Segunda pestaña
Abro el portátil mientras el café todavía está demasiado caliente para beberlo. Entre los primeros correos del día aparece uno de una empresa que no conozco. El mensaje está impecablemente escrito, quizá demasiado. El remitente parece profesional, la página web inspira confianza y, durante unos segundos, no encuentro ningún motivo para desconfiar.
[–>[–>[–>Sin embargo, antes de responder hago algo que hace apenas unos años nunca habría hecho: abro otra pestaña del navegador, compruebo cuándo se registró el dominio, busco quién trabaja allí, reviso LinkedIn, leo referencias independientes y vuelvo al correo. Cuando termino, descubro que he dedicado bastante más tiempo a investigar al remitente que a leer el propio mensaje.
[–> [–>[–>Sospecho que muchos lectores reconocerán esa escena. También habrán empezado a confirmar por teléfono una transferencia que antes habrían dado por buena, a contrastar una noticia antes de compartirla o a mirar dos veces una fotografía que hace apenas unos años habrían aceptado sin más. Son pequeños gestos que se han instalado silenciosamente en nuestra rutina. No producen riqueza, no aparecen en las estadísticas de productividad y, sin embargo, consumen una cantidad creciente de nuestro tiempo.
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Quizá por eso llevo semanas pensando que nos estamos haciendo la pregunta equivocada sobre la inteligencia artificial.
[–>[–>[–>Desde hace meses abundan los estudios que intentan medir cuánto tiempo nos ahorrará: cuántos minutos menos tardará un abogado en revisar un contrato, un consultor en preparar una presentación o un programador en escribir código. Todo eso importa y es probable que la productividad aumente de forma considerable en muchas tareas.
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La pregunta complementaria, sin embargo, apenas empieza ahora: ¿cuánto tiempo dedicamos después a comprobar que ese contrato no contiene errores, que esa presentación no cita estudios inexistentes o que ese código hace realmente lo que dice hacer?
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[–>Ese tiempo también forma parte de la productividad. Sospecho que seguimos contabilizando con bastante precisión el tiempo que la IA nos ahorra, mientras apenas empezamos a medir el tiempo nuevo que nos obliga a invertir verificando aquello que produce. Tal vez el saldo siga siendo claramente positivo; no lo discuto. Lo que cuestiono es que estemos haciendo bien la contabilidad.
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Nunca había sido tan fácil redactar un correo impecable, y lo agradezco sinceramente. Nunca aprendí mecanografía y sigo escribiendo con dos o tres dedos, bastante más deprisa de lo que mis manos consiguen seguirme. Quienes trabajan conmigo conocen bien ese pequeño rastro de erratas que suelo ir dejando detrás de mí y que los correctores ortográficos primero, y las herramientas de inteligencia artificial después, han reducido considerablemente. La tecnología corrige bastante mejor mis dedos que mi criterio.
[–>[–>[–>Pero esa misma facilidad ha cambiado silenciosamente el valor de muchas cosas.
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Durante años aprendimos a desconfiar de los correos mal escritos. Hoy ocurre algo curioso: empezamos a desconfiar precisamente de los impecables. No porque el engaño sea nuevo; el fraude ha acompañado al comercio desde hace siglos. Lo que ha cambiado es su economía. Nunca había sido tan barato fabricar una apariencia convincente y, cuando el coste de producir una apariencia cae de forma radical, alguien tiene que asumir el coste de demostrar que es auténtica.
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Esta me parece una de las paradojas menos comentadas de esta revolución. La inteligencia artificial reduce extraordinariamente el coste de producir información, imágenes, voces o conocimiento aparente, pero al mismo tiempo empieza a aumentar el coste de confiar en ellos. Ahorramos tiempo preguntando y gastamos parte de ese mismo tiempo verificando la respuesta. La IA no sólo automatiza trabajo; también nos devuelve parte del trabajo que creíamos haber delegado para siempre.
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Toda innovación importante reduce unos costes y crea otros. La máquina de vapor necesitó ferrocarriles, normas de seguridad y compañías de seguros. El automóvil creó autoescuelas, semáforos y códigos de circulación. Internet dio origen a la ciberseguridad. Ninguna revolución tecnológica llega sola; todas terminan construyendo una economía dedicada a resolver los problemas que ellas mismas generan.
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La IA también está creando una economía propia dedicada a verificar, autenticar y reconstruir la confianza que la propia tecnología pone continuamente a prueba.
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Empiezan a surgir empresas especializadas en autenticar identidades, detectar deepfakes, certificar el origen de imágenes, proteger voces sintéticas o auditar modelos de inteligencia artificial. La Unión Europea aprueba nuevas regulaciones, los tribunales empiezan a enfrentarse a conflictos que hace apenas unos años ni siquiera existían y las compañías crean departamentos enteros dedicados a la gobernanza algorítmica. Mientras unos ingenieros perfeccionan sistemas capaces de producir contenidos indistinguibles de los reales, otros trabajan precisamente para demostrar cuáles lo son.
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Sin embargo, sospecho que el verdadero cambio es todavía más profundo.
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En 1937, Ronald Coase publicó un artículo que terminaría cambiando la economía moderna a partir de una pregunta aparentemente sencilla: si los mercados son tan eficientes, ¿por qué existen las empresas? Su respuesta fue que organizar una economía también tiene costes. Buscar información, negociar, coordinar, supervisar o generar confianza consume recursos. Décadas después, Douglass North llevó aquella intuición un paso más lejos al explicar que las instituciones reducen la incertidumbre y permiten que millones de desconocidos cooperen entre sí.
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Esa idea resulta más actual que nunca. Durante siglos construimos instituciones cuya función consistía precisamente en evitar que cada ciudadano tuviera que comprobarlo todo por sí mismo. Esa fue una de las grandes conquistas silenciosas de las economías modernas: la confianza dejó de depender exclusivamente del juicio individual para apoyarse en un entramado de normas, profesionales e instituciones capaces de producirla a gran escala.
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Los bancos verificaban la solvencia, los notarios certificaban identidades, los registros garantizaban la propiedad, las marcas ofrecían reputación y los periódicos, al menos en teoría, verificaban la información antes de publicarla. No era un sistema perfecto, nunca lo fue, pero era extraordinariamente eficiente. Permitía que millones de personas confiaran unas en otras sin tener que empezar cada relación desde cero.
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Hoy abrimos una segunda pestaña casi sin pensarlo. Buscamos el dominio desde el que nos escriben, comprobamos una fotografía, escuchamos una voz preguntándonos si realmente pertenece a quien dice pertenecer o llamamos para confirmar una transferencia. Son gestos diminutos, casi invisibles, pero todos tienen algo en común: dedicamos un tiempo que antes invertían otros en nuestro nombre.
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No parece un gran cambio, pero quizá estemos asistiendo a una redistribución silenciosa del trabajo sobre la que apenas hemos empezado a reflexionar. No sólo automatizamos tareas; también recuperamos otras que durante generaciones habíamos delegado en instituciones especializadas. Parte del trabajo de producir confianza está regresando a cada uno de nosotros.
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Esa puede ser la verdadera paradoja de la inteligencia artificial.
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Cuanto más digital se vuelve nuestra vida, más valor relativo adquieren determinadas experiencias que siguen siendo difíciles de reproducir. No creo que sea casualidad que los conciertos llenen estadios, que algunos restaurantes obliguen a recorrer cientos o incluso miles de kilómetros para conseguir una mesa o que el lujo venda cada vez menos objetos y cada vez más experiencias.
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Llevo muchos años trabajando precisamente en ese mundo y siempre me ha parecido revelador que nadie haga ese viaje únicamente para consumir un producto, igual que nadie cruza un océano simplemente para escuchar unas canciones que ya tiene en su teléfono. Lo que buscamos es vivir algo irrepetible. Algo cuya autenticidad no pueda descargarse. No es nostalgia. Es economía.
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Toda revolución tecnológica altera la jerarquía del valor. Cuando algo se vuelve extraordinariamente abundante, otra cosa empieza a escasear. Durante dos décadas celebramos que Internet hiciera abundante la información. La inteligencia artificial está haciendo abundante el contenido convincente.
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Quizá la siguiente gran escasez no sea la información, sino la confianza.
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Y si eso ocurre, dentro de unos años no recordaremos esta revolución únicamente porque las máquinas aprendieron a escribir, dibujar o conversar. La recordaremos porque descubrimos que la confianza –esa infraestructura invisible sobre la que descansaban nuestros mercados, nuestras instituciones y buena parte de nuestra vida cotidiana– también tenía un precio.
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