Crónica desde París, la ciudad que convirtió sus calles en un salón
Siempre están llenas y visten la ciudad con sus mejores galas. Su diseño está regulado bajo una estricta normativa, y en sus sillas, orientadas hacia la calle, se sientan sin saberlo, los mejores espías de París. Las terrazas parisinas son algo más que cuatro mesas y ocho sillas: son historia y comunidad. Son ciudad hecha costumbre y una forma de vida, donde lo público se mezcla con lo íntimo, y donde el café de la mañana convive con una copa de Chardonnay al caer la tarde. Un símbolo que han resistido a auténticas transformaciones sociales, crisis históricas e incluso a la reciente pandemia.
[–>[–>[–>La historia de las terrazas parisinas se remonta al siglo XIX, la llegada de la arquitectura Haussman, la creación de los bulevares con sus anchas aceras y el auge de los cafés hicieron que los hosteleros empezasen a sacar las sillas a la calle para que sus clientes pudieran disfrutar al aire libre de largas charlas entre vecinos, empresarios o intelectuales. A las sillas les siguieron mesas, y más tarde, terrazas organizadas. Un gesto genuino que rápidamente se consolidó como un punto de encuentro para todas las clases sociales. Con ellas también se potenció la figura del flâneur, el paseante-observador que recorría la ciudad mirando y dejándose mirar.
[–> [–>[–>Aunque París no inventó la idea, su existencia ya aparece documentada en la antigua Grecia y en el imperio otomano, sí fue la ciudad que las convirtió en un símbolo y un escenario social. Poco a poco, otras grandes capitales europeas empezaron a imitar, lo que actualmente se ha bautizado como «el terraceo». Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Colette o Hemingway se reunían en la del Café de Flore para conversar y debatir durante horas. Se dice que esa misma terraza inspiró a muchos para sus novelas y ensayos.
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Mesas y sillas en una terraza de un bar parisino. / LETICIA FUENTES
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A finales del siglo XIX y con el auge de las terrazas, las autoridades decidieron aprobar una normativa que estandarizaba los diseños de sillas y mesas, homogeneizando lo que se convertiría en una seña de identidad de la capital.
[–>[–>[–>Tradición e identidad
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El poeta Léon-Paul Fargue las describió en su día como «academias de acera» y no se equivocaba. Pocas cosas han cambiado tanto como las calles de París, y al mismo tiempo, tan poco como sus terrazas. Aunque actualmente la ciudad ya no dicta su diseño, los hosteleros deben seguir una normativa de «calidad estética» que regula su mobiliario, evitando sillas esponsorizadas o elementos que no vayan a acorde con la estética de la ciudad. Además, muchos de esos cafés compran ahora en catálogos «aprobados» por la Administración, manteniendo una estética colectiva y una fuerte uniformidad visual.
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La emblemática silla trenzada ha pasado de ser un objeto cotidiano a ser un símbolo de resistencia en una sociedad a la que le cuesta mantener la tradición. Detrás de su discreta placa Made in France hay toda una declaración de intenciones; más allá de ser una simple indicación del origen, es un icono cultural. Una silla que representa la continuidad de la tradición y la potente identidad urbana que destila París.
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[–>Terrazas para todos los gustos
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Las terrazas en la capital francesa rozan ya las 10.000, según los últimos datos del Ayuntamiento de París. También han ido mutando pasando de ser un par de mesas ocupando la acera, a las llamadas «terrazas efímeras«. Un nuevo modelo que nació tras el covid y que permite a los bares y restaurantes ampliar sus terrazas con la llegada del buen tiempo, gracias a la instalación de pequeñas plataformas de madera en el espacio donde habitualmente aparcan los vehículos.
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Las terrazas hoy ocupan decenas de kilómetros de vía pública y ni las altas temperaturas ni el duro frío parisino las vacían. Siempre están llenas de grupos de amigos, familias, enamorados o simplemente un tímido lector acompañado de una copa de vino que disfruta de una cita a solas con la ciudad.
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La terraza de la brasserie JaJa. / LETICIA FUENTES
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París, además, jamás discrimina y hay terrazas para todos los gustos. Para quienes aman la historia y el cliché, el Café de Flore o Les Deux Margots siguen siendo una parada obligatoria, donde tomar un chocolate caliente o un buen vino francés mientras se observa la majestuosa iglesia de Saint-Germain-des-Prés. Quienes prefieran un lugar tranquilo, sin mucho ruido y con mucho arte, el café del Petit Palais. Este pequeño oasis en medio de París permite disfrutar de un buen café rodeado de arte y de un jardín hipnótico. Y para los amantes de las alturas, Terrass Hotel ofrece una vista espectacular a la Torre Eiffel desde su rooftop en Montmartre.
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Sin embargo, el verdadero terraceo parisino se encuentra escondido por la calle de Oberkampf y por la Rue du Faubourg Saint Martin y sus pasajes, donde las terrazas continúan funcionando como un verdadero punto de encuentro.
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