Perdí la voz durante 6 años cuando el banco nos dejó sin un duro por culpa de un crédito de 175 millones de pesetas
Samuel Trabanco Menéndez (Gijón, 22-9-1959) es aún el gerente de la empresa sidrera que lleva el apellido familiar. En estas memorias repasa una trayectoria siempre ligada a la bebida regional y confiesa su inmensa pasión por la música.
[–>[–>[–>La aldea
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«Nací en Llavandera, porque de aquella parían en casa. Mi padre era Samuel Menéndez Blanco y mi madre Alicia Trabanco Martínez. Yo intercambié el orden de los apellidos para no perder el Trabanco. Soy el mayor de tres hermanos. Nacimos en casa de mis abuelos, de Emilio Trabanco, que fue el fundador de Sidra Trabanco donde está ahora, aunque sus padres ya tenían un pequeño llagar en el barrio de la Bobia. Llavandera era la parroquia rural más rural de Gijón. Aún lo sigue siendo hoy, pero entonces era la aldea profunda. Casi no subían los vehículos allí. Pasé la infancia entre vaques y huerta y pumaráes. Los veranos a la hierba, los otoños y hasta avanzado el invierno pisando manzana dos horas antes de ir a la escuela, y cuando llegaba la primavera, ayudar en el llagar a lavar botellas, al salir de la escuela. Estudié en la escuela de Llavandera. Doña Paquita era la profesora y de aquella éramos como unos 50 críos. Hoy debe haber 5 en toda Llavandera. Con ocho años ya íbamos a ayudar a pañar manzanas y echábamos el día por la pumarada. Tendría yo diez o doce años y mi abuelo dábame los fines de semana dos duros por cada saco de manzana que pañaba. Y como era el mayor, también me daba los dos duros por los sacos de mi hermano y mi hermana y yo a ellos les pagaba uno y ganaba otro yo; yo era su representante ya. No había agua de aquella en la cuadra, había que llevar las vacas a beber al río, a un kilómetro. También era donde nos duchábamos. Y del pozo sacábamos el líquido para lavar los toneles y las botellas. El agua a las casas llegó sobre el año 65 o 70″.
[–> [–>[–>Ayudando en el lagar
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«Una vez que terminé los estudios primarios a los 14 años yo ya era el ayudante de mi tío para todo en el llagar. A embotellar, al reparto acompañándolo a él o a mi padre en el camión hasta que saqué el carnet, a cargar manzana, a todo lo que hubiera que hacer. Repartíamos por Gijón, por Villaviciosa, por La Felguera y Sama, por Avilés. Empezábamos a corchar en febrero o marzo y para mayo o junio ya terminábamos la sidra«.
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El baile
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«Quedaba tiempo para salir los jueves al baile. Los jueves era el día de cortejar, el que tenía moza y el que no la tenía, la buscaba. Los sábados normalmente eran para cenar con amigos y el domingo pues también al baile. A las diez o las once de la noche, en casa y al día siguiente, a trabajar temprano. Tengo recuerdo de El Jardín, el Parque del Piles, el Oasis los sábados y domingos. El jueves era más en el Acapulco. El Playboy. En fin, una juventud muy guapa. Una vez pedí por un curso a distancia para tocar la guitarra, te la traían a casa. Llegaron a casa con el contrato y con la guitarra, y casi me da mi padre con ella. Tuvo que marchar el paisano con el instrumento».
[–>[–>[–>Primer matrimonio
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A la madre de mis dos hijas, Antonia Olmo, la conocí en el Parque de Isabel la Católica, donde se hacían las pruebas para sacar el carnet de conducir. Íbamos a sacarlo con academias distintas. Estuvimos dos años de novios y, con 20 años, me casé en Contrueces. Después de casarme hice la mili en marina, en Ferrol, y luego en la Comandancia de Gijón. Estuve en la mili un año, porque en 1981 nació mi primera hija, Yolanda, y me licenciaron. La segunda, Eva, nació en 1985.
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Samuel Trabanco, bebiendo una botella de sidra y fumando un cigarro / Marcos León / LNE
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Cantar
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Al terminar la mili empecé a construir el restaurante Casa Trabanco, que eso es mío y de mis hijos. En el llagar somos más socios, porque era de mi madre y de mi tío. Estuve dos años construyendo el restaurante. Lo inauguré en 1983. Estuvimos 7 años sin cerrar, porque había que pagar la inversión aquella. La mujer y yo, sin descansar ningún día. Igual un viernes o un sábado, cerraba a las doce de la noche o la una y, como me gustaba la fiesta, a veces bajaba conmigo la mujer a tomar una copa. El día que ella no bajaba, yo para Cimadevilla, a cantar. Nada más llegar a lo de Víctor el de Cimadevilla o El Farol o La Giralda, a Mario el Indio o a El Alba. En cuanto llegaba ya los guitarristas me decían ‘Trabanquín, echa una’. Yo siempre cantaba dos o tres boleros. Así hasta las tres o cuatro de la madrugada. Tomabas unas cervezas, un par de cubatas y para casa, y al otro día a las 8 de la mañana, a la plaza del pescado a comprar. Siempre me gustó cantar. Una vez estaba con un amigo en Madrid, en la plaza de Santa Ana, y había un gitanillo cantando con una guitarra. No cantaba un pijo el probe, no sacaba un duro. Le dije, ‘guaje, toca ahí’. Púseme a cantar por José Mercé para ayudarlo. Le cogí al sombrero que tenía y lo pasé a la gente: ‘para el artista, que es el de la guitarra’. Saqué 60 pavos. El tío no me dejaba marchar, quería que me quedara con él a cantar en Madrid. A todos los que nos gusta cantar, quisiéramos llenar el Teatro Real, pero como no alcanzamos ahí, cantamos en el teatro de los sueños, en la calle. Cuando voy a Madrid me pongo a cantar con los que tocan en el Metro. No me da vergüenza ninguna; ese soy yo. Me hubiera gustado ser cantante de una orquesta. Tuve un momento en mi vida, a los 20 años, en el que me planteé si tirar por ahí. Se lo dije a mi abuelo, que fue mi maestro, y me dijo ‘anda, déjate de musigangues y ponte a trabayar’. Tuve la suerte de que ya estaba trabajando conmigo en Sidra Trabanco Jorge Tuya, cantante tonada. Cantamos alguna canción a dúo, de las facilinas.
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[–>Chuleta y bacalao
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Mi gran preocupación con 20 años, cuando me casé, era si yo sería capaz de mantener una familia. Estuve más dedicado a la hostelería cuando hice el restaurante, porque de aquella tuve una pequeña discusión con mi tío y con mi padre, porque en cuanto me casé quería tener participación en la bodega y si no, me buscaba la vida. Y fue cuando me dediqué totalmente a la hostelería, desde los 21 hasta los 27 años. Cuando monté Casa Trabanco, para mí fueron fundamentales dos amigos de San Sebastián, José Mari Irízar y Josefa Goñi, que tienen allí la sidrería Barkaiztegui, que me aconsejaron mucho sobre cómo se explotaba el negocio de las espichas y me enseñaron los secretos de su cocina. Y yo fui la primera sidrería en Asturias, hace 43 años, por lo menos, que trajo la chuleta de buey, que era desconocida. Aquello fue un éxito tremendo. Cogimos fama por la chuleta y el bacalao al pil pil, a la riojana, en tacos… Seguimos teniendo el mismo proveedor de bacalao que me presentaron en San Sebastián. Y nosotros, con esas dos especialidades, acompañado de la fabada, los callos, los platos de aquí, cogimos en breve tiempo mucha fama. Empezó el restaurante a llenarse, pero fundamentalmente por el bacalao y la chuleta. También nos enseñaron ellos, y fue el primer sito en Asturias en el que se hizo el pixín a la brasa. En el sótano del chigre tenía un llagar para hacer espichas y en el que hacía la sidra para mí, que también la vendía en una sidrería que teníamos en la Feria de Muestras y en Mercaplana.
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En la gerencia de Sidra Trabanco
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Con 28 años, ya mi abuelo había pasado el testigo de Sidra Trabanco a mi tío Vicente y a mi padre, me vinieron a buscar para que fuera al llagar a trabajar con ellos porque ya entraban en edad y me vieron a mí como el relevo generacional. Primero se jubiló mi padre y luego mi tío. Cada uno de los cinco primos tenemos un 20% de la sociedad. Yo cogí esto en 1988 con la ola de consumo de sidra subiendo. En la bodega hacían unos 300.000 litros y nada más entrar, los aumentamos a 700.000. Y acto seguido, hicimos la instalación de la Bodega del Túnel, con la que ya nos pusimos en más de 2 millones de litros. Pero también fue verdad que el riesgo económico fue grandísimo, porque fue una obra faraónica, junto a otra bodega que hicimos para hacer vinagre. Estábamos metidos en el año 90 en 175 millones de pesetas de crédito. Y ahí lo pasé muy mal, ya no solo por mis compromisos –había empeñado el restaurante, lo único que tenía–: es que estaba avalado con todas las propiedades de mis padres y de mi tío. Y ellos nunca supieron el riesgo que corrimos. Eso me lo tragué yo todo. Las pasé putísimas. Nos retiró la confianza el banco. Unas subvenciones del Gobierno de Asturias me las endosaban como unos pagarés, pero el banco en vez de convertirlo en dinero, directamente lo quitaba del crédito. Me dejaron sin un duro para pagar a los proveedores. Y ahí dejé de cantar, perdí la voz seis años.
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