una vida entera detrás de la barra del Misuri
Hace apenas tres meses que Cayetano Pelayo (Luanco, 1962) dejó la barra del Brisas del Misuri, uno de los establecimientos más emblemáticos de la villa marinera, que en su día llegó a ser el bar de Luanco regentado durante más tiempo una misma familia. Tras 47 años al frente del negocio, el hostelero vive una jubilación que admite llevar «mal», incapaz todavía de acostumbrarse a una rutina alejada de un local que ha sido su vida. La semana pasada recibió el «Bonito de Oro» 2026, la máxima distinción que otorga la hostelería gozoniega, para reconocer una trayectoria ligada a la historia reciente de Luanco y a una saga familiar que forma parte de la memoria colectiva del concejo.
[–>[–>[–>La historia de los Pelayo en el mundo de la hostelería y los barquillos viene de lejos. Cayetano recuerda que su abuelo, Amable Pelayo, ya vendía barquillos en París, en 1910, una actividad que acabaría convirtiéndose en seña de identidad familiar. Los Pelayo forman parte, además, de la misma estirpe que el mítico barquillero Guillermo Pelayo, una de las figuras más populares de la comarca de Avilés.
[–> [–>[–>El gran impulsor de aquella historia fue su padre, Serafín Pelayo, uno de los nombres más recordados de la villa. Natural de Vega de Pas, en Cantabria, llegó a Luanco tras años de esfuerzo y sacrificio. A principios de los años cincuenta recorría en bicicleta el trayecto entre Avilés y Luanco para vender barquillos por las calles del concejo. «Mi padre venía a vender aquí y poco después compró la casa donde vivimos en La Vallina», recuerda. Aquella estampa del vendedor ambulante pedaleando kilómetros para sacar adelante a su familia sigue viva en la memoria de muchos vecinos. Sin ir más lejos, el propio alcalde gozoniego, Jorge Suárez, reconoció que la imagen de Serafín recorriendo las estrechas calles luanquinas forma parte de sus recuerdos de infancia.
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Cayetano creció entre aquellos puestos y las ventas ambulantes. Con apenas ocho años ya ayudaba a su padre en el trabajo diario. Estudió en el colegio de Luanco y después comenzó el instituto, aunque su etapa académica fue breve. «Hubo un profesor que me suspendió y me enfadé. Después de aquello le dije a mi padre que no iba a volver a estudiar», rememora. Décadas después, aquel mismo profesor, ya nonagenario, acudió a su fiesta de jubilación y ambos recordaron juntos aquella historia.
[–>[–>[–>Un sueño de más de cien mil pesetas
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La familia dio el gran salto en 1968 con la compra del local de la calle San Juan que acabaría convirtiéndose en el Brisas del Misuri. Costó entonces 125.000 pesetas, una cifra enorme para la época. El establecimiento abrió inicialmente como churrería y despacho de aquellas famosas patatas fritas que se vendían en la playa y alcanzaron una enorme popularidad. Mientras el negocio crecía, Cayetano fue incorporándose cada vez más al trabajo familiar, hasta que llegó el momento de cumplir con el servicio militar.
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La mili le llevó hasta Ferrol, en Galicia. «Cuando terminé el sevicio militar volví a Luanco para involucrarme completamente en el local», explica. A su regreso asumió definitivamente las riendas del establecimiento y comenzó una etapa de casi medio siglo detrás de la barra. Fueron años en los que el Misuri pasó de ser un pequeño negocio familiar a convertirse en uno de los locales de referencia de Luanco.
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[–>Durante esas décadas también llegaron los momentos más difíciles. Cayetano formó una familia y tuvo un hijo, Adrián, pero la muerte de su primera esposa cambió radicalmente su vida. En ese momento emergió una figura que considera fundamental: su hermana María Rosa, cocinera muy conocida en la comarca. «Gracias a ella saqué mi familia y mi negocio adelante», afirma. Cayetano no duda al señalarla como uno de los pilares de su historia personal. Recuerda especialmente su faceta culinaria y el prestigio que alcanzó con platos como el rollo de bonito. Pero, sobre todo, destaca que asumió el cuidado de su hijo Adrián cuando él tuvo que seguir centrado en sacar adelante el negocio.
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El cambio de Luanco
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Mientras tanto, Luanco también cambiaba. El hostelero fue testigo privilegiado de la transformación de una villa pesquera en un destino turístico consolidado. «Yo conocí el Luanco típico de los marineros», explica. Recuerda una localidad marcada por las fábricas conserveras, por los horarios que imponían las sirenas industriales y por una economía vinculada casi exclusivamente al mar. «Había seis fábricas de pescado. Esto era un pueblo marinero», resume. Con el paso de los años llegaron el turismo, las terrazas, los nuevos hábitos de consumo y la necesidad de adaptarse. «Tuvimos que evolucionar los locales, aumentar terrazas y aumentar empleados», recuerda.
[–>[–>[–>[–>[–>[–>La vida también le reservó una segunda oportunidad sentimental. Tras años marcados por el trabajo y las responsabilidades familiares encontró de nuevo la felicidad junto a Ana Braña, con quien comparte actualmente esta nueva etapa. Cuando se le pregunta por los mejores momentos de su vida no menciona éxitos empresariales ni reconocimientos públicos. Su respuesta es inmediata: «El cariño es mi familia». Y entre esos recuerdos coloca en primer plano tanto el apoyo de su hermana como el día en que conoció a su actual pareja.
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Inicio complicado de la jubilación
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La jubilación, sin embargo, no está resultando sencilla. Acostumbrado a levantarse de madrugada durante décadas, el cambio ha sido brusco. «Mal, mal. No sabes qué hacer», reconoce entre risas. Sigue despertándose antes de las seis de la mañana y aprovecha las primeras horas del día para caminar. Pero echa de menos la actividad constante, las conversaciones con los clientes y la vida cotidiana detrás de la barra. «Era muy activo, me gustaba hablar con la gente», explica. Aun así, entiende que había llegado el momento de dar el paso. «Mi familia no disfrutaba de mí. Tengo que reconocer los años que han estado ahí», reflexiona.
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Ahora observa el futuro desde otra perspectiva. Habla de viajes, de paseos con Ana y de disfrutar de un tiempo que durante décadas apenas tuvo. Aunque sigue pendiente del negocio y del devenir de Luanco, prefiere contemplar la vida con más calma. Lo hace con la serenidad de quien ha dedicado casi medio siglo a servir cafés, escuchar historias y ver pasar generaciones enteras por la barra del Misuri. Ahora, bromea, le toca aprender el oficio «más difícil» de todos: «Me tengo que acostumbrar al otro lado de la barra».
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