Me prometieron una familia y acabé encontrando el infierno
La Policía Nacional alerta de que las bandas latinas cada vez se fijan más en la captación de niños más jóvenes. Un hecho que en los grandes núcleos urbanos nacionales se han visto acentuádo en los últimos años. Varios barrios de Madrid, como Tetuán, Usera, Villaverde o Carabanchel, se han convertido en núcleos de especial relevancia y, el caso de Alejandro es uno de los cientos de casos de estos jóvenes, muchos de ellos menores de 14 años, ya que son inimputables ante la justicia.
[–>[–>[–>Con esta misma edad Alejandro encontró en las bandas aquello que echaba en falta: un grupo de amigos, un sentimiento de pertenencia y la promesa de una familia que, supuestamente, nunca le dejaría solo. La realidad fue muy distinta. «Al principio todo parecía bueno, la banda me prometió una familia y acabé encontrando el infierno», confiesa a este periódico, dos años después de abandonar ese mundo gracias al programa de reinserción de pandilleros que impulsa el Centro de Ayuda Cristiano a través de Fuerza Joven España.
[–> [–>[–>Su historia es el reflejo del recorrido que viven muchos adolescentes captados por estos grupos. Las primeras reuniones con amigos derivaron en pruebas de iniciación, violencia, consumo de drogas y una escalada delictiva que le llevó a acumular 22 antecedentes penales. «La banda te hace creer que siempre va a estar contigo, pero cuando tienes un problema desaparecen todos», asegura.
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Redada policial contra bandas latinas en Madrid. / SUCESOS
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Perteneció siete años a la banda y llegó a estar interno en un centro de menores
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En su caso, la primera prueba «parecía inofensiva al principio», confiesa entre risas. «Nos llevaron a unos cuatro chicos a un muro del parque y nos obligaron a levantar la bandera de la banda con los brazos en alto y aguantar así durante un minuto mientras nos pegaban con bates en el cuerpo. Si bajabas los brazos el reloj volvía a contar de cero y así hasta que lo lograras. Acabé con moratones por todo el costado».
[–>[–>[–>La segunda de ellas tuvo lugar después de hacer el juramento de fidelidad a la banda. «Nos explicaron que la traición se pagaba con sangre y para terminar el ritual, nos dieron una bandana y nos dijeron que teníamos que traerla con sangre. Les daba igual cómo lo consiguiéramos. Lo que hice ese día fue emborracharme, drogarme y entonces agarré a un chico, le reventé las manos y la cara y llené la bandana de sangre. A día de hoy no me acuerdo ni de su cara», relata.
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Dentro de la banda, cubría el cargo de camello del barrio. «Me iba bien, conseguía dinero y no tenía problemas para pagar la cuota semanal, que era por lo menos de 50 euros». Con el paso de los meses comenzó a consumir «mucha droga, lo que me convirtió en un joven muy agresivo«.
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[–>Una espiral de violencia que le llevó una noche a apuñalar hasta en tres ocasiones a un joven, «al salir de una discoteca se nos acercaron unos chicos, cruzamos unas palabras y al girarme vi que uno de mis amigos estaba en el suelo. Yo saqué una navaja y le metí tres puñaladas. En ese momento estaba drogado y borracho, salí corriendo y volví a la discoteca. A las pocas horas aparecieron varios agentes de la policía y me detuvieron, yo en ese momento era menor de edad». Por aquel delito Alejandro fue ingresado en un centro de menores.
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Alejandro, tras recibir una paliza de un compañero de banda / Cedida
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Tras siete años dentro de la banda, un conflicto interno con el que consideraba su mejor amigo, terminó con Alejandro volviendo a casa de su madre. «Me intentó robar, le pillé y comencé a pegarle. Solo paré porque su novia se interpuso de por medio, y mi compañero volvió con un bate a pegarme. Conseguí salir del piso y volví corriendo a casa de mi madre», relata.
[–>[–>[–>En el Centro de Ayuda Cristiano «no se sienten juzgados»
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Con «una pierna destrozada» y heridas por todas partes, «mi madre me llevó al hospital y me obligó a ir ese fin de semana a misa». Fue ese día, «después de hablar con un hombre que parecía saber por todo lo que había pasado, como si él también hubiera pertenecido a una banda, que tuve claro que no podía volver». De ese hecho han pasado ya casi tres años y, al igual que en el caso de Alejandro, las madres son quienes suelen ayudar, en la mayoría de ocasiones, a salir de las bandas a sus hijos.
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Desde ese momento comienza un acompañamiento que incluye a los familiares, porque «cuando un chico está en bandas se separa de la familia» y recuperarla es una parte esencial de la reinserción, explica el padre Matías, coordinador del programa de reinserción de pandilleros del Centro de Ayuda Cristiano. «Ayudamos a los jóvenes a que encuentren los valores que habían perdido, les enseñamos valores cristianos como el respeto, el trabajo digno, la solidaridad y, sobre todo, a encontrar la paz«, continúa.
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Padre Marías, coordinador del programa de reinserción de pandilleros del Centro de Ayuda Cristiana / Cedida
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Su labor comienza escuchando sus historias, «vienen destrozados», y continúa con un proceso de acompañamiento basado en la recuperación de los valores. Matías resalta la importancia de que «aquí no se siente juzgados por todo lo que han hecho». «No es fácil reinsertarse, no es fácil dejar el pasado atrás, pero el que quiere, lo logra», asegura.
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Colaboran con colegios y con la Policía
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Fuerza Joven España (FJE) cuenta con 55 centros repartidos por el país, doce de ellos en Madrid. Allí los jóvenes encuentran actividades deportivas, culturales, voluntariado, música o proyectos solidarios que sustituyen el sentimiento de pertenencia que antes buscaban en la calle. Además, se trasladan a hacer charlas en colegios sobre violencia y prevención, programas de rehabilitación y salida de bandas, apoyo psicológico y social, acompañamiento a familias y actividades en barrios con mayor presencia de bandas.
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Asimismo, los centros trabajan de la mano con la Policía y los colegios de los barrios conflictivos. «Estamos en constante contacto, tanto los colegios que activan el protocolo bandas ante cualquier sospecha y la Policía que trae a los chicos detenidos aquí».
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En total, cuentan con 55 centros repartidos por toda España, doce de ellos en Madrid / Centro de Ayuda Cristiano
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Hoy, Alejandro dedica parte de su tiempo a hacer justo lo contrario de lo que hacía entonces. Participa en el programa de reinserción acompañando a otros jóvenes que quieren abandonar las bandas y compartir con ellos su propia experiencia. «Si mi historia sirve para que un chaval no entre o decida salir, ya habrá merecido la pena», afirma. Ese acompañamiento es precisamente el objetivo del programa que desarrolla el Centro de Ayuda Cristiano: ofrecer una alternativa real a quienes buscan empezar de nuevo.
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Fuente: El Periódico
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