Christopher Nolan reivindica el comercio como fuente de paz y prosperidad en su versión de la ‘Odisea’
Pocas veces una superproducción de Hollywood consigue trascender el mero entretenimiento para convertirse en un fenómeno cultural. Christopher Nolan lleva más de dos décadas haciéndolo con una regularidad casi insultante. Lo logró con Memento, utilizando un thriller para reflexionar sobre la memoria y la identidad; con Origen, explorando la difusa frontera entre la realidad y los sueños; con Interstellar, transformando una aventura espacial en una meditación sobre el tiempo, la familia y el destino de la humanidad; con su oscura trilogía de Batman, que reinventó el universo del personaje al dotarlo de una profundidad psicológica, política y moral desconocida hasta entonces; y con Oppenheimer, donde la biografía del padre de la bomba atómica terminaba convirtiéndose en una reflexión sobre el poder, la responsabilidad moral y el equilibrio estratégico que ha definido buena parte de la historia contemporánea.
Su última película, La Odisea, vuelve a responder a ese mismo patrón. Universal asumió un riesgo considerable al destinar cerca de 250 millones de dólares a la adaptación de una épica obra clásica compuesta hace casi tres mil años, pero el resultado ha vuelto a dar la razón al director británico. En su primera semana en exhibición, la película superó los 640 millones de dólares de recaudación mundial, confirmando que Nolan pertenece a ese reducido grupo de cineastas cuyo nombre constituye, por sí solo, un acontecimiento capaz de movilizar a millones de espectadores.
El éxito de su particular versión de La Odisea no puede explicarse únicamente por su espectacularidad visual. La reconstrucción del Mediterráneo de finales de la Edad del Bronce es admirable, las secuencias marítimas tienen una escala pocas veces vista en el cine contemporáneo y la narración mantiene la tensión durante casi tres horas. Sin embargo, la narrativa también brilla con luz propia y, en ese sentido, hay una escena que probablemente permanecerá durante más tiempo en la memoria del espectador que apenas contiene acción. No transcurre frente al cíclope, Polifemo, ni durante el episodio de las sirenas, ni tampoco en la emblemática conquista de Troya. En cambio, se produce cuando Odiseo deja de hablar como guerrero y comienza a hacerlo como un hombre que comprende demasiado tarde lo que realmente ha perdido al emprender el camino de la guerra como destacado miembro de las tropas de Agamenón.
Tras dos décadas a la deriva, el protagonista de la cinta, encarnado por Matt Damon, recuerda el mundo anterior a la guerra como una civilización «de palacios, comercio y escritura», un mundo sostenido por «vínculos de confianza» que los propios hombres terminaron destruyendo después de años de violencia. Esta es, de hecho, una de las grandes licencias que Christopher Nolan se permite respecto al texto original de Homero.
Y es que La Odisea no formula esta idea de manera explícita, ni presenta una interpretación histórica sobre el final de la Edad del Bronce. Sin embargo, la escena resulta extraordinariamente sugerente, porque conecta un episodio de la literatura clásica con uno de los grandes debates de la historia económica y política. ¿Por qué prosperan las civilizaciones y qué provoca su decadencia? He ahí, sin ir más lejos, el tema central del último libro del destacado pensador liberal sueco, Johan Norberg, Momentos cumbre de la humanidad (Deusto, 2026).
Como señala Norberg y sugiere Nolan, con frecuencia se vincula el auge y la caída de los pueblos recurriendo casi exclusivamente a factores militares. Hablamos de conquistas, invasiones, imperios, batallas o guerras, así como de líderes excepcionales; sin embargo, la investigación histórica de las últimas décadas ha desplazado progresivamente el foco hacia otro tipo de explicaciones. Hoy sabemos que las sociedades complejas dependen de una enorme cantidad de instituciones que rara vez aparecen en los libros de historia. La libertad económica, la confianza entre los ciudadanos, los sistemas de pesos y contrapesos que moderan el poder político, la estabilidad y ausencia de violencia… Hablamos, indudablemente, de cuestiones que resultan mucho menos espectaculares que un ejército, pero que probablemente son mucho más importantes para explicar la prosperidad de una civilización. Sí, recordamos la entrada del caballo en Troya y todo lo que sucedió a raíz de tal operación, pero Nolan nos invita a ir más allá en nuestra reflexión sobre el auge y la caída de las civilizaciones, en vez de quedarse solamente en la descripción de la gesta.
Resulta significativo que Christopher Nolan sitúe el comercio junto a los palacios o la escritura como uno de los pilares del mundo que desapareció de forma progresiva tras la guerra de Troya. No se trata de una elección casual: la arqueología ha demostrado que el Mediterráneo oriental de finales del segundo milenio antes de Cristo constituía una de las economías más sofisticadas que había conocido la humanidad hasta entonces. Lejos de estar formado por pequeños reinos aislados, albergaba una densa red de intercambios que conectaba los distintos pueblos del Mare Nostrum y habilitaba la circulación de metales, tejidos, aceite, vino, cerámicas, marfil, vidrio, madera, especias y objetos de lujo.
La mejor prueba de esa integración apareció por casualidad en 1982, cuando un buceador descubrió por accidente los restos de un barco mercante hundido hacia el siglo XIV a. C. frente a la costa meridional de Turquía. El llamado Pecio de Uluburun contenía uno de los cargamentos más extraordinarios jamás encontrados por la arqueología: más de diez toneladas de cobre procedente de Chipre, cerca de una tonelada de estaño (el metal imprescindible para fabricar bronce), marfil africano, ébano, resinas aromáticas, vidrio fabricado en Mesopotamia, cerámicas micénicas, joyas de oro, ámbar procedente del norte de Europa… Ninguna economía rudimentaria habría podido organizar semejante operación comercial. Aquel barco demuestra que, más de tres mil años antes de la revolución industrial, existía ya una compleja red internacional de producción e intercambio que conectaba regiones separadas por miles de kilómetros.
Ese mundo no funcionaba únicamente gracias a la fuerza. Funcionaba porque existían reglas compartidas. Los reyes intercambiaban embajadas permanentes, negociaban tratados, concertaban matrimonios dinásticos y mantenían una intensa correspondencia diplomática. Las célebres Cartas de Amarna, descubiertas en Egipto a finales del siglo XIX, muestran a los grandes monarcas del Mediterráneo oriental tratándose como «hermanos», intercambiando regalos de enorme valor, solicitando cargamentos de oro o materias primas, pactando alianzas y sellando matrimonios entre sus dinastías. Tres siglos antes de la democracia ateniense y casi un milenio antes del Imperio Romano, ya existía un sistema internacional sorprendentemente sofisticado, basado no solo en el equilibrio del poder, sino también en normas compartidas que hacían posible la cooperación entre los distintos pueblos.
Aquella lógica de la cooperación también tenía su reflejo en el mundo griego. Homero la condensó en la institución de la xenía, la sagrada ley de la hospitalidad asociada al Dios Zeus que obligaba a ofrecer refugio, alimento y protección al extranjero antes incluso de conocer su identidad. En un Mediterráneo donde el comercio dependía de largos viajes marítimos y de la confianza entre desconocidos, aquella obligación moral cumplía una función mucho más profunda que la mera cortesía: reducía la incertidumbre y facilitaba el intercambio entre comunidades alejadas.
La teoría liberal de la paz
A partir de ese momento, el relato de Nolan deja de ser únicamente una adaptación cinematográfica de Homero para convertirse en una reflexión sobre la fragilidad de las civilizaciones. La guerra no destruye únicamente ciudades. También erosiona la confianza, rompe los vínculos que permiten comerciar y multiplica la incertidumbre. Cuando los mercaderes dejan de saber si llegarán vivos al siguiente puerto, cuando los pactos dejan de cumplirse y cuando la violencia sustituye al intercambio como principal forma de relación entre los pueblos, la prosperidad comienza a desmoronarse mucho antes de que caigan los palacios.
Eso fue precisamente lo que ocurrió durante el colapso de la Edad del Bronce. Amén de circunstancias adversas como las sequías prolongadas o los terremotos, el aspecto clave que catalizó el hundimiento de aquella civilización fue el colapso de la red comercial que había conectado durante siglos a Egipto, Anatolia, el mundo micénico y el Levante mediterráneo. La compleja economía de intercambio que se había desarrollado a lo largo de los siglos dio paso a un periodo de fragmentación política, violencia y empobrecimiento. Desaparecieron los mercados y, con ello, los lazos entre los hombres y sus oportunidades para prosperar.
La historia ofrece numerosos ejemplos de esa misma dinámica. La caída del Imperio Romano provocó la desaparición de buena parte de las rutas comerciales que articulaban la prosperidad europea, reduciendo drásticamente la especialización económica y favoreciendo el retorno a economías mucho más locales, pequeñas y autárquicas. Siglos después, las guerras mundiales del siglo XX volvieron a demostrar hasta qué punto la ruptura del comercio internacional puede acelerar el empobrecimiento general. Entre 1914 y 1945, el peso del comercio mundial sobre la producción global se desplomó mientras el proteccionismo, las represalias comerciales y los conflictos armados alimentaban un círculo vicioso de desconfianza y violencia del que solo se saldría tras la progresiva reconstrucción de un orden económico internacional de corte liberal.
No resulta extraño, por tanto, que numerosos economistas hayan visto en el comercio mucho más que un simple mecanismo para generar riqueza. David Ricardo demostró hace más de dos siglos que el intercambio permite prosperar incluso cuando unos países son más eficientes que otros en prácticamente todas las actividades productivas, gracias al principio de la ventaja comparativa. Frédéric Bastiat llevó esa intuición un paso más allá con una de las máximas más brillantes de la tradición intelectual liberal: «cuando las mercancías no crucen las fronteras, lo harán los soldados». En efecto, cuanto mayor es la interdependencia económica entre dos sociedades, mayor es también el coste que ambas soportan si deciden resolver sus diferencias mediante la violencia.
La evidencia acumulada durante las últimas décadas respalda, en términos generales, esa intuición. La llamada teoría de la paz liberal sostiene que el comercio, las instituciones y la cooperación internacional elevan el coste de los conflictos y reducen los incentivos para recurrir a la guerra. Las investigaciones desarrolladas por autores como John Oneal y Bruce Russett, entre otros, muestran que los países con mayores niveles de interdependencia comercial presentan, en promedio, una menor probabilidad de enfrentarse militarmente. El comercio no elimina los conflictos, pero sí modifica los incentivos de quienes deben tomar la decisión de iniciarlos.
Los datos de los dos últimos siglos apuntan en la misma dirección. Según las estimaciones históricas recopiladas por el Proyecto Maddison y el Banco Mundial, el comercio internacional representaba apenas una pequeña fracción de la producción mundial a comienzos del siglo XIX. Tras la Segunda Guerra Mundial, y especialmente desde los años setenta, la apertura económica se aceleró de forma extraordinaria. En 1970, las exportaciones e importaciones de bienes y servicios equivalían aproximadamente al 25% del PIB mundial, mientras que en la actualidad esta rúbrica se acerca al 60% de la producción económica global. En este mismo periodo, la pobreza ha caído del 40% al 10%, mientras que la esperanza de vida ha subido de 50 a 70 años de edad.
La evolución de la violencia en nuestras sociedades ofrece un patrón igualmente llamativo. Como ha documentado Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro (Paidós, 2012), la probabilidad de morir de forma violenta ha disminuido de manera extraordinaria a largo plazo. Aunque el siglo XX conoció dos guerras mundiales devastadoras, el periodo transcurrido desde 1945 ha registrado la etapa más prolongada sin enfrentamientos directos entre las grandes potencias. Las guerras no han desaparecido, como recuerdan los lamentables conflictos que vivimos hoy en lugares como Ucrania, pero la violencia interestatal resulta hoy mucho menos frecuente que durante la mayor parte de la historia conocida, mientras que las tasas de homicidios y otras formas de violencia interpersonal también muestran una tendencia descendente en buena parte del mundo desarrollado.
La prosperidad no está garantizada
Sin embargo, la escena de Nolan introduce un matiz que a menudo pasa desapercibido en los debates económicos. El comercio no surge espontáneamente ni se mantiene por sí solo. Depende de un entramado institucional y moral que hace posible la confianza entre desconocidos. Los contratos deben cumplirse, la propiedad debe ser respetada, la palabra dada tiene que conservar algún valor y la violencia debe permanecer sometida a reglas que limiten su expansión. Cuando esos fundamentos se deterioran, las rutas comerciales pueden desaparecer con una rapidez sorprendente, exactamente igual que ocurrió al final de la Edad del Bronce.
Quizá esa sea la principal enseñanza de la particular Odisea de Nolan. La prosperidad no es un estado natural ni un destino irreversible. Es el resultado de un delicado equilibrio construido durante generaciones gracias a instituciones, normas compartidas y vínculos de confianza que rara vez ocupan el centro del relato histórico. Del mismo modo que aquella floreciente civilización mediterránea terminó sucumbiendo cuando la violencia desplazó al intercambio, tampoco la globalización contemporánea puede darse por garantizada. Las redes de comercio que hoy conectan el planeta han contribuido como nunca antes a reducir la pobreza y contener la violencia, pero su continuidad dependerá, igual que hace más de tres mil años, de que sigamos siendo capaces de preservar ese frágil orden de cooperación que Nolan sitúa en el corazón de su película.
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