competir (representando a España), entrenar y seguir aprendiendo
El luarqués Luis Paredano pasa de los 70 años y habla del deporte con la naturalidad de quien lo lleva incorporado a la vida diaria. No como una actividad puntual, ni como una afición de juventud, sino como una forma de entender la existencia. Es deportista, fue entrenador, «competidor y compañero», como dice, inlcuso de quienes también eran sus rivales. Ha ganado, se ha lesionado (con 40 años una tendinitis de repetición le obligó a dejar de correr), se ha recuperado y sigue entrenando. Y cuando se le pregunta qué espera del futuro, no duda: «Seguir haciendo deporte». Ahora es uno de los españoles (y asturianos) con más solera del bádminton en su categoría.
[–>[–>[–>La historia de Luis está atravesada por una idea constante: adaptarse. Incluso cuando el cuerpo no responde. Al recordar las lesiones, Paredano no dramatiza. «Depende del tipo de lesión», explica. «Pero en ocasiones no puedes mover una pierna, coges una silla, pones la rodilla encima de la silla y ahí juegas». Lo dice casi como una anécdota, pero resume una manera de afrontar el deporte y la vida. «No te puedes mover porque estás con la rodilla en la silla, pero juegas. Te sientas y puedes jugar también».
[–> [–>[–>El deportista, en una de las calles de Luarca. / Ana M. Serrano
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Hoy continúa entrenando en función del calendario competitivo. Y el calendario tiene una fecha señalada: representará a España en el Campeonato de Europa de bádminton, que se celebrará en Cagliari, en Cerdeña, a finales de septiembre. «Ya tenemos todo preparado. Ya está el vuelo, ya está el hospedaje; está todo preparado para irnos», cuenta con ilusión. Serán diez días de campeonato y, antes de eso, semanas de preparación más seria para llegar en las mejores condiciones posibles.
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La dificultad del reto europeo
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Paredano conoce bien la dificultad de este reto. «Es muy difícil, porque hay países que van muy por delante de nosotros en bádminton», reconoce. Cita a Dinamarca, Inglaterra, Alemania o Suecia como ejemplos de una cultura deportiva mucho más asentada. «Tienes que tener en cuenta que la gente que tiene allí setenta y pico, ochenta años, empezó a jugar a los cuatro años», explica. Esa diferencia de base, dice, se nota en cada movimiento: «Tienen unos movimientos ya muy estandarizados de escuela. Parece que no hacen nada, pero lo tienen aprendido».
[–>[–>[–>En el Europeo competirá con España. Su clasificación llega por méritos deportivos y por ranking. «En dobles creo que estoy segundo», comenta al consultar la clasificación nacional. Después matiza que en otra modalidad aparece quinto, pero lo importante es que sigue ahí, entre los mejores, preparando una cita internacional cuando muchos otros ya habrían dejado la competición atrás.
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Ernesto Paredano en un partido de competición. / Ana M. Serrano
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En dobles forma pareja con Miguel Ángel Gómez, un jugador madrileño al que define con una frase sencilla y contundente: «Somos como hermanos». Se conocieron jugando y su relación quedó marcada por una lesión grave. «El día que yo me rompí el tendón de Aquiles íbamos a jugar el primer torneo los dos juntos en Murcia, en Las Torres de Cotillas», recuerda. La lesión lo cambió todo, pero su compañero decidió esperarle. «Tenía bastante gente que le preguntaba si jugaba con ellos el doble, que yo estaba lesionado. Y él decía: mientras Luis no me diga que no va a jugar, yo espero por él».
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[–>Aquella espera tuvo recompensa porque a los seis meses de romper el tendón jugamos el Campeonato de España. Y no solo lo jugaron: lo ganaron. La frase queda como una síntesis de su trayectoria: lesión, recuperación, fidelidad y título.
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Un símbolo para la educación valdesana
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Pero el deporte, para Luis Paredano, no es únicamente competición. También es educación. Esa idea le viene de casa. Recuerda a su padre como una persona adelantada a su tiempo. «Yo siempre dije que, en dos temas, mi padre fue pionero: uno fue en enseñarnos deporte y otro en que teníamos que estudiar inglés» En aquella época, recuerda, casi todo el mundo estudiaba francés. «En el instituto éramos cuatro gatos y no venía profesor porque como éramos cuatro gatos no venía profesor a darnos hasta Navidades».
[–>[–>[–>Eran nueve hermanos, y aunque la situación económica familiar no era especialmente brillante, en casa encontró apoyo. Cuando decidió marcharse a Madrid para estudiar Educación Física, no le cerraron la puerta. «Yo dije que iba a Madrid a estudiar y para allí que fui. En ningún momento me dijeron no se puede». En la capital de Españó ganó mucho dinero, sí, pero «no tenía vida». «Solo trabajaba», recuerda. Piensa en aquellos tiempos y se visualiza saliendo de casa a las ocho de la mañana y llegando a las doce de la medianoche.
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Por eso un día dijo basta. Volvió a Luarca y empezó a trabajar en el instituto Carmen y Severo Ochoa. «No eran buenos tiempos para la educación física, el dibujo y la música». En las evaluaciones, los profesores cantaban las notas de las otras materiales, «las que se consideraban importantes», y no pidían ni informes a los profesores de las otras materias. «No creo en el aprobado general, no creo en el 8 para todos», dice. Por eso aquellos fueron años de batalla, pero también de resultados. Luis Paredano fue le profesor que fotocopiaba a apuntes sobre educación física, que hacía el test de Cooper, el que enseñaba a los alumnos a sentir sus pulsaciones. Un visionario.
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Esa formación y esa experiencia le llevaron también al papel de entrenador. Club Recta Final se fundó con seis socios en el año 1978. Y ahí aparece una de las partes más interesantes de su relato: la dificultad de entrenar a deportistas que después competían contra él. 2A mí me tocó algo complicado, que fue ser entrenador, competidor y compañero de gente contra la que competía», explica. «Tenía que entrenarlos a ellos para que me ganaran a mí. Y yo tenía que entrenarme para poder ganarlos a ellos también».
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Luis Paredano muestra una de sus fotografías, en competencia. / Ana M. Serrano
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La situación podía generar contradicciones, pero Paredano lo resolvía desde la honestidad. «Si soy honrado, tengo que hacerlo bien. Tengo que hacer que él me pueda ganar a mí». Y esa anécdota resume quién es este luarqués y cómo es su filosofía de vida.
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Su visión del entrenamiento también se aleja de los tópicos. Para Paredano, no basta con esforzarse: hay que entender las condiciones de cada deportista. Por eso, cuando se le pregunta qué aconsejaría a un joven que empieza con ocho o nueve años, responde primero desde el disfrute. «Que se divierta. Que lo pase bien». Después añade otra idea clave: «Y que marque unos objetivos. Cada uno tiene los suyos»”.
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No sin condiciones
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No cree en alimentar falsas expectativas. «Lo que no puedes pretender es que una persona que no tiene condiciones llegue a campeón de no sé qué», afirma. Según Paredano, la genética tiene un peso decisivo en el rendimiento. «En el deporte no se dice muchas veces, pero la genética tiene una parte muy, muy, muy importante de lo que vas a conseguir. Tú puedes mejorar hasta un cierto límite». Eso no significa abandonar, sino saber colocarse en el lugar adecuado. «Estás haciendo un deporte en el que estás equivocado. Que te gusta, pues sigue haciéndolo, pero no te marques un objetivo que no corresponde».
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Como entrenador, vivió casos que le confirmaron esa idea. Recuerda a un joven que había destacado en pruebas de fondo y obstáculos, pero que al llegar a la adolescencia empezó a venirse abajo. «Entrena como un loco, va de los últimos», relata. La explicación apareció al cambiar la mirada: no era fondista, era velocista. «Su musculatura no está hecha para correr fondo, está hecha para correr velocidad»”. Cambiaron el entrenamiento y el resultado fue inmediato.
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Observar, interpretar y saber orientar
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Por eso insiste en que el entrenador debe observar, interpretar y saber orientar. «Eso tiene que verlo el entrenador», señala. Y en aquel caso el entrenador era él. No se trataba solo de preparar físicamente, sino de entender a la persona que había delante.
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A sus años, Paredano mantiene intacta la inquietud competitiva. Se prepara para un Europeo, revisa rankings, habla de dobles, de rivales, de países con más tradición, de viajes y campeonatos. Pero también habla de sus hijas, ya adultas, una en Gijón y otra en Madrid. Una trabaja como traductora y la otra en organización de eventos. Cuando mira hacia adelante, no formula grandes ambiciones. Quiere seguir haciendo deporte y ver que ellas «van bien».
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