Pérdidas y ganancias del constructo político Frankenstein
Juan Luis Rodríguez-Vigil Rubio fue presidente del Principado de Asturias
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Día tras día, en todo tipo de medios, los programas de noticias anuncian que en España se vive un proceso de descomposición política e institucional que parece imparable pese al manto protector de la UE y de unos buenos datos macroeconómicos.
[–>[–>[–>Existen múltiples expresiones de tal proceso, que van desde la imposibilidad de aprobar presupuestos generales a no poder apenas legislar, y suponen excrecencias del mismo especialmente desagradables los sumarios y sentencias judiciales por delitos de corrupción probados o investigados que salpican la crónica negra del país.
[–> [–>[–>Ese proceso nos retrotrae a la más fea cara de la cultura y de la práctica política españolas. La que se expresa a base de gritos e insultos y pretende siempre imponer su criterio excluyendo el de los demás, siendo incapaz, además, de buscar y de encontrar puntos de acuerdo con el competidor democrático establecido por los electores.
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Lamentablemente, esos modos no son privativos de nadie. Se han generalizado, sin distinción de sexos ni de partidos, lo mismo que es común la dificultad de emitir un pensamiento articulado medianamente creíble sobre dónde se quiere ir y a dónde se quiere llevar al pueblo español.
[–>[–>[–>Por elemental salud mental, a muchos nos gustaría estar al margen de la algarabía del «¡y tu más!» con la que hablando y hablando para no decir nada, (al menos nada serio, estimable y respetable) adoba su parlamento la mayor parte de nuestros supuestos dirigentes y dirigentas, pero la triste verdad es que no se puede.
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Y no se puede porque ese cotidiano y estéril estruendo ambiental (y forense) no puede desligarse de las causas que lo provocan y que lo acrecientan. Y ello obliga a reflexionar, aunque sea con tristeza, sobre lo que está pasando en España; y sobre lo que, con estos mimbres, puede llegar a pasar aquí en relativamente poco tiempo.
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[–>La democracia española y los enormes problemas que tiene que afrontar en estos momentos, y a los que debería buscarse una adecuada solución, exigen, creo yo, acuerdos entre adversarios leales y, por tanto, no levantar muros infranqueables, sino configurar posiciones discrepantes con capacidad de ceder y de acordar pues, en definitiva, la democracia no es más que la posibilidad de hacer compatible el conflicto de ideas con los acuerdos en los que se fundamenta una convivencia en libertad.
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Sin duda hacen falta, son necesarios, los choques de ideas, pero siempre que estén expresadas desde el respeto mutuo, y renunciando en todo caso a buscar la sumisión del adversario, y partiendo siempre de la premisa de que la posibilidad de alternancia en el gobierno es la esencia de la democracia.
[–>[–>[–>Todo cuanto suponga dificultar, deteriorar o impedir la eventualidad de la alternancia en el Gobierno supone un serio atentado contra la democracia, con consecuencias que a corto, medio y largo plazo pueden ser lamentables.
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Y ese efecto han tenido el Pacto del Tinell y el acuerdo para conformar el constructo político que acertada y premonitoriamente Alfredo Pérez Rubalcaba denominó Gobierno Frankenstein. Efectivamente, so pretexto de cerrar el paso a la extrema derecha, ambos estaban encaminados a aislar y a no concertar nada con quien los electores habían elevado al papel de oposición democrática más relevante.
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Sin embargo, durante muchos años partidos políticos democráticos enfrentados habían encontrado espacios para pactar acuerdos beneficiosos para la sociedad española, empezando por los Pactos de la Moncloa y terminando, por ejemplo, con el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo , o las negociaciones sobre la Ley de Partidos Políticos que tanto saneó el espectro electoral español. De esos últimos e importantes pactos fue inteligente muñidor Pérez Rubalcaba.
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Aunque solo fuera por eso, merecería la pena recordar su figura y personalidad política y moral. Fue un socialista culto, constructivo, inteligente, de honradez acrisolada, extremadamente leal a la democracia y a una España de iguales, y que debería haber sido el verdadero faro y ejemplo moral para los socialistas actuales que queden, y a quien, pienso yo, nunca se le habría pasado por la cabeza aceptar oscuros regalos estrambóticos de saber dios quién, ni urdir pane lucrando sórdidos tejemanejes con dictadores y gentes de dudosa moralidad.
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Para Rubalcaba no todas las posibilidades de pacto eran iguales. Había puesto un estricto listón a la hora de considerar válidas unas posibilidades de pacto u otras, advirtiendo de que si una fuerza política no le ofrecía un proyecto viable de país en condiciones de igualdad para todos los españoles, nunca seria su socio político.
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Bajo esa premisa, Rubalcaba consideró que la criatura de Mary Shelley, el deforme Frankenstein, representaba bien el insólito constructo de gobierno configurado bajo el concepto “¡somos más!” con el apoyo de ex-terroristas y asesinos no arrepentidos; de neocomunistas-populistas de inspiración cubanoide-peronista; de comunistas de toda la vida más o menos disimulados; y, además, de todos los independentistas, de derechas y de izquierdas, en todo caso coincidentes en sus programas ni más ni menos que con la idea de la destrucción de España.
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Rubalcaba veía que el brazo derecho de esa coalición iría por un lado y el izquierdo, por el contrario; que un ojo miraría arriba y el otro abajo; y que la cabeza se movería a su aire, adelante o atrás, a gusto del viento, así como que una pierna iría hacia delante y la otra hacia detrás, o hacia el lado contrario, haciendo una marivuelta. En fin, algo incapaz de crear nada beneficioso para el conjunto de la sociedad española.
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En la realidad, las cosas fueron más o menos así, aunque la soldadura del poder y de las ganancias particulares a corto plazo hayan demostrado ser eficaz amalgama de intereses, al menos temporalmente. Abundantes pruebas quedan en la hemeroteca de estos tres últimos años y en la constancia publica de los líos y desencuentros entre los distintos socios del constructo Frankenstein.
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Desde el punto de vista de un socialdemócrata español, que estima, como pensaba Ramón Rubial, que siglas y partidos tienen un sentido estricta y meramente instrumental, resulta ineludible hacer un balance crítico del negocio: la cuenta de pérdidas y ganancias que ha tenido el Frankenstein para cada uno de sus socios y para España.
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En primer lugar, y con carácter general, que a todos afecta, hay que valorar si se ha logrado alcanzar el objetivo estratégico pretendido, teniendo en cuenta que con el levantamiento de muros infranqueables y con la total negación a los pactos y acuerdos con el PP, lo que se perseguía estratégicamente era impedir el crecimiento y el acceso al poder de la extrema derecha.
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Pues bien, desde ese punto de vista lo que resulta y resalta es el absoluto fracaso de la operación. Efectivamente, desde entonces, desde el “¡somos más!”, Vox no ha dejado de crecer, y ahora está presente incluso en cuatro gobiernos autonómicos, pudiendo llegar a estarlo muy pronto en el de la nación.
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O sea que, mírese como se mire, y al menos desde el punto de vista estratégico, el tiro ha salido por la culata y el más favorecido por la operación ha sido Vox.
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Al margen de ello, se aprecian pocas ganancias de verdad para el PSOE, al menos para el PSOE que fue el eje básico de la política española durante casi treinta años. Efectivamente, ha pasado de ser un partido de implantación nacional con un proyecto propio identificable, de mayorías, común para todos los españoles, a convertirse en un ámbito cada vez más minoritario, frecuentemente localista identitario, con enorme pérdida de votantes y de afiliados como prueban las más recientes elecciones, en una mera plataforma de un líder que adapta su estrategia política y de Estado al proyecto o proyectos de sus socios y a la garantía y sostenibilidad de su poder, dejando de lado siempre que sea preciso los principios de igualdad y de solidaridad que desde su fundación habían caracterizado la política del partido socialista, como ocurre con la oscura y opaca gestión del cupo vasco, que establece un marco de absoluta desigualdad de derechos y prestaciones sociales entre españoles, o con la financiación pactada con ERC, que aspira a lo mismo y que, por lo que parece, además no se ha establecido por convicción, sino por estricta ambición de poder particular y personal.
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Sin embargo, para algunos de los socios del Frankenstein hay ganancias espectaculares. A Bildu se le ha dado máxima respetabilidad política y social pese a su siniestra historia pasada, además de terceros grados y libertades a discreción para sus nunca repudiados asesinos, que lo fueron, por supuesto, de muchos socialistas. Y el PNV se llevó el Gordo. Ha obtenido cuanto ha querido y exigido a costa del resto de los españoles. Por su parte, los independentistas catalanes (y sus socios socialistas locales) también han logrado buena parte de sus objetivos de desigualdad y aun piensan que van a ganar muchos más, también a costa del resto de los españoles.
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Tampoco les ha ido mal a Podemos y asimilados. No han logrado asaltar el cielo, es cierto, pero han obtenido ganancias impensables en cualquier normalidad democrática, independientemente de que después se hayan desavenido con sus amigos-enemigos de Sumar en lucha por la hegemonía de un ámbito social cada vez más pequeño y más incapaz de aportar nada serio a la mejora de la vida de los españoles.
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En fin, para un socialdemócrata no parece un balance del que pueda enorgullecerse nadie, salvo quizás los fans voluntariamente más o menos ciegos.
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