El error de llamar enemigo a China
La semana pasada tuve la oportunidad de reunirme en Chile con Richard Haass, diplomático estadounidense, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores y asesor cercano de diferentes gobiernos estadounidenses. Mientras sigo su influyente blog Home & Away, sé que la idea de … El doble bloqueo de Ormuz era suyo. En una entrevista periodística hizo una declaración sorprendente: Haass no tiene claro si la Administración Trump considera a China «un adversario».
Después me concretaría el matiz. No se puede mirar la relación entre Washington y Beijing con los lentes de la Guerra Fría, ni equipararla con el vínculo de Trump con Putin. Rusia es un adversario más claro, más destructivo y menos integrado económicamente con Estados Unidos. China es otra cosa, más multifacética: competidor sistémico, rival tecnológico, socio comercial y, en algunas áreas, interlocutor necesario.
Esa distinción importa para entender la cumbre que reunirá a Trump y Xi en Beijing a partir de este jueves con el comercio, Taiwán, Irán, la inteligencia artificial y las tierras raras sobre la mesa. El error sería esperar una gran reconciliación. El otro error, quizás más grave, sería dar por sentado que ambos países avanzan mecánicamente hacia una guerra fría. La mirada de Haass ayuda a escapar de ambos clichés. China es una potencia formidable, pero no invulnerable. Arrastra una crisis demográfica por la que perderá 500 millones de habitantes en los próximos 75 años. Su economía está hoy más intervenida que hace unos años, la represión intelectual limita su capacidad de adaptación y la recentralización del poder en torno a Xi ha reducido los contrapesos internos. La principal advertencia de Haass es que una China bajo presión no será necesariamente más prudente, sino, precisamente, más impredecible.
Ahí aparece Taiwán, el verdadero punto de ignición. No porque la guerra sea inevitable, sino porque concentra todos los elementos peligrosos: un doble nacionalismo chino, la ambigüedad estratégica estadounidense, los semiconductores, el prestigio político y el cálculo militar. Haass enfatiza que Taiwán sigue siendo central para la economía tecnológica global y que una crisis allí podría arrastrar a ambas potencias a una confrontación que ninguna de las dos quiere.
Trump llega a la cumbre con su instinto transaccional: compras agrícolas, aviones, inversiones, aranceles, gestos visibles. Xi llega con otra gramática: paciencia, ceremonia, presión gradual y control de palancas críticas, desde las tierras raras hasta el acceso al mercado chino. El Instituto de Estudios de Seguridad de la UE habla, correctamente, de «estabilización táctica», no de reinicio. Ese es el punto. La cumbre no resolverá la rivalidad entre Estados Unidos y China, pero puede revelar si ambos líderes comprenden su naturaleza. Washington debe competir sin convertir cada desacuerdo en una cruzada ideológica. Beijing debe comprender que la interdependencia no le da licencia para intimidar a sus vecinos. Y Europa, España incluida, debería abandonar la comodidad de presenciar este duelo como espectadora.
China no es la URSS. Tampoco es un socio benigno. Es un poder revisionista parcialmente integrado en el orden que desea modificar. Esa contradicción define nuestro tiempo. Y por eso la cumbre no debería medirse por el comunicado final, sino por algo más grave: si ambos dejan a Pekín con menos incentivos para seguir probando hasta qué punto se puede tensar la cuerda.
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