La tentación irrevocable de la comida
Hace 20 años escribía Valentín Fuster en un prólogo: las pruebas científicas que implican a la obesidad y el sedentarismo en la producción de enfermedad son abrumadoras… una de las más importantes amenazas para la salud. El libro lo había escrito yo tras unos años dedicados a la fisiología del ejercicio. En el capítulo V, bajo el título Alimentación, actividad física y salud, abordaba el problema de la obesidad. La causa, decía entonces con rotundidad, no es otra que el desequilibrio entre la ingesta y el gasto energético.
[–>[–>[–>Pero unas páginas más adelante intentaba explicar por qué hay personas que aseguran engordar con solo mirar la comida y otras que se atiborran sin ganar un gramo. Apuntaba dos hipótesis. La primera: la tendencia, probablemente genética, a moverse de forma espontánea. Quienes lo hacen gastan de media 50 kilocalorías más al día que los sedentarios; acumuladas a lo largo del tiempo, son muchos kilos. Esta observación procede de estudios en laboratorio donde se mide el gasto calórico y mediante sensores de los pequeños movimientos involuntarios —en inglés, fidgeting. Encerraron a personas obesas y delgadas con dietas controladas. Se observó que los delgados resultan ser más activos, incluso cuando se les hace engordar artificialmente; los obesos, en cambio, no se mueven más al adelgazar. La segunda hipótesis tiene que ver con el grado de activación del sistema nervioso simpático, el que libera adrenalina y eleva el gasto energético. Los obesos parecen tenerlo más apagado; son, en ese sentido, fisiológicamente más tranquilos. También aquí se especulaba con una predisposición genética.
[–> [–>[–>Con todo, advertía entonces que, si existiera esa configuración genética, solo se manifestaría en un entorno que la favoreciera. No sería una imposición de los genes, sino la consecuencia de un medio que les da la oportunidad de expresarse. Por eso, modificar el entorno para favorecer el equilibrio dietético y promover la actividad física debería ser el objetivo prioritario de la salud pública.
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Han pasado 20 años. Yo abandoné la fisiología del ejercicio poco después de publicar aquel libro. Mientras, la ciencia sigue avanzando. La novedad más celebrada es una nueva familia de medicamentos. El más conocido es la semaglutida, diseñada originalmente para tratar la diabetes. Se trata de un análogo sintético de una hormona llamada GLP-1 (péptido similar al glucagón). Ante una elevación de la glucosa en sangre, la GLP-1 estimula la secreción de insulina. Su función principal, conseguir que la glucosa entre en las células, donde se quema para liberar energía. A la vez, GLP-1 frena la secreción de glucagón, cuya función sería vaciar el hígado de glucógeno, es decir, volcar azúcar al torrente sanguíneo. Lo que no se sabía al principio es que la semaglutida actúa también en el cerebro: reduce el apetito y la preferencia por alimentos grasos. Actúan amplificando las señales de saciedad, suprimen el apetito y al interpretarlo como una toxina, produce incluso nauseas. Con este medicamento, muchas personas que llevaban toda la vida lidiando con su peso, adelgazan, reducen la necesidad de otras medicaciones asociadas a la obesidad dejan de estar obsesionadas con la comida y se sienten mejor. Solo el 5 % lo abandona por molestias gastrointestinales. Ahora bien, no funciona igual para todos: la mitad de quienes lo toman logra perder un 15 % o más de su peso; el 70 %, al menos un 10 %. En cuanto a efectos indeseables, además de problemas gastrointestinales, se teme que produzca, excepcionalmente, daño del nervio ocular.
[–>[–>[–>Pero la novedad que más me interesó es la teoría que dice que la obesidad común está asociada a más de mil variantes genéticas. Genes que influyen en cómo se desarrolla el cerebro y en nuestra manera de relacionarnos con la comida. Existe una arquitectura cerebral que predispone, por ejemplo, a caer en la tentación del chocolate. A casi todos nos gusta, pero algunos si lo prueban dejan estar al mando. Como el alcohol cuando uno es dependiente. Uno puede resistirse, no tocar ese alimento que le precipita hacia la gula, igual que puede controlar voluntariamente la respiración. pero la mayor parte del tiempo es el cerebro inconsciente quien manda. La vida consciente es apenas la punta del iceberg de todos los procesos que nos gobiernan. Tomamos cientos de decisiones a lo largo del día, la mayoría sin darnos cuenta. Están gobernadas por el cerebro más antiguo, el que llamamos reptil. Pero también las que toma la corteza cerebral, lo que Kahneman denomina pensar rápido. Las primeras vienen casi de fábrica. En estas otras hay mucho de aprendizaje, de circuitos automáticos forjados por la experiencia y, en parte, por la genética. Tenemos la ilusión de controlar lo que comemos, pero dentro de nosotros suena constantemente una sinfonía de señales internas que el cerebro dirige en la sombra. La mayoría de las decisiones que tomamos están menos bajo el control consciente de lo que creemos y nos exigimos a nosotros mismos o de lo que les exigimos a quienes necesitan perder peso. Los nuevos medicamentos ayudan a adelgazar, pero cuando se dejan de tomar, el resto de señales que nos impulsan hacia los dulces o las grasas vuelven a imponerse.
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