A San Andrés de Teixido, por el Camiño Vello | Escapadas por España | El Viajero
Dicen que “a Santo André de Teixido vai de morto quen non foi de vivo”. ¿Y eso es malo? Respondamos gallegamente: depende. Si para ir allí, uno se reencarna en una babosa y se arrastra a cámara lenta por un camino abarrotado de peregrinos, corriendo el serio peligro de acabar espachurrado bajo una suela Vibram, no es bueno. En cambio, si se reencarna en una bolboreta, en una mariposa macaón o en una blanca esbelta –por citar dos especies habituales en el extremo norte de la Península–, y se va parando en cada flor a libar y copular, no está mal.
Probablemente Dios y san Pedro no pensaron en esta posibilidad cuando hallaron a san Andrés triste y solo en su santuario coruñés, pues no recibía ni la milésima parte de visitas que el de Santiago, y le prometieron que a su templo vendrían todos los mortales y que aquel que no lo hiciera en vida, lo haría reencarnado en un animal. O no lo pensaron bien o no sabían de mariposas.
Tras los pasos del Padre Sarmiento
Al santuario de San Andrés de Teixido, como al de Santiago, llevan todos los caminos. Hay casi tantos como peregrinos, que son legión –unos 70.000 al año– desde que se enteraron de que Dios y san Pedro habían prometido lo que prometieron a san Andrés. Todos valen, pero el original, el primero del que hay noticia fidedigna, es el que siguió el ilustrado Padre Sarmiento en 1755. Este escritor y erudito benedictino, que había pasado su niñez y parte de su juventud en Pontevedra, se interesó como ningún otro en su tiempo por todo lo gallego, en especial por la lengua y la geografía, a tal punto que iba anotando en un cuaderno los nombres exactos de los lugares por los que andaba. Gracias a eso, hoy puede seguirse sin dificultad el camino que hizo. Bueno, y gracias también a la Diputación de A Coruña, que lo señalizó en 2001 con monolitos de granito en los que un pescado rojo indica la dirección correcta. Para más facilidad, en Wikiloc están la descripción, el mapa y el track de este camino de 39 kilómetros, que suele hacerse dividiéndolo en dos etapas de unas seis horas de duración cada una.

El Camiño Vello, que así se llama –aunque también podría llamarse Bello, con be, porque lo es– arranca en el monasterio de San Martiño de Xuvia, en la parroquia de O Couto, en Narón, junto a la ría de Ferrol. Bordeando ésta se sube hasta el molino de mareas de As Aceas –de mediados del siglo XVIII, que llegó a ser una de las mayores fábricas de harina de Galicia–, donde el camino se desvía tierra adentro para ir en busca del Pazo Libunca, un palacete modernista de 1922 cuyo primer dueño y constructor, el indiano Francisco Montenegro, dicen que se encendía los puros con billetes de mil pesetas. Ahora es un hotel muy majo pero carillo, donde se necesitan al menos 24 de aquellos billetes –unos 145 euros– para dormir una noche de verano. Pasando después por la necrópolis prehistórica del Monte dos Nenos y por el Marco de Portonovo de Valverde –pedrusco milenario donde confluyen los términos de Narón, Valdoviño y San Sadurniño– se llega, ya casi al final de la primera etapa, a la ermita de Liñeiro, más conocida como la Capela da Fame, la Capilla del Hambre, nombre popular que suena fuerte y claro, como las tripas del peregrino después de caminar 22 kilómetros.
Las caldupeiras de Porto do Cabo
En Porto do Cabo –pueblo chico pero de hermosos y extensos dominios, divididos entre los municipios de Valdoviño, Cedeira y Cerdido–, se acaba la primera etapa del Camiño Vello y también la fame, el hambre que cualquiera arrastra tras andar seis horas por el monte. Aquí, alrededor del puente medieval, se ponían antaño las caldupeiras, mujeres que por poco dinero –un patacón de cobre– daban a los peregrinos una cunca rebosante, no de aguachirle, sino de guiso sustancioso: un caldo gallego, vaya. Y aquí se siguen poniendo, con pañoletas, mandiles, zuecos de cuero y ollas humeantes, las mujeres de la Asociación Veciñal Porto de Cabo, cuando se celebra la romería más importante a San Andrés de Teixido, el primer fin de semana de septiembre.

Una de estas caldupeiras, Antonia Martínez, y su marido y presidente de la asociación vecinal, José Picallo, son los propietarios de Casa do Morcego, bautizada así en recuerdo de los muchos murciélagos que la habitaban antes de ser transformada en un hotelito rural encantador, el mejor de la ruta. Murciélagos ahora se ven pocos. En cambio, hay bolboretas a patadas: mariposas de los muros, vanesas pintadas, mantos oscuros, colias, níspolas… El huerto está lleno de ellas y también de verduras que acaban en la cocina de la casa y en las tripas cada vez más silenciosas del caminante.
Casa do Morcego es un lugar que envicia, donde uno se estaría, no una noche, sino una semana explorando los contornos de la mano de Antonia Martínez y José Picallo. En el mismo Porto do Cabo se conservan la histórica hospedería Casa da Bastona y el puente medieval sobre el río das Mestas, el cual desagua en la ría de Cedeira cerca de un lugar donde se acaba la poca fame que el caminante pueda aún tener: Taberna do Puntal. Tampoco se come mal en el restaurante O Castro, con vistas a la playa de Pantín, la catedral gallega del surf. Ni en Badulaque, en el puerto de Cedeira, a tiro de caña de la lonja. Más frescos, los rapes y las almejas no pueden llegar. Luego lo suyo es dar un largo paseo digestivo viendo el casco viejo de Cedeira, el castro Sarridal, el Castelo da Concepción y el atardecer desde el mirador de San Antonio de Corveiro.
Bichos y bestas de la Serra da Capelada
Tras desayunar y sellar el pasaporte de peregrino en Casa do Morcego, comienza la segunda etapa del Camiño Vello subiendo por espesos y fragantes montes de eucaliptos para, a los cinco kilómetros –una hora y media a paso regular– pararse a desayunar otra vez en Panadería Prados (981 48 24 58), en A Venta, en la parroquia cedeiresa de San Román de Montoxo. En este horno de leña, además de un pan irresistible –lo habitual en Galicia–, hacen ricas cocadas, bollas de manzana, bizcochadas y empanadas de raya. Conviene llevar una mochila XXL porque todo, dentro del cuerpo, no cabe.

Siguiente parada, en la capilla de San Roque de Reboredo, ermita del siglo XVII que señala la entrada a la Serra da Capelada. Quienes peregrinan a Teixido han de mirar siempre bien dónde pisan, por si alguien que no fue allá en vida está haciendo el camino transmutado en insecto, anfibio o reptil, pero aquí deben extremar las precauciones porque el prado de la ermita está plagado de ranas galaicas y de luciones, lagartos ápodos, sin patas, también conocidos como culebrillas de cristal. A los que pasen sin despanzurrar ninguno, san Andrés se lo agradecerá. Y san Roque, patrón de los peregrinos y amigo de los animales, no digamos. Esta era una de las muchas capelas habitadas por ermitaños que dieron nombre a la Serra da Capelada, orónimo que el Padre Sarmiento explicó en 1755, cuando peregrinó anotando todo en su cuaderno de viaje.
A partir de aquí, el paisaje se vuelve más agreste. Se puebla de bestas, los caballejos semisalvajes que cada primavera rapan y marcan con festiva algazara los ganaderos de la comarca. Y se puebla también de amilladoiros, montones de piedras en los que el peregrino previsor arroja la que ha transportado en la mochila desde su lugar de origen para que el día del Juicio Final demuestre que ha estado aquí en vida y no tenga que volver desde el más allá, convertido en un bicho. Eso, si es que es capaz de encontrarla, sepultada como está bajo hogazas de pan, dulces varios y empanadas de raya.

En el mirador Chao do Monte, a un kilómetro justo del final, se obtiene la primera vista del santuario de San Andrés de Teixido. Si el caminante no supiera que está en la esquina más norteña de Galicia, diría que aquella iglesia de allá abajo y aquellas casitas de piedra casi negra con llagas blancas, rodeadas de acantilados y de verdores tan intensos que hacen daño a la retina, son un pueblecito de la isla canaria de La Gomera. Y si no supiera que san Andrés no pisó nunca España y que terminó atado a una cruz en forma de aspa en la ciudad griega de Patras, diría lo que dice la leyenda: que aquella peña oronda que aflora del mar al pie del blanco caserío, cual navío panza arriba, es la barca de piedra en la que vino a Galicia, emulando a Santiago, y con la que naufragó al llegar, demostrando que estos acantilados no son un buen lugar para atracar.
“A San Andrés van dos y vuelven tres”
Una vez en San Andrés de Teixido, la tradición manda acercarse a los puestos de productos típicos –exvotos, licores, herba de namorar, rosquillas, juncos del bien parir, pines con forma de percebe…– para comprar los sanandresiños, amuletos hechos con masa de pan sin fermentar, endurecidos al horno y pintados de vivos colores, que tienen diferentes formas, adecuadas al uso que se les va a dar: la flor, para conseguir el amor; la mano, para formular un deseo; la sardina que pescó san Andrés, para conjurar las envidias… Son muy bonitos y prometedores, pero para comer no valen. Para eso, están los percebes y todo lo que sirven, sin florituras, en la Taberna Hermanos Bouza.
Lo segundo que hay que hacer en San Andrés de Teixido es entrar en la iglesia, erigida sobre la roca viva, y pedir la bendición del titular, a cuyos pies suele haber gran variedad de ofrendas: fotos de carné, extremidades de cera, barquitos de madera… Por haber, hay hasta ataúdes de personas que, gracias al santo, no llegaron a necesitarlo. Y lo tercero, dirigirse a la fuente de los Tres Caños, de los cuales tres hay que beber para que se cumpla un deseo. Si se arroja una miga de pan y flota, también es buena señal. Y si se tiene una verruga y se lava con esta agua, puede que se caiga o puede que no. En el peor de los casos, se tendrá una verruga lustrosa. Las que tienen una piel preciosa, verde brillante con reticulado en negro y ocelos axiales azules, son las lagartijas serranas (Iberolacerta monticola) que pululan en el merendero aledaño.

Antiguamente, también era tradición bajar hasta la rompiente en busca de la hierba de enamorar, hacer un ramito con ella y depositarla en el santuario como ofrenda. Ahora, que hay más conciencia ambiental, se recomienda comprar la que venden en los tenderetes, procedente de cultivos. A la Armeria pubigera se le atribuyen propiedades enamoradoras –una pizca en el bolsillo del otro obra el milagro–, afrodisiacas y empreñadoras. Y no falla, según lo que dicen: “A San Andrés van dos y vuelven tres”.
Acantilados gigantes y playas salvajes
En San Andrés de Teixido termina el Camiño Vello, pero el viaje a pie se puede alargar una jornada más –tres en total– bordeando los acantilados situados al noreste del santuario, que hay quienes dicen que son los más altos de Europa continental, aunque otros, más cautos, añaden que están a la par con los de Irlanda y Noruega. En el filo más elevado, a 620 metros sobre el océano, descuella la Vixía de Herbeira, un puesto de vigilancia costera del siglo XVIII desde el que los barcos enemigos debían de verse, si es que se veían, como microbios. El mar sí se ve, pero tan lejos que no se oye. Aquí, incluso en verano, sopla un viento recio, fresco, de jersey obligado. En ir y volver desde San Andrés de Teixido se tarda cuatro horas, siguiendo esta ruta de Wikiloc.

El cabo Ortegal, ya en el vecino concejo de Cariño, es el segundo más norteño de la Península después del de Estaca de Bares. Y el más afilado, con el sitio justo para la carretera y un faro como de juguete. Le acompañan tres temibles islotes, Os Aguillóns, como si él solo no diera ya bastante miedo. Los que saben de percebes dicen que aquí se cogen los mejores de Galicia. Y los que saben de rocas, que estas son las más antiguas de la península Ibérica, de hace 1.156 millones de años. De la Vixía de Herbeira al cabo Ortegal hay 11,5 kilómetros de camino, unas tres horas sin parar apenas.
A la Vixía de Herbeira y al cabo Ortegal también se puede ir en coche, si es que uno no tiene las fuerzas o las ganas suficientes para prolongar a pie el Camiño Vello. Pero a donde solo se puede ir andando es la playa de Teixidelo. Escondida al pie de los tremendos acantilados de la Serra da Capelada, es la única playa del mundo de arena negra no volcánica. Su misterioso color es producto de la erosión de rocas ricas en peridotita y olivino. Para descubrirla, se ha de caminar desde el mirador de Teixidelo, muy cerca de San Andrés de Teixido, siguiendo una ruta de circular breve pero muy abrupta y empinada, de seis kilómetros y casi tres horas de duración, solo para senderistas expertos. Los que no lo sean se moverán mucho mejor por estos vertiginosos vericuetos de la Serra da Capelada acompañados por los guías de Portal Norte.
Otras playas salvajes alucinantes, con acceso más sencillo, son las que rodean la península de Figueiroa, en el vecino concejo de Cariño. A un lado de la península está la de Fornos, de 400 metros de largo por 60 de anchura, cuyas aguas verdes nada tienen que envidiar a las del Caribe. Salvo la temperatura, lógicamente. Al otro, la de Figueiras, más pequeña –260×15 metros– y recogida, frecuentada por las mariscadoras que siembran y luego recogen, rodilla en tierra, su cosecha berberechil. Y en medio, la más seductora, la de Os Cabalos o de A Postiña –350×30 metros–, solo accesible a pie desde las otras dos cuando la marea baja. Las fuertes corrientes de la ría y las violentas mareas hacen casi imposible bañarse en ella. Si nos gusta bajar a la playa cinco minutos, a deshora y sin gente, es perfecta.
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