A las ocho y todavía en la oficina
El jet lag social español sigue más vivo que nunca. Según Núria Marrón, nuestro país tiene el doble de personas trabajando a las 20.00 horas que el resto de Europa. Esa anomalía refleja una desincronización estructural que afecta a la productividad, la conciliación y el bienestar colectivo. Durante años se ha asumido que permanecer más tiempo en la oficina es un indicador informal de implicación y de profesionalidad. Sin embargo, esa asociación resulta cada vez más difícil de sostener. Las evidencias apuntan a que jornadas más largas no implican necesariamente mayor productividad. En muchos casos, las erosionan.
[–>[–>[–>El problema parece residir en la estructura misma de la jornada, más que en el huso horario. El peso del presentismo –la idea de que estar equivale a producir– sigue condicionando la cultura laboral. A ello se suma el horario partido, que fragmenta el día y diluye el tiempo efectivo de trabajo sin mejorar los resultados.
[–> [–>[–>A esta inercia se añade una dimensión cultural. Las costumbres digitales, las reuniones infinitas por videollamada y la cultura de la disponibilidad permanente han sustituido a la antigua televisión como fábrica de deshoras. El móvil continúa vibrando mientras cenamos y el día se estira sin límite. Así no se concilia ni con la familia ni con Europa, donde los horarios se ajustan mejor a las necesidades de productividad y bienestar. Si de verdad queremos parecernos al continente al que pertenecemos, debemos sincronizar nuestros relojes también en lo cotidiano.
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Cambiar esto requiere valentía política y liderazgo empresarial. Concentrar la jornada en horas productivas, eliminar fragmentaciones y ofrecer incentivos que premien la eficiencia permitirá que la jornada deje de ser un maratón interminable y se convierta en tiempo realmente útil. Solo así se logrará un equilibrio auténtico entre vida personal y profesional, compatible con la productividad que el país necesita, y no una falsa conciliación que alarga el día sin sentido.
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