Alcaldes en la primera línea del fuego
Los incendios recuerdan que el Estado empieza en el Ayuntamiento, una verdad que la política olvida con demasiada frecuencia. Cuando el fuego amenaza a un pueblo, el rostro de la administración casi siempre tiene nombre y apellidos de alcalde. Es el primero al que avisan cuando llega la orden de evacuar, el que llama a las puertas de los vecinos cuando la emergencia aprieta y el que, después, tranquiliza y consuela a quien lo ha perdido todo. Esa es la política que importa cuando todo lo demás arde.
[–>[–>[–>Lo hemos visto estos días en El Tiemblo (Ávila), donde su alcalde, Arturo Varas, ha vivido pendiente de las evacuaciones, de la evolución de las llamas y de devolver algo de serenidad a un municipio en vilo. También en Almería, donde los alcaldes de Bédar, Ángel Collado, y de Los Gallardos, Francisco Miguel Reyes Martín, han acompañado a sus vecinos entre órdenes de desalojo, regresos inciertos y una ceniza aún caliente.
[–> [–>[–>Son el contrapunto al ruido político estéril que surge cada vez que los montes arden y los pueblos se vacían. En un momento en que los bloques y las siglas deberían apartarse en favor de la máxima coordinación, rapidez y eficacia, otras administraciones discuten sobre competencias o buscan culpables antes siquiera de apagar las llamas. Desolador.
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Hay otra realidad igual de amarga. Muchos de estos incendios, espoleados por el calor extremo y el viento, nacen por imprudencias evitables, como trabajos con maquinaria en jornadas de máximo riesgo, negligencias, conductas temerarias y, en algunos casos, incendios provocados. Cuesta entender que, en un país que cada verano conoce el precio del fuego, aún haya quien actúe como si el monte fuese inmune a la irresponsabilidad.
[–>[–>[–>En este verano abrasado, los alcaldes, que representan la forma más exigente y quizá más noble de hacer política, merecen reconocimiento, recursos, prevención todo el año y una política a la altura de la emergencia climática que vivimos.
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