El deterioro del campo
Andan las cosas del campo asturiano tan revueltas que intervenir en el asunto bien pudiera ser meterse en camisa de once varas. Pero no queda más remedio que advertir de una preocupante tendencia que ha ido in crescendo en las últimas décadas. Me refiero al deterioro del campo. Pero no al deterioro económico o social, que no deja de ser preocupante, sino al deterioro medioambiental.
[–>[–>[–>El campo se está quedando sin flores, sin insectos, sin pájaros, sin toda clase de otros pequeños animales – lagartos, lagartijas, salamandras, tritones, ranas, murciélagos, etc. – que antaño eran tan frecuentes. Los que ya frisamos canas recordamos con nostalgia los prados llenos de flores, de grillos cantores, saltamontes inquietos y lagartijas veloces. Y también el canto de la codorniz, el vuelo de la tórtola, el reclamo insistente del cuco y la infinidad de polillas y otros insectos nocturnos – delicias para murciélagos – que se congregaban en verano al calor de una luz artificial.
[–> [–>[–>Tempus fugit: los prados han devenido hoy en extensiones monótonas de gramíneas mientras las flores del campo abundan en rotondas, cunetas y baldíos, donde no llegan la agricultura intensiva o el sobrepastoreo. Y sin flores silvestres que polinizar no es de extrañar que sus principales clientes, las faunas de insectos y otros artrópodos, hayan descendido alarmantemente en el agro cantábrico.
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Destino aciago compartido por tantas especies de aves silvestres ligadas a los medios agrícolas, cuya dieta es esencialmente insectívora, o incluso aquellas otras que siendo granívoras, alimentan a sus pollos con insectos para favorecer su crecimiento. Hasta tal punto han retrocedido los prados con flores – los «praos floriegos» – que en la Comunidad Europea se ha llegado a reconocer un tipo especial de hábitat de interés comunitario denominado «6510 Prados con flores», muy escaso o desaparecido en las áreas costeras cantábricas y restringido a la media y alta montaña.
[–>[–>[–>Puede que cueste reconocerlo, pero la pérdida de diversidad florística de los pastos es debida al manejo agrícola intensivo. Siegas frecuentes con maquinaria pesada, abonados químicos u orgánicos excesivos, sobrecargas de ganado a pasto, entre otros, dificultan la generación y dispersión de semillas, favorecen las especies herbáceas adaptadas al manejo intensivo, y perjudican la proliferación de otras, más delicadas, propias de los pastos floridos. Continuando a peor, el uso indiscriminado de los herbicidas se ha generalizado en el campo asturiano, ya sea como medio de protección selectiva de cultivos – maíz sobre todo – y también para la eliminación de vegetación indeseada – matorrales y malas hierbas de diversos tipos – en fincas, pastizales, lindes de caminos y predios. Y no pocas veces en plena época de reproducción o migración de las aves silvestres. De la proliferación desmedida del cultivo de eucaliptos y la ausencia de robles hablaremos otro día.
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Añádase a todo ello la falta de declaración de los paisajes protegidos previstos en el PORNA, la mínima cobertura que las campiñas costeras tienen en las ZEC (Zonas Especiales de Conservación) o en las ZEPA (Zonas de Especial Protección para las Aves) y la pérdida continuada de praderías por la expansión urbanística, comercial e industrial. Así no podemos seguir. Asturias cuenta con organismos públicos como el Indurot y el Serida perfectamente capacitados para diseñar medidas que atenúen el impacto de la agricultura intensiva. Ahora sólo cabe esperar que nuestros gobernantes dejen de gastar cantidades ingentes de dinero público en nimiedades ideológicas y de pregonar excelencias costeras con pies de barro y lo inviertan en ayudas para la recuperación de los prados con flores y su destacada biodiversidad. Aquellos que con tanto esfuerzo mantenían –guadaña en mano y «cachapu» en la «petrina»– los viejos labradores.
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