el agua de Gijón casi a 20 grados, una lancha a 40 kilómetros, voluntarios de Cruz Roja y un veredicto en la plaza Mayor
Alejandro Cobeño, José Luis Edesa y David Marcilla se suben la cremallera de su chubasquero rojo y se enderezan la visera de su casco, rojo también, para hacer tiempo frente al edificio de Cruz Roja en Cimavilla. Al pasar unos pocos minutos de las ocho de la mañana, los tres voluntarios bajan por el Tránsito de las Ballenas al puerto deportivo. Cobeño lleva una neverita azul, parecida a las de playa; Edesa, un maletín anaranjado, y Marcilla, una carpetilla de plástico con folios llenos de tablas. Son los útiles necesarios para recoger las muestras del Cantábrico que permiten conocer la calidad de las aguas de Gijón, una tarea que todos los años se realiza una vez por semana en 12 puntos y que, de momento, arroja resultados óptimos. «En todos los puntos la calidad es buena y cerca de San Pedro es excelente», corrobora Jesús Fernández Testón, jefe del servicio de Calidad y Vigilancia Ambiental del Ayuntamiento.
[–>[–>[–>[–>[–>[–>Los tres hombres embarcan cerca de la antigua rula. El motor de la lancha ronronea y pone rumbo a la playa de Poniente. No son las ocho y media, la mar está quieta y gris, cual reflejo del cielo. En las aguas de Poniente, unos pocos bañistas curan la resaca de San Pedro dando unas brazadas y un patito se refresca el cogote a pocos metros de la embarcación, de ocho metros de eslora y tres de manga, como si esa fuera su forma de dar los buenos días. Marcilla lleva el timón. En la pantalla, las coordenadas van actualizando la posición de la embarcación. Cobeño le toma el pulso al mar en el primer punto de muestreo. Mete un termómetro para saber la temperatura mientras Edesa recoge la primera muestra. Destapa uno de los doce tarros que lleva, cada uno con una letra escrita a mano en su tapa para identificar a qué zona pertenece, lo hunde y lo cierra herméticamente.
[–> [–>[–>«Las muestras las cogemos en un calado de unos dos metros de profundidad siempre que la mar lo permita», detalla Marcilla. La lancha sigue rumbo oeste. Los edificios barco de Poniente, el Acuario y Naval Azul quedan atrás. El proceso se repite en el Arbeyal, con la noria de la Semana Negra ya lista. Allí, como en Poniente y luego en San Lorenzo, se recoge agua en varios puntos. Casi al pie del dique que delimita El Musel, Cobeño vuelve a meter las manos enguantadas, que salen caladas, y las escurre tras ojear el termómetro. El agua pasa los 21 grados. Marcilla apunta el registro en la hoja con tablas. «Es normal que aquí esté más caliente, al ser una zona más recogida», tranquiliza el timonel, que, eso sí, reconoce que en los últimos años el agua cada vez está más caliente.
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La embarcación pivota. Son las 8.37 de la mañana y el rumbo ahora es este, a San Lorenzo. El cielo sigue encapotado. Entre las nubes se filtran unos pocos rayos de sol, que toman la forma de los focos de un espectáculo de circo. En cosa de cinco minutos, regatean el cerro de Santa Catalina. El Elogio, imponente, ve pasar la lancha a unos 20 nudos de velocidad. O sea, casi a unos 40 kilómetros por hora. Los voluntarios frenan cerca de San Pedro. Ahí el agua baja de los 20 grados. Está a 19,9.
[–>[–>[–>El viaje dura casi una hora. Aparecen ahora el Sanatorio Marítimo, la casa de Rosario de Acuña y, un poco a lo lejos, el camping de Gijón y la escultura «Cantu de los Díes Fuxíos». Fuera del abrigo del dique de El Musel, el Cantábrico es más rebelde. Hay mar de fondo y las olas superan el metro de altura. La embarcación va dando botes. Edesa, de pie, las amortigua con sus rodillas. Tiene controlados a unos surfistas cerca de Peñarrubia. Les hace el gesto del surfero con los dedos y uno, sentado en la tabla, se lo devuelve. La lancha pasa la isla Tortuga, con una de sus caras derrumbada por los temporales. Para entonces ya han tomado muestras en el Rinconín, Peñarrubia y Serín. Estaño es la última parada antes de volver al puerto deportivo. Unos turistas acaramelados en la cubierta de su barca dan la bienvenida a los voluntarios de Cruz Roja, cuya labor termina, tras amarrar cerca del árbol de la Sidra.
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La prueba final, en la plaza Mayor
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Jorge Fernández, técnico de Salvamento Marítimo, recoge las muestras y las lleva al servicio de Medio Ambiente del Ayuntamiento, en la plaza Mayor. Aparca el todoterreno casi a la puerta, se baja, toca el timbre y le recibe Jesús Fernández Testón, que explica el importante proceso que hay que hacer ahora para obtener los análisis de las aguas. «Aquí lo que hacemos es echar cultivo y calentar el agua. Es, de alguna forma, darle comida y calorín a los bichos que pueda haber para que se manifiesten», detalla el profesional municipal. Posteriormente, esa agua se introduce en lo que se conoce como pozillos, que son algo así como blísters donde se guardan las muestras, y estos se dejan reposar durante 24 horas.
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[–>Al día siguiente, los pozillos se pasan por luz ultravioleta y, en función de los pozillos que se iluminen, se compara ese número con unas tablas dadas por el Principado. Es así, en función del número de pozillos que hayan reaccionado, como se sabe si el agua está bien o no. En el caso de que el resultado sea negativo, lo que se hace es repetir la toma de la muestra de agua donde han salido esos malos resultados. Si la mala calidad persiste, se toma la decisión de cerrar esa zona al baño. Un extremo al que no ha habido que llegar: el Cantábrico, por ahora, sigue pasando el examen con nota.
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