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el rearme de la OTAN se abre a ámbito civil

el rearme de la OTAN se abre a ámbito civil
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  • Publishedjulio 12, 2026




La Cumbre de la OTAN celebrada esta semana en Ankara ha marcado un punto de no retorno en la hoja de ruta de la Alianza Atlántica para la próxima década. El encuentro en la capital turca ha servido para fiscalizar el histórico compromiso alcanzado el año pasado en La Haya, en el que se acordó elevar el esfuerzo total en defensa y seguridad hasta el 5% del PIB para 2035. Este exigente objetivo se divide en un 3,5% destinado a gasto militar directo (personal, operaciones y equipamiento) y un 1,5% dedicado a infraestructuras críticas, ciberseguridad, resiliencia civil y capacidades industriales estratégicas. En la cita de Ankara se han materializado acuerdos clave, como la previsión de una inversión conjunta de 40.000 millones de dólares en nuevas capacidades tecnológicas y de seguridad, al tiempo que España ha dado un paso estratégico al anunciar su participación activa en la protección y vigilancia del Ártico. Bajo la estricta mirada de Washington y la gestión del secretario general, Mark Rutte, la Defensa ha dejado definitivamente de ser un campo reservado a los ministerios militares para convertirse en una de las grandes prioridades económicas, industriales y presupuestarias de Occidente.

Y como muestra, un botón. La Comisión Europea ha propuesto un Marco Financiero Plurianual para el periodo 2028-2034 cercano a los dos billones de euros, frente a los alrededor de 1,2 billones del marco actual, situando la seguridad, la autonomía estratégica y las tecnologías críticas entre las prioridades presupuestarias de la Unión. Solo el nuevo capítulo destinado a resiliencia, seguridad, industria de defensa y espacio movilizará 115.000 millones de euros durante los próximos siete años. A ello se suman los 150.000 millones del instrumento SAFE y la capacidad de movilización de hasta 800.000 millones prevista en el programa ReArm Europe/Readiness 2030. En conjunto, Europa está configurando el mayor esfuerzo industrial vinculado a la seguridad y la defensa desde la Segunda Guerra Mundial.

Tradicionalmente, España había estado a la cola de la Alianza en gasto militar. Sin embargo, los datos oficiales de la OTAN recopilados en el informe de la Fundación Basilio Paraíso confirman un giro histórico, ya que España logró cumplir con el objetivo del 2% de su PIB en defensa al cierre de 2025.

El gasto se situó en 33.123 millones de euros. Los compromisos de nuestro país ante la OTAN suponen triplicar la inversión militar en solo cinco años. Si nos remontamos a la década pasada, este incremento es más que notable.Al compararlo con 2014, cuando apenas se invertían 9.508 millones (un 0,91% del PIB), el incremento es de casi el 250%, mientras que en la era Sánchez el esfuerzo ha crecido un 215%.

De esta forma, la defensa puede convertirse para Europa en general y para España en particular en lo que la transición energética fue para la década pasada, algo que supone toda una oportunidad no solo para las empresas militares, sino también civiles.

En este sentido, la Fundación Basilio Paraíso, vinculada a la Cámara de Comercio de Zaragoza, se está enfocando en impulsar el «Aragon Defence Hub» para situar a las empresas de la región dentro de la industria de la Defensa. «En Aragón contamos con un tejido empresarial con mucho peso en la producción de componentes electrónicos, industria metalúrgica y de la de maquinaria. Además, contamos con un entramado social con una elevada cultura de defensa y estrechas relaciones con las Fuerzas Armadas», indica Jorge Villarroya, presidente de la Fundación Basilio Paraíso y de la Cámara de Comercio de Zaragoza. En esta dirección, el Observatorio del Sector de la Defensa ha desarrollado para el hub un sistema interactivo de información y capacidades tecnológicas, industriales y de subcontratación duales, que incluye un centenar de empresas, centros tecnológicos e institutos de colaboración. Fruto de la cooperación son los programas «DiverDef» o «Superando Barreras». «El sector de la Defensa se ha convertido en un ámbito estratégico porque estamos asistiendo a una transformación profunda del escenario geopolítico. Desde la Fundación, analizamos, precisamente, cómo estas grandes tendencias globales pueden impactar en nuestras región», añade Villarroya.

De Detroit a Reino Unido y Alemania

Aunque hoy las empresas civiles cobran una nueva relevancia, no se trata de un fenómeno nuevo. De hecho, la historia demuestra que los grandes ciclos de rearme siempre han dependido de la capacidad de adaptación de la industria no militar.

En 1941, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Estados Unidos descubrió que su capacidad industrial militar resultaba insuficiente para sostener una guerra global. La solución no llegó únicamente de los fabricantes de armamento, sino de las grandes empresas civiles estadounidenses. Las gigantescas fábricas de automóviles de Detroit fueron reconvertidas en tiempo récord para fabricar bombarderos, tanques, motores aeronáuticos y vehículos militares.

El presidente Franklin D. Roosevelt bautizó aquel esfuerzo industrial con una expresión que ha pasado a la historia: el «Arsenal de la Democracia».

Ford construyó la planta de Willow Run, que llegó a fabricar más de 8.600 bombarderos B-24 Liberator aplicando técnicas de producción en cadena desarrolladas originalmente para la industria del automóvil. Chrysler produjo miles de tanques en el Detroit Arsenal Tank Plant, mientras que General Motors fabricó motores aeronáuticos, camiones y equipamiento militar.

Uno de los símbolos más reconocibles de aquel «Arsenal de la Democracia» fue el Jeep Willys. Concebido como un vehículo ligero de reconocimiento para el Ejército estadounidense, fue fabricado masivamente por Willys-Overland y, posteriormente, también por Ford, que produjeron conjuntamente más de 640.000 unidades durante la Segunda Guerra Mundial. La capacidad de adaptación de la industria automovilística convirtió al Jeep en un elemento esencial de la movilidad aliada y, con el tiempo, en uno de los grandes iconos industriales y militares del siglo XX.

La misma lógica se reprodujo en Reino Unido, Alemania o Francia. Rolls-Royce dejó temporalmente de fabricar automóviles de lujo para producir el motor Merlin que impulsó los cazas Spitfire. BMW se especializó en motores de aviación. Siemens suministró sistemas eléctricos y de comunicaciones esenciales para el esfuerzo bélico alemán.

Automoción

Ochenta años después, Occidente vuelve a enfrentarse a una transformación industrial comparable. La industria de automoción española reúne algunas de las capacidades más valiosas para esta nueva fase de crecimiento de la defensa europea. Destacan especialmente la ingeniería de producto, la industrialización, la fabricación en serie, la automatización de procesos, la gestión de cadenas de suministro complejas, el control de calidad y la logística avanzada. En este sentido, la Asociación Española de Profesionales de Automoción (ASEPA) considera que el proceso de transformación que atraviesa actualmente la industria automovilística europea puede convertir la defensa en una oportunidad de diversificación para numerosas empresas del sector ante el parón del coche eléctrico.

Sin embargo, los tiempos han cambiado profundamente desde los años de Detroit y el «Arsenal de la Democracia». Fuentes del sector de la automoción consultadas advierten de que una reconversión masiva de las plantas actuales hacia lo militar es inviable en la actualidad. Esta dualidad civil-militar se plantea, en todo caso, como un complemento de futuro para las empresas de componentes, pero nunca como un vector que altere el «core» de su negocio principal. A esto se suma la barrera de la burocracia y la rentabilidad, ya que la producción militar exige rigurosas homologaciones y certificaciones específicas por parte del Ministerio de Defensa. «Estos procesos son lentos, costosos y con volúmenes de producción muy reducidos, lo que choca frontalmente con el modelo de las grandes plantas de coches actuales, diseñadas para la alta rotación y la fabricación en masa», señalan estas fuentes.

Indra, ejemplo

Donde la dualidad sí es una realidad inmediata es en las empresas de tecnología. En Indra, por ejemplo, se han anticipado y llevan tiempo preparándose para responder al aumento de la demanda por el fuerte incremento de la inversión. De hecho, la compañía prevé incrementar su capacidad industrial entre 6 y 10 veces. Así, la empresa apuesta por la colaboración con todo el ecosistema industrial, estableciendo alianzas con empresas nacionales y grandes players internacionales. «Nuestro objetivo es movilizar todo el talento a nuestro alcance, incorporar a nuestros proyectos a toda aquella empresa con capacidades tecnológicas avanzadas», explican desde la compañía. Y es que muchas de las tecnologías que hoy son decisivas para la defensa, como IA, ciberseguridad, digitalización, sensores avanzados, simulación, análisis de datos o sistemas autónomos, tienen su origen en el mundo civil. Asimismo, desde Indra subrayan que la tendencia apunta hacia alianzas cada vez más amplias entre empresas de defensa y compañías procedentes de ámbitos como la ingeniería industrial, la automoción, la energía, la fabricación avanzada, la electrónica, la logística o el software, extendiéndose también hacia las pymes, startups, centros de investigación y universidades. «Necesitamos contar con un ecosistema sólido en el que apoyarnos porque no podemos especializarnos en el enorme número de tecnologías y áreas de conocimiento que abarca la defensa», apostillan.

Del búnker a la universidad

En esta colaboración con las instituciones académicas destaca DIANA, la Aceleradora de Innovación de Defensa para el Atlántico Norte. Cuando la OTAN tomó la decisión de crearla rompió con décadas de doctrina militar: su sede central para Europa no se ubicaría en una base militar opaca o en un búnker gubernamental, sino en el corazón del «White City Campus» del Imperial College de Londres. Al instalarse en una de las universidades de ciencia e ingeniería más prestigiosas del mundo, la Alianza Atlántica escenificó un cambio de paradigma irreversible, como es que las innovaciones más disruptivas en inteligencia artificial, computación cuántica o robótica ya no nacen en los laboratorios estrictamente militares, sino en el ecosistema universitario y de las startups civiles.

Para alimentar financieramente este flujo tecnológico, la Alianza ha desplegado el Fondo de Innovación de la OTAN (NIF), el primer fondo de capital riesgo multisoberano del mundo, dotado con más de 1.000 millones de euros. Este instrumento financiero busca tomar participaciones en firmas de tecnologías profundas («deep tech») en fases iniciales, ofreciendo un capital paciente que los fondos de inversión privados tradicionales –muchas veces limitados por estrictas políticas ESG (ambientales, sociales y de gobernanza)– no pueden inyectar en proyectos vinculados indirectamente con la seguridad.

España se ha situado de manera activa en este engranaje de innovación dual. El Ministerio de Defensa, a través de la Dirección General de Armamento y Material (DGAM), impulsa el programa de Cooperación en Investigación Científica y Desarrollo en Tecnologías Estratégicas (COINCIDENTE). Este plan está concebido específicamente para aprovechar las capacidades tecnológicas del tejido industrial e investigador civil español, logrando que universidades y empresas tecnológicas nacionales integren sus desarrollos en la cadena de valor de la seguridad.

Por su parte, la UE complementa esta estrategia con el Fondo Europeo de Defensa (EDF), que destina una parte de su presupuesto a incentivar que consorcios transnacionales involucren de forma cruzada a pymes de sectores convencionales. Busca romper las barreras de entrada burocráticas y financieras para que un desarrollador de software de IA de Valencia o una ingeniería de robótica de Bilbao puedan competir en igualdad de condiciones. El objetivo final no es militarizar la industria civil, sino acelerar la autonomía estratégica de Occidente.

Empresas

Otro ejemplo empresarial de la interconexión entre la economía civil y miltiar es Izertis que, tras años digitalizando empresas convencionales, ha entrado con fuerza en el sector aeroespacial y de defensa para aplicar algoritmos avanzados y analítica de datos en sistemas de alta fiabilidad. En una línea similar destaca la vasca CounterCraft, una firma de ciberseguridad nacida para proteger a la gran banca que hoy triunfa en los pasillos del Pentágono gracias a un software basado en IA y gemelos digitales capaz de tender «emboscadas virtuales» para neutralizar ciberataques antes de que ocurran. Asimismo, un clásico civil de las telecomunicaciones como Teldat ha creado una división específica para dotar de redes seguras, cifradas e inteligentes a vehículos de combate y centros de mando tácticos. A esta avanzadilla se suman firmas consolidadas como GMV, que participa en más de 80 programas espaciales internacionales y se ha convertido en uno de los grandes referentes del sector.

Empleo

Pero también se trata de una oportunidad en términos de creación de empleo. El Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Madrid estima que la industria española de defensa podría necesitar 15.000 nuevos ingenieros y técnicos superiores en los próximos cinco años y miles de especialistas adicionales en inteligencia artificial, ciberseguridad, software, espacio, sistemas autónomos o fabricación avanzada.

Como ocurrió con la transición energética, el éxito no dependerá únicamente del dinero invertido, sino de la capacidad para convertir ese gasto en industria, innovación y empleo. La diferencia es que, esta vez, la gran política industrial europea podría no estar impulsada por la descarbonización, sino por la seguridad.



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