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La separación de poderes

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  • Publishedjunio 27, 2026


La novela —si se puede llamar así— En busca del tiempo perdido está llena de realidad, de alusiones a la vida contemporánea. Aunque no se puede calificar de autoficcion, en La fugitiva el autor habla con el lector, quién le pregunta si él es el protagonista. Hay mucho de Marcel Proust en la novela, dicen los expertos. La vida está ahí. Y aparece el affaire Dreyfus. En Sodoma y Gomorra nos aburre con la descripción de la fiesta que dan los Guermantes por el 14 de julio; el protagonista no sabe si está invitado, y buena parte del texto discurre describiendo sus disquisiciones mentales sobre cómo ser presentado al anfitrión. Entonces aparece fugazmente Swann, quizá el personaje al que trata con más tacto, cariño y admiración. Está acabado, física y socialmente. Ve cómo un Guermantes lo lleva del brazo, quizá hacia la puerta para echarlo. Swann se había unido al bando de los dreyfistas, una transgresión en el mundo de los Guermantes, conservador, nacionalista, defensor del orden, católico. Comenta uno de ellos que lo habían admitido a pesar de su escaso pedigree, que se le consideraba tan francés como a cualquier otro a pesar de ser judío. Pero la raza, como una pasión inferior contenida, salió a relucir. Más adelante el protagonista logra hablar con Swann, ansioso por saber qué le había dicho Guermantes. Le cuenta que el duque estaba cambiando de opinión: se había enterado de las falsedades con las que habían acusado al capitán Dreyfus y que además el tribunal no había admitido las pruebas favorables a la defensa. Ocultamente se había suscrito a los periódicos dreyfistas… Mientras, orondo, seguro de sí, paseaba otro Guermantes al que Proust dedica muchas páginas: el barón Charlus, depredador sexual, árbitro de la elegancia, el dictador que decidía quién pertenecía y quién no. Dicen que representa a Robert de Montesquieu, pariente lejano del inspirador de la separación de poderes. Precisamente lo que no había ocurrido en el affaire Dreyfus. Así lo dijo Zola en «J’accuse»: el mayor sesgo judicial imaginable.



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