Agua (del grifo) que has de beber…
La declaración parece de «La Verbena de la Paloma «(de Bretón). Isabel Díaz Ayuso, como evocando zarzuelas entre «La Gran Vía» de Chueca, y «El barberillo de Lavapiés», de Barbieri, dijo que «Madrid es la comunidad con una de las mejores aguas del mundo» . Aunque creo que a la presidenta de la comunidad madrileña le entusiasma más, «El rey que rabió», de Ramos Carrión, Aza y Chapí. Coinciden estas palabras con la constatación de que «el agua del grifo gana terreno en España. Según el Barómetro de Conductas Sostenibles de Aqualia, más de la mitad de los ciudadanos [españoles] ya pide agua del grifo en los restaurantes, una tendencia al alza asociada a una mayor confianza en su calidad, ahorro y conciencia medioambiental», tal y como publicó recientemente LANUNueva ESPAÑA.
[–>[–>[–>Son dos buenas noticias, aunque sobre el agua no suelen ser positivas. Escasez, contaminación, despilfarro… son más frecuentes cuando se trata del «líquido elemento». Me vienen a la memoria dos casos emblemáticos. La epidemia de fiebres tifoideas que sufrió un pueblo llanisco allá por la década de los cuarenta del pasado siglo a causa de un agua contaminada. O la petición de un municipio madrileño, unos treinta años después, cuando un responsable municipal solicitó su conexión al Canal de Isabel II (CYII) debido a la gastroenteritis que sufrían su residentes por el agua que suministraba al pueblo un pequeño arroyo después de que el anterior alcalde vendiera a una conocida embotelladora el preciado líquido de su rico manantial. Dos claros casos de impotencia.
[–> [–>[–>Las aguas de las que presume la presidenta madrileña tienen un gran coste pero merece la pena. Lo mismo que ocurre con las aguas de muchas poblaciones españolas hoy día, cuyas aguas, sobre todo en municipios de la zona mediterránea (tan salina era que los habitantes de ciudades como Barcelona o Málaga, principalmente, realizaban excursiones para llenar grandes garrafas de lejanos y frescos manantiales). Ya se puede beber la que sale por sus grifos. Aunque seguimos viendo muchas compras de agua embotellada en supermercados y grandes superficies.
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No suelen ser caras esas embotelladas, aunque es un recargo bastante inútil para economías familiares. Y no tienen comparación con muchos casos de explotación como la que «obligan» algunos restaurantes en los que no expenden jarras de agua del grifo, como ya es obligatorio por ley. Antes de esta obligación legal recuerdo haber pedido una jarra de agua «de Madrid» en un popular restaurante de la capital y tras señalar el camarero que no servían jarras, habernos visto obligados a pedir una botella de agua para mis hijos pequeños y servirnos un recipiente con agua embotellada en Finlandia. Tan increíble como lo que sucede en otros muchos refectorios donde solamente sirven botellines que contienen 25 ó 50 centímetros cúbicos que no llenan un vaso.
[–>[–>[–>Claro que hay situaciones peores. En todas partes «cuecen habas», cuenta el dicho popular. En un establecimiento a la vera de un gran río alemán cobraban un botellín de agua más caro que una jarra de cerveza. Recuerdo cuando saltó como noticia que en provincias como Córdoba o Navarra la legislación obligaba a los establecimientos hosteleros a poner una jarra de agua y los correspondientes vasos cuando alguien se sentase a sus mesas, antes incluso de que los llegados clientes solicitasen una consumición. Cosa que ya se hace en muchos países.
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Las dos informaciones que resaltábamos al principio de este artículo son convenientes y muestran que, pese la actitud de algunos aprovechados, los españoles percibimos la bonanza del agua (incolora, inodora, insípida), de algunos otros productos naturales, al tiempo de que se va cumpliendo la ley.
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