y rechazara el relato simplista sobre la Conquista para que desde sectores oficialistas mexicanos se activara una nueva tormenta política y mediática. Pero detrás del ruido aparece siempre la misma pregunta incómoda: ¿por qué el poder mexicano necesita obsesivamente enemigos históricos?
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[–>La respuesta parece evidente. Porque el pasado no vota, no dispara y no cuestiona al Gobierno.
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La narrativa oficial intenta presentar la Conquista como una agresión unilateral de europeos contra pueblos indígenas indefensos. Pero la historia real desmonta esa caricatura. Hernán Cortés jamás habría derrotado al imperio mexica sin el apoyo masivo de pueblos indígenas aliados. Tlaxcaltecas, totonacas y numerosos pueblos sometidos por Tenochtitlán combatieron junto a los españoles porque estaban cansados de la hegemonía mexica, de los tributos forzosos y de un sistema basado en guerras permanentes y sacrificios humanos rituales.
[–>[–>[–>Ese detalle suele desaparecer del relato nacionalista porque destruye el esquema simplista de «españoles malos contra indígenas unidos».
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Y hay otra realidad histórica todavía más incómoda: el imperio mexica no era una utopía pacífica destruida por Europa. Era un poder militar expansionista que sometía violentamente a otros pueblos mesoamericanos. Los sacrificios humanos masivos existieron. Las guerras de captura para alimentar esos rituales existieron. Los pueblos aterrorizados por Tenochtitlán existieron.
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Por eso resulta legítimo plantear una pregunta que rara vez aparece en el debate público mexicano: si España debe pedir perdón histórico, ¿quién exige responsabilidades históricas al imperio mexica por los pueblos indígenas que fueron sometidos y sacrificados bajo su dominio?
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Porque la memoria histórica no puede utilizarse selectivamente según convenga políticamente.
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Por supuesto que la colonización española tuvo violencia, explotación y abusos. Negarlo sería absurdo. Pero también es absurdo negar que la presencia española puso fin a prácticas brutales, creó universidades, hospitales y estructuras jurídicas, e impulsó una civilización mestiza que terminó integrando poblaciones indígenas, europeas y africanas.
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La comparación con el modelo anglosajón resulta especialmente reveladora. Mientras buena parte de la colonización británica en Norteamérica terminó con la expulsión o desaparición masiva de pueblos indígenas, el mundo hispánico evolucionó hacia sociedades mestizas donde la mezcla cultural y humana terminó definiendo la identidad nacional.
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México moderno existe precisamente por esa herencia compartida.
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El idioma español que hoy habla Sheinbaum es consecuencia de España. Las instituciones mexicanas nacen del mundo hispánico. La propia identidad mestiza mexicana surge de aquel encuentro histórico entre indígenas y españoles. Incluso la existencia misma del Estado mexicano es inseparable de esa herencia.
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Pero admitir esa complejidad destruiría una herramienta política extraordinariamente útil: la construcción permanente de España como culpable histórico universal.
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México merece algo mejor que vivir atrapado en un resentimiento cuidadosamente alimentado desde el poder. Merece dirigentes preocupados por resolver los problemas de los mexicanos vivos y no obsesionados con reescribir eternamente el siglo XVI.
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Porque ningún mexicano teme hoy salir a la calle por culpa de Hernán Cortés.
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Pero millones sí viven con miedo por culpa de los fracasos políticos del presente.
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