Jesús Ángel Fernández, el último jesuita al frente de una parroquia en Asturias, acaba turno en Tremañes
En la salita de la casa de Jesús Ángel Fernández, en Tremañes, hay una réplica del cuadro de Pablo Basterrechea que recrea una de las movilizaciones de los trabajadores del naval en El Natahoyo. «Me encanta, hice una copia y la enmarqué», dice este avilesino nacido en 1945 mientras lo mira. Un cuadro de luchas obreras en la casa de un obrero. Aunque no de un obrero cualquiera, Fernández es también jesuita y párroco. En una semanas se jubilará de sus labores como responsable de la parroquia de San Juan de Tremañes, la capilla del Rosario de Lloreda y la capellanía de la cárcel de Villabona igual que hace unos años se jubiló como mecánico en la Térmica de Aboño tras haber pasado, entre otros puestos de trabajo, por una carpintería metálica y varias obras de construcción.
[–>[–>[–>Su marcha tiene una especial carga de profundidad. Su adiós cierra medio siglo de presencia de los jesuitas en el gijonés barrio de Tremañes y supone que la Compañía de Jesús ya no tenga ninguna parroquia a su cargo en Asturias. Pero también cierre un círculo alrededor de la labor de los curas obreros en la realidad de Gijón, sobre todo del Gijón de hace unas décadas en plena reconversión industrial.
[–> [–>[–>[–>[–>[–>Fernández tropezó con su destino en la gijonesa Universidad Laboral a la que llegó como estudiante interno siendo poco más que un niño. Allí se encontró con los miembros de esa Compañía de Jesús en la que acabaría ingresando y con el compromiso que definió su trayectoria vital. «Nos inculcaron la responsabilidad que teníamos con los trabajadores que a través de las cuotas que pagaban a las mutualidades nos mantenían allí y nos convertían en unos privilegiados que podíamos estudiar. Eso marcó toda mi vida», recuerda antes de confesar que «yo lo tuve claro y siempre me he mantenido en esa idea, la de vivir como obrero, no desclasarme, no querer subir para arriba».
[–>[–>[–>
El párroco de San Juan de Tremañes, en su casa. / Ángel González
[–>[–>[–>
Incluso ahora en que ese concepto de cura obrero puede parecer trasnochado. Incluso desconocido para muchos jóvenes. «No se si ahora se entiende, la verdad. Para mi sigue teniendo sentido, es sentirse obrero y ser consecuente con ello. El trabajo era la escuela y la universidad de la cultura obrera, confiesa mientras recuerda su primer trabajo, siendo aún novicio, en el astillero Bazán en El Ferrol y sus veranos de estudiante trabajando en la construcción en Gijón.
[–>[–>[–>Las misiones obreras
[–>[–>[–>
«Yo no digo que la enseñanza sea mala pero yo quería insertarme en el mundo laboral y con unos cuantos empezamos ese movimiento que llamamos misión obrera. Al estilo de los antiguos misioneros que iban a la India o África y que lo primero que tenían que hacer era insertarse en el lugar para conocer su cultura y que así les pudieran entender el mensaje de Jesús. Era lo mismo pero entre obreros«, explica.
[–>[–>[–>
Recién ordenado llegó a Gijón en 1977 ya con Tremañes como destino. De hecho, iba a ser un grupo de cuatro jesuitas el destinado a trabajar en el barrio pero algo se complicó por el camino y no pudo ser. A Fernández le pidieron que se fuera un año al Revillagigedo de El Natahoyo -el mismo barrio de cuya parroquia se despidieron hace unos días los jesuitas- con la promesa de que iría a Tremañes al pasar ese tiempo. Y así fue. Allí se asentó en 1978 en una etapa de su vida que ha acabado prolongándose hasta ahora y que compartió en los primeros años con el recordado Cándido Viñas.
[–>[–>
[–>Cándido Viñas, un «ángel»
[–>[–>[–>
«Para mi Cándido fue uno de esos ángeles que he tenido en mi vida, y que han sido mucho. La gente lo quería mucho, estaba muy comprometido con el movimiento vecinal en un tiempo en que se necesitaban muchas cosas. Estaba todo el día en el Ayuntamiento, escribiendo en los periódicos…. La gente venía a pedirle de todo, hasta ayuda para que les quitaran una multa, y a nadie decía que no. Era enormemente cercano», recuerda del religioso fallecido en 2022 y que se ha quedado para siempre en Tremañes dando nombre a un parque en el área industrial de Lloreda. Tan cercano que los compañeros en sus juegos de cartas «hasta le chillaban cuando se equivocaba. Era algo que me llamaba mucho la atención porque daba sensación de cercanía, de confianza…», concreta Fernández.
[–>[–>[–>
La misma cercanía que encontró el jesuita al llegar a aquel Tremañes de finales de los setenta «donde había una enorme unidad respondiendo a las dificultades, que eran muy gordas. Y donde estabas controlado pero para bien. A mi me prestaba porque te sentías acogido. Preguntabas por alguien y te decían bajaba en el autobús de las 12 iría a comprar garbanzos». Con el paso de los años el nivel de vida en el barrio ha ido subiendo y bajando esa efervescencia de la lucha que, matiza el párroco, «continúa, cuando hay algo la gente se moviliza. Ahora con los parques de baterías».
[–>[–>[–>
Jesús Ángel Fernández, entre unas flores en su pequeño jardín. / Ángel González
[–>[–>[–>
Si un barrio rodeado de polígonos era el destino perfecto para un cura obrero, la cárcel de Villabona también ha sido un espacio inspirador para Fernández. «A mi la estancia en el mundo obrero y en la cárcel me han hecho reinterpretar mi fe. Me han ayudado a experimentar el mensaje de Jesús y he podido sentir que estaban orgullosos de tener un cura entre ellos. Incluso los que no eran creyentes», explica emocionado.
[–>[–>[–>
Una carta sin respuesta durante cinco años
[–>[–>[–>
Fernández ya sabe quien se hará cargo de la parroquia de San Juan, Serrano Arturo Calvo Aladro, pero no cuando llegará. Calcula que no antes de septiembre. Por ahora le toca explicar a sus feligreses una marcha cuyo anuncio hace unos días le dejó algo bloqueado.
[–>[–>[–>
Más que nada, dice entre risas, porque «ya no lo esperaba. El derecho canónico dice que al cumplir los 75 años tienes que poner tus cargos a disposición del obispo. Yo cuando los cumplí le mandé una carta y nunca me contestó. Eso fue hace cinco años». También es cierto que Fernández había avisado de que si Tremañes pasaba a incorporarse a una unidad pastoral con varias parroquias se jubilaría porque no se sentía con fuerzas. Los años ya pesan. En todo caso, la jubilación no va a ser sinónimo de descanso para Fernández. «No me quiero agobiar ni coger algo que me ate demasiado pero quiero buscar algo donde siga siendo coherente con lo que descubrí en el Evangelio, que no son normas, ni mandamientos, y con mi manera de vivir», explica el todavía párroco de San Juan de Tremañes y por siempre jesuita y ejemplo de cura obrero.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí