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Alzar la mirada

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  • Publishedjulio 5, 2026




Han pasado varios días desde que el Papa León XIV concluyó su viaje a España y, como suele ocurrir con los acontecimientos verdaderamente importantes, cuanto más alejados están en el calendario, más claro aparece su significado.

Durante una semana vimos plazas llenas, avenidas desbordadas, estadios llenos y una movilización extraordinaria de voluntarios, instituciones, empresas, medios de comunicación y ciudadanos. Millones de personas siguieron una visita que, por su dimensión religiosa, social e institucional, ocupa ya un lugar único en la historia reciente de nuestro país.

Sin embargo, sospecho que dentro de unos años no recordaremos principalmente los números. Recordaremos las conversaciones, los encuentros, las preguntas que nos acompañaron de regreso a casa y esa sensación, difícil de describir, de haber participado en algo que trascendió lo cotidiano.

Madrid, Barcelona y Canarias fueron tres etapas de un mismo viaje, pero también tres expresiones complementarias de una misma invitación.

Madrid fue la llamada a la responsabilidad: la conciencia personal y pública, el encuentro con las personas, las instituciones, la sociedad civil y quienes tienen la tarea de salvaguardar el bien común. Estuvieron los jóvenes de la Plaza de Lima, la celebración eucarística en Cibeles, el encuentro con instituciones del Estado, los diálogos con representantes de la cultura, la empresa, el deporte y los medios de comunicación. Fue una invitación a volver a poner a la persona en el centro y comprender que la esperanza no es una emoción pasajera, sino una tarea que compromete a cada uno de nosotros.

Barcelona representó la belleza: fe que se hace cultura, arte, contemplación y elevación espiritual. Ante la Sagrada Familia y en Montserrat, Leo Gaudí lo entendió magistralmente cuando afirmó que «primero viene el amor y luego la técnica». Quizás ahí resida una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Hemos alcanzado niveles extraordinarios de desarrollo científico y tecnológico, pero todavía tenemos que responder a las mismas preguntas fundamentales de siempre: quiénes somos, qué es lo que realmente vale la pena y qué hacemos con la libertad que nos ha sido confiada.

Canarias, por su parte, puso rostro a la compasión. Allí el Papa habló de quienes viven en las periferias geográficas, sociales y existenciales; de quienes buscan una oportunidad, pero también de quienes sufren otras formas de penurias más silenciosas: la soledad, el abandono, la pobreza emocional o la pérdida de sentido. Nos recordó que la dignidad humana nunca depende de las circunstancias y que una sociedad se mide, en gran parte, por la forma en que trata a quienes más la necesitan.

Pero si me preguntas qué me llevo realmente de aquellos días, probablemente no empezaría con los discursos. Hablaría de las reuniones.

Tuve el privilegio de vivir esta experiencia acompañado de mi esposa, mis hijos, amigos, compañeros de trabajo de Omnicom, clientes y colaboradores. Y hubo algo que me llamó especialmente la atención: durante unos días las tarjetas de visita parecieron desaparecer. Los cargos, responsabilidades y jerarquías dieron paso a algo más simple y esencial.

Apareció gente.

Recuerdo conversaciones con empresarios, directivos, profesionales y personas con, aparentemente, enormes responsabilidades que, lejos de hablar de cargos o resultados, hablaban de las palabras del Papa, de sus familias, de sus hijos, de sus preocupaciones y de lo que verdaderamente da sentido a la vida. Como si durante unos días hubiéramos recordado quiénes somos antes de convertirnos en lo que hacemos.

Quizás por eso me impresionó tanto la vigilia juvenil en la Plaza de Lima.

Aún hoy me resulta difícil describir lo que sentí cuando vi a cientos de miles de jóvenes en silencio. No fue un silencio vacío o impuesto. Fue un silencio lleno de atención, búsqueda y expectación. Un silencio que desmentía muchos de los clichés con los que muchas veces describimos injustamente a las nuevas generaciones.

Se habla frecuentemente de jóvenes distraídos o desorientados. Vi algo muy diferente. Vi a jóvenes buscando la verdad. Vi a jóvenes buscando significado. Vi a jóvenes preguntándose sobre algo que valga la pena más allá de la inmediatez de nuestro tiempo.

Y eso me llenó de esperanza.

Hubo un momento que no he podido olvidar. Mientras esperábamos la llegada del Santo Padre, un joven que estaba a mi lado me preguntó casi en voz baja:

¿De dónde saca el Papa esa luz que ilumina a todos?

No fue una pregunta retórica. Fue una pregunta sincera. Y creo que muchos de nosotros lo hicimos durante esos días.

Porque no se trataba de carisma en el sentido habitual del término. Ni tampoco de una estrategia de comunicación especialmente sofisticada. Había algo más difícil de explicar. Algo que tenía que ver con la serenidad, la coherencia y una llamativa ausencia de ego.

Cuanto más hablaba León XIV, más evidente se hacía que el protagonista de su mensaje no era él. Ahí radica, en mi opinión, una de las claves de su impacto.

Trabajo en el mundo de la comunicación y sé bien que vivimos en una economía de la atención. Todo parece medirse en notoriedad, alcance, audiencia o influencia. Sin embargo, durante estos días hemos asistido a un fenómeno profundamente contracultural: la autoridad de una persona que no busca ocupar el centro.

Su fuerza no venía del personaje, sino del mensaje. No surgió de una construcción personal cuidadosamente diseñada, sino de una convicción vivida auténticamente.

Cuando invitó a los jóvenes a ser «sal de la tierra y luz del mundo», comprendí que la autoridad que transmitía provenía precisamente de apuntar constantemente hacia otra parte: hacia Cristo y su ejemplo, hacia una verdad que no consideraba suya y hacia una concepción del ser humano basada en una dignidad que nadie puede conceder ni quitar.

Algunas de sus frases quedarán por mucho tiempo en la memoria de quienes las escuchamos.

«Necesitamos hombres y mujeres capaces de sentir la luz en medio de la oscuridad.»

«Las ideologías pasan, pero la verdad permanece».

Y uno que resulta especialmente exigente para quienes tenemos responsabilidades públicas, empresariales o institucionales: «Si hacéis el bien sólo a quien os hace el bien, ¿qué mérito tenéis?».

Este último me acompañó durante buena parte del viaje porque cuestiona directamente la lógica dominante de nuestro tiempo: la lógica del interés, el retorno y el beneficio inmediato.

Sin embargo, las realidades más importantes de la vida rara vez funcionan de esa manera. La amistad no funciona así. La familia no funciona así. El amor no funciona así. El servicio tampoco.

Como CEO de Omnicom Media España, he tenido la suerte de ver de cerca cómo muchas personas de nuestra compañía, junto con clientes, medios, instituciones y colaboradores, decidieron contribuir generosamente para hacer posible esta visita en un tiempo extraordinariamente corto. Lo hicieron sin esperar nada a cambio. Lo hicieron porque entendieron que había algo valioso que merecía ser apoyado. Gracias a todos desde aquí. Gracias.

Cada uno aportó lo que pudo: tiempo, talento, experiencia, recursos o simplemente disponibilidad. Y cuando una sociedad todavía es capaz de movilizarse de esa manera, hay motivos razonables para tener esperanza. También hay una lección allí.

Todos recibimos una posición en la vida. A veces visible; otros, discretos. A veces asociado con el poder; otros, por influencia o por proximidad. Pero cada puesto implica una responsabilidad.

La cuestión verdaderamente importante no es qué lugar ocupamos, sino qué hacemos con él. Qué hacemos con nuestros talentos. ¿Qué hacemos con nuestra libertad? Lo que hacemos con la confianza que los demás depositan en nosotros. Lo que hacemos con la capacidad de construir, servir o mejorar la realidad que nos rodea.

Si queremos unidad, debemos sembrar concordia. Si queremos la verdad, debemos vivir en la verdad. Si queremos una sociedad más humana, debemos empezar por reconocer la humanidad de los demás. Y si queremos esperanza, debemos encarnarla donde estemos.

Porque el cambio casi siempre parece comenzar muy lejos, hasta que descubrimos que comienza exactamente donde nos ubicaron. Como le dije a un amigo: «Sé el cambio que quieres ver en el mundo». Seamos así.

La visita de León XIV ha revelado algo que muchas veces olvidamos: que la dimensión espiritual no desaparece por ser ignorada. Sigue presente a pesar del secularismo, el materialismo y el relativismo que tantas veces se imponen. Está en las preguntas que nos hacemos, en la búsqueda de sentido, en el deseo de plenitud y en esa aspiración universal a una vida más verdadera, más bella y más humana.

Por eso, cuando pienso en Madrid, Barcelona y Canarias, no recuerdo sólo tres lugares. Recuerdo tres llamadas. A la responsabilidad, la belleza y la compasión.

Y los tres acabaron apuntando en la misma dirección: la responsabilidad personal.

Porque todos hemos recibido algo. Talentos, oportunidades, relaciones, habilidades o simplemente la posibilidad de hacer el bien a quienes nos rodean.

La cuestión decisiva no es cuánto hemos recibido. La pregunta es qué hacemos con él.

España ha vivido unos días que darán sus frutos. Algunos serán visibles; otros permanecerán en silencio en la conciencia de quien escuchó una frase, recibió una mirada, compartió una conversación o se sintió llamado a vivir más profundamente.

Regreso a mis quehaceres diarios profundamente impactado y agradecido. A la Conferencia Episcopal Española, a las diócesis y sus obispos, a los organizadores, a los voluntarios, a las instituciones, a los medios de comunicación, a los clientes y empresarios, a los colaboradores y benefactores y a tantas personas que hicieron posible esta visita, empezando por el Santo Padre. Agradecido también por haberlo podido vivir con mi familia, mis amigos y tantas personas que me recordaron que, antes que nuestros cargos, nuestras responsabilidades o nuestros éxitos, somos personas llamadas a encontrarnos a nosotros mismos, a servir y a amar.

Quizás esa sea la huella más profunda que ha dejado León XIV en España. No la de multitudes que llenaron plazas y estadios, sino la de una invitación personal a vivir más profundamente, a servir con mayor generosidad y a comprender que la verdadera trascendencia no consiste en separarnos del mundo, sino en comprometernos más profundamente con él.



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