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«El Ejército ruso nos engañó», prisioneros colombianos en Ucrania denuncian una red en Facebook al servicio de Putin

«El Ejército ruso nos engañó», prisioneros colombianos en Ucrania denuncian una red en Facebook al servicio de Putin
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  • Publishedjunio 21, 2026



Encuentro a Mario sentado en el suelo de una cocina destartalada, en una casa abandonada cerca del frente de combate. Hay otros dos hombres junto a él, todos son de nacionalidad colombiana, pero van vestidos con uniformes militares rusos. No están maniatados, ni hay barrotes en la habitación, sin embargo son prisioneros de guerra.

Han sido capturados por el Ejército ucraniano, y sus testimonios ponen al descubierto cómo está operando en estos momentos una red internacional de trata de personas con fines de reclutamiento militar auspiciada por Rusia.

Hace meses que el Kremlin no consigue movilizar suficientes soldados para reponer a los que causan baja en el frente de Ucrania -unos 30.000 por mes–, y ha empezado a reclutarlos de manera intensiva en países de Latinoamérica, África y Asia central. Ciudadanos de países pobres que usa y luego desecha, como si fueran munición prescindible, que ningún gobierno va a reclamar.


Mario, uno de los prisioneros, confiesa durante la entrevista que si logra volver a Colombia con su familia dedicará su vida a predicar la palabra de Dios.

María Senovilla

La gravedad del asunto radica en que muchos de estos combatientes extranjeros son reclutados con engaños mediante ofertas de empleo falsas que se publican en Facebook y TikTok, y conducidos a Moscú a través de una red internacional de reclutadores con escala en Brasil y Qatar.

A lo largo de los últimos años se han incorporado por miles a las filas rusas: Ucrania habría identificado a más de 18.000 extranjeros de 128 países que han servido o siguen sirviendo en las Fuerzas Armadas rusas. Y en lo que llevamos de 2026 las capturas de extranjeros que, como Mario, denuncian que fueron engañaron no paran de multiplicarse.

Gente desesperada

Mario tiene 40 años y dos hijas, y tuvo que cerrar su panadería en la ciudad de Montería (Córdoba) porque bajaron las ventas. Comenzó entonces a buscar trabajo a través de Facebook, ingresando en grupos donde publicaban ofertas. Fue ahí donde vio el anuncio: ofrecían 11 millones de pesos colombianos al mes (unos 2.800 euros) por trabajar como conductor. Pero era en Moscú.

“Salí de ese grupo, porque yo no me quería ir a otro país y abandonar a mi familia”, relata. Pero una chica le escribió inmediatamente por privado, insistiendo en lo buena que era la oferta. “Me dijo que estaban contratando a hombres de todo el país, y que tenía a una persona que los estaba reuniendo en Bogotá”.

Mario habló con el reclutador de Bogotá –sin saber que era un reclutador del Ejército ruso que cobraba dinero por cada hombre que enviaba a una muerte casi segura– pero no estaba convencido de que fuera buena idea y volvió a parar el proceso: “Moscú estaba muy lejos y mi mujer no quería que me fuera”.

La de Mario es una familia muy humilde, de seis hermanos. Y la necesidad de sacar adelante a sus hijas y de ayudar a sus padres y hermanos pudo más que los kilómetros de distancia. “El hombre de Bogotá no paraba de llamar, diciendo que aprovechara porque era una oportunidad única”, recuerda cabizbajo.

Tres prisioneros de guerra de origen colombiano, que combatían en las filas del Ejército ruso, esperan su traslado al hospital después de ser capturados por Ucrania.


Tres prisioneros de guerra de origen colombiano, que combatían en las filas del Ejército ruso, esperan su traslado al hospital después de ser capturados por Ucrania.

María Senovilla

Un billete al infierno

Cuando finalmente se decidió, le pagaron el viaje para llegar a Bogotá y le alojaron en un hotel junto con otros colombianos. “Al cabo de unos días nos empezaron a sacar en grupos de 10 en 10 y nos subieron a un avión rumbo a Brasil. Allí pasamos varios días y después nos embarcaron hacia Qatar”, detalla. Luego repitieron la operación hasta que finalmente aterrizaron en Moscú.

“Allí nos recibió un chico ruso joven, vestido con sudadera y pantalón de deporte y hablando mediante el traductor de Google; no había nada que indicara que era militar”, insiste Mario. Desde el aeropuerto, el joven ruso les condujo a un pueblo a varias horas de Moscú y los acomodó en un apartahotel.

“Permanecimos allí una semana, los chicos rusos nos traían la compra y nosotros nos cocinábamos nuestra comida”, recuerda. “Durante esos días nos repetían que íbamos a trabajar en una empresa de alimentos, y nos llevaron también a hacernos pruebas médicas porque, decían, lo había solicitado la empresa”.

Cuando por fin les llevaron a firmar el contrato al cabo de siete días, nadie les tradujo el documento, pero todos firmaron. Acto seguido les escoltaron a un almacén con ropa militar, y ahí entendió todo. “Yo dije que no quería ese trabajo, pero ellos dijeron: Usted ha venido a trabajar y este es el empleo que tenemos para usted, si no acepta lo metemos preso y lo desaparecemos”.

Trabajo en Polonia

“Yo era creador de contenido, pero me suspendieron la cuenta y no tenía más ingresos para pagar el alquiler. Aunque mi mujer trabajaba en un restaurante en Santiago de Cali, no era suficiente, y tenemos una hija de de 4 años”, así se presenta Jhonier, el más joven de los prisioneros.

Él también vio la oferta falsa en la red social Facebook: un sueldo de 11 millones de pesos al mes, pero en su caso por trabajar en Polonia. “Respondí rápidamente y en menos de 30 minutos me contactaron por mensaje”, explica.

Todo sucedió muy deprisa: le dijeron que tenía que ir esa misma noche a la terminal de autobuses de Cali, donde le esperaría un billete a su nombre para ir a Bogotá. Cuando llegó, un hombre de unos 30 años lo estaba esperando. Era otro reclutador.

Jhosier, prisionero de guerra colombiano que combatía con las tropas rusas, asegura que prefiere estar cautivo en Ucrania que en una trinchera rusa.


Jhosier, prisionero de guerra colombiano que combatía con las tropas rusas, asegura que prefiere estar cautivo en Ucrania que en una trinchera rusa.

María Senovilla

Como en el caso de Mario, en ningún momento le dijeron que la oferta era para reclutarse en el Ejército ruso, ni mucho menos para ir a combatir a una trinchera de Ucrania. “Me llevó a un hotel y me dio ropa, comida y cerveza, y me dijo que tenía que esperar porque estaba reuniendo a más personas”, añade.

Llegó a Bogotá el 2 de mayo, el día 4 lo subieron en un avión para Brasil. “Allí una mujer brasileña nos recogió en el aeropuerto, nos llevó a otro hotel y nos enseñó Sao Paulo durante un par de días antes de seguir el viaje para Qatar”, continúa. En el aeropuerto de Qatar de nuevo había billetes a su nombre esperando en un mostrador, para volar a Moscú, donde finalmente llegó el 8 de mayo.

Una vez en la capital rusa, se repite la misma historia que relata Mario: les recoge un joven ruso vestido de paisano, y les lleva a un apartamento alejado de Moscú. “Estaba bastante destartalado, como si la guerra hubiera pasado por ahí, pero estaba limpio y nos llevaban comida. Ahí esperamos hasta el día de la firma del contrato. Había más colombianos conmigo, pero también había ecuatorianos y venezolanos”, recuerda Jhosier.

Contrato en ruso y sin fotos

Cuando fueron a firmar el contrato, Jhosier intentó hacer una foto del papel para poder traducir lo que ponía, pero no le dejaron. “Había un traductor allí, que sólo nos leyó el apartado donde decía que la duración del contrato era de un año. Y siempre refiriéndose al ‘puesto de trabajo’ sin decir que era en el Ejército”, afirma el joven de Cali.

“Seguidamente me llevaron a un almacén de ropa militar –prosigue, coincidiendo con el relato de Mario– y me dieron un uniforme de camuflaje, unas botas… Yo dije que no quería, y me respondieron que entonces Inmigración me enviaría a la cárcel, y que ahí me iban a desaparecer”.

Bajo amenaza de muerte, subieron a todos los reclutas latinoamericanos a un camión y los condujeron hasta una base militar que estaba a cuatro o cinco horas de camino. “Nos enseñaban a manejar un AK-47 y las granadas de mano durante una semana; y luego lo repetían en otra base más alejada durante otra semana más”.

Durante la entrevista, Jhosier denunció malos tratos por parte de los instructores rusos que le adiestraron, y que lo habrían golpeado durante la instrucción.


Durante la entrevista, Jhosier denunció malos tratos por parte de los instructores rusos que le adiestraron, y que lo habrían golpeado durante la instrucción.

María Senovilla

Al terminar la instrucción, los cargaban en otro camión y los iban repartiendo directamente por las trincheras del frente de combate, sin explicarles nada. Así lo relata el tercer prisionero colombiano, cuya historia es prácticamente calcada a la de sus compañeros. Su nombre es Braian y llegó a Moscú junto con su hermano –tras responder a otra oferta de trabajo falsa en Facebook–.

Cuando descubrieron el engaño, esperaban que al menos los mantuvieran juntos en las trincheras. Pero al llegar al frente los separaron. “Éramos unos 20 reclutas latinoamericanos, y nos repartieron en diferentes posiciones. A mí me pusieron con tres rusos viejitos, y nuestro trabajo era llevar agua y comida a otras posiciones rusas más avanzadas”, recuerda Braian.

“Los rusos ni siquiera querían hablar conmigo, a través del traductor del teléfono ni nada. Sólo me daban collejas y me señalaban con el dedo por donde debíamos ir. Tampoco me daban casi comida”, denuncia.

Caminar por campos minados

Del mismo modo, Jhosier fue enviado a llevar víveres en cuanto puso un pie en la primera trinchera. Un trabajo que los ucranianos ahora realizan mediante drones aéreos y terrestres –para proteger las vidas de los soldados–, pero que los rusos encargan a los reclutas inexpertos recién llegados al frente.

“Nos mandaron cruzar un campo de minas que estaba lleno de cadáveres. Un ruso daba las órdenes, y luego íbamos dos colombianos con él. A medio camino, mi compañero pisó una mina. Quedó con una pierna y un brazo desbaratados, no podía caminar, y el ruso me obligó a dejarle allí tirado. Me sigo acordando de él cada noche”, relata Jhosier, visiblemente traumatizado por aquella experiencia.

Mario estuvo la primera semana bajo tierra, en una posición de combate. Pero después también se echó al hombro una mochila con latas de comida y se dirigió a las posiciones avanzadas. La suerte no le acompañó, y el de Montería pisó una mina durante la misión. Iba junto con un soldado ruso y otro recluta salvadoreño llamado Sánchez. “Le grité: Sánchez no me abandones”, pero como no podía andar le dejaron atrás.

Tres prisioneros de guerra de origen colombiano, que combatían en las filas del Ejército ruso, esperan su traslado al hospital después de ser capturados por Ucrania.


Tres prisioneros de guerra de origen colombiano, que combatían en las filas del Ejército ruso, esperan su traslado al hospital después de ser capturados por Ucrania.

María Senovilla

“Me arrastré durante horas y conseguí llegar a una trinchera rusa donde me pusieron un torniquete y me dieron medicinas, pero al amanecer me dijeron que tenía que seguir caminando yo sólo hasta la siguiente posición”, explica. Le dibujaron un mapa en un trozo de papel, y le echaron del refugio.

Ardiendo en fiebre, sin agua y caminando solo, Mario se perdió por el camino. Fue entonces cuando vio a un grupo de soldados y pidió auxilio pensando que eran rusos. Pero eran ucranianos. “Pensé que me iban a matar, pero ellos sólo me quitaron la radio y el cuchillo que tenía en el cinturón, y después me dieron agua y comida, y me curaron la pierna”, asegura.

Sin libertad y sin dinero

Ninguno de los tres colombianos llegó a cobrar ni un solo peso del Ejército ruso. “Cuando cumplimos el primer mes, nos dijeron que nos iban a sacar de las trincheras para ir a cobrar, al parecer había que ir en persona. Pero nunca nos llevaron”, asegura Mario. Todos fueron capturados a las pocas semanas de llegar al frente, y ninguno ha podido mandar ayuda a sus familias. Otros muchos murieron a los pocos días.

Para Braian esto supone otro mazazo: “No sé si mi hermano está vivo o muerto, y no he podido ayudar a mis padres”, se lamenta. En Colombia se desempeñaba como auxiliar de conductor de autobús, y aunque no ganaba lo suficiente para vivir dignamente, si hubiera sabido lo que le esperaba nunca hubiera salido de su Buenaventura del Valle.

Ahora el futuro de todos ellos es incierto. Y aunque mantienen viva la esperanza de que los envíen de vuelta a Colombia, lo cierto es que van a ir a parar a uno de los cinco centros penitenciarios que el Gobierno de Ucrania ha habilitado para recluir a los prisioneros de guerra.

No estarán solos. Allí hay ya cientos de soldados ecuatorianos, venezolanos, cubanos, también prisioneros de numerosos países de África –tanto del África magrebí como subsahariana–, y kazajos, uzbecos, coreanos. Un crisol de nacionalidades captados por Rusia, algunos sabiendo que iban a combatir, otros muchos engañados con ofertas de trabajo falsas.

Hace unos meses, en uno de esos centros penitenciarios pude recoger el testimonio de otro prisionero de guerra de origen cubano. Se llamaba Fran Darío, y me puso sobre la pista de esta red de engaños a través de redes sociales para reclutar a ciudadanos hispanoparlantes.

“Yo no decidí ir a la guerra, yo me encontré con una propaganda en Facebook que ofrecía trabajo. Le di a la oferta, y resultó que no era un trabajo normal, era para el Ejército. Cuando llegué a Moscú –en vuelo directo desde la isla– nadie hablaba español, todo estaba en ruso. Ellos me indicaron que firmara, lo hice y después me dieron la ropa. Ahí supe que era para el frente”.

“Cuando llegué allá –a las trincheras–, ¿qué más podía hacer que luchar? Eso no era la compañía McDonald, era la guerra”, insistía Fran Darío, que llevaba ya nueve meses bajo custodia ucraniana y estaba “empezando a entender el proceso”.

Mercancía de muerte

Ese “proceso” es un limbo legal en el que han quedado atrapados. Rusia los reclutó con engaños y luego los abandonó a su suerte: Moscú no acepta colombianos en las listas de intercambios de prisioneros; Ucrania los trata conforme al Derecho Internacional, pero no tiene a quién devolvérselos. Y Colombia no los reconoce como combatientes legítimos –son el perfil que el gobierno de Petro llamó «víctimas de tráfico humano convertidas en mercancía de muerte»–.

“Si nos meten en un intercambio de prisioneros, nos llevarán a Rusia, y yo no quiero volver allí”, asegura Jhosier. “Si los ucranianos me permiten volver a casa, prometo hacer un vídeo para contar cómo nos engañó el Ejército ruso y que nadie más caiga en esta estafa, yo soy creador de contenido”, insistía antes de despedirse.

“La última vez que hablé con mi hermano Yeisi, dijimos que ojalá no hubiéramos salido de Colombia, que estábamos mejor allá que en una guerra que no es nuestra…”, recordaba Braian con los ojos empañados en lágrimas.

“Si hubiera tenido dinero para el pasaje, en el mismo momento en que me pusieron el uniforme en las manos habría intentado volverme a Colombia”, dice con desesperación Mario. “Yo soy evangelista, y si Dios me da la última oportunidad y consigo llegar a casa voy a dedicar mi vida a predicar su palabra”.

De momento, ninguno de ellos va a cumplir su sueño de volver a Colombia. Pero estarán mejor que los colombianos que luchaban para Ucrania y fueron capturados por los rusos: aparte de las torturas sistemáticas que infringe a los combatientes que capturan, Moscú considera a los extranjeros como «mercenarios». Cargo que conlleva hasta 15 años de prisión, y les niega el trato de prisioneros de guerra con las protecciones previstas en la Convención de Ginebra.



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