Alguien tiene que ser el culpable – Manuel Fernández Ordóñez
Ha pasado un año desde el día en que España salió. Lo más deplorable, llegado este aniversario, no es sólo la vergüenza internacional de haber llevado al país a cero electricidad. Lo verdaderamente infame es que, doce meses después, nadie haya asumido la más mínima responsabilidad por un fracaso de tal magnitud.
Ha habido mucho tiempo. Hora de investigar, esclarecer, exigir cuentas y separar a quien corresponda. Un año entero. En cualquier país que se precie, un desastre así habría provocado dimisiones, despidos, comparecencias abiertas y presiones insoportables sobre los responsables. En una sociedad sana, la mera posibilidad de que las cosas siguieran igual habría sido inaceptable. Aquí, sin embargo, no ha pasado nada. O, mejor dicho, ha sucedido lo peor, que la sociedad ha digerido el escándalo con la parsimonia moral que convierte lo intolerable en hábito.
Lo primero es despejar la niebla interesada. La ley no deja en el aire la responsabilidad del funcionamiento seguro del sistema eléctrico, sino que la sitúa en Red Eléctrica. Basta ya de desdibujar lo esencial. Cuando un país entero se oscurece, alguien tiene que tener la culpapor mucho que se escondan detrás de un»evento sin precedentes de origen multifactorial«. La responsabilidad tiene nombre y apellido institucional.
Durante este año, Red Eléctrica ha mantenido un posición opaca, poco transparente y más preocupada por blindarse que por explicarse. El episodio de los audios filtrados lo retrata bastante bien. Una parte de la verdad ha ido apareciendo en la prensa no gracias a un deseo institucional de esclarecer los hechos, sino a pesar de la resistencia de quienes no querían que se conociera toda la información. Eso, por sí solo, es intolerable. Una empresa controlada por el gobierno que opera infraestructura crítica no puede divulgar la verdad según su conveniencia.
El evidente sesgo del informe Entsoe, que presenta una reconstrucción interesada y evita analizar información muy relevante. Este es un informe pericial y no hace falta mucho para verlo. Ese informe es mucho más valioso por lo que omite que por lo que cuenta. Cuando un documento destinado a arrojar luz deja deliberadamente zonas en sombra, ya no sirve a la verdad. Sólo sirve como coartada.
Pero quizá lo más desalentador de todo no sea la conducta de quienes gestionaron el incidente -después de todo, son mercenarios del poder-, sino la docilidad con la que hemos acabado aceptándolo. Porque ningún país que se precie habría consentido este espectáculo. Ninguna nación con un mínimo pulso cívico hubiera tolerado que, tras un apagón histórico, todo siguiera prácticamente igual. Ninguna sociedad sana admite que el poder falla de esta manera, luego se atrinchera en la opacidad y termina saliendo ilesa. Si ha pasado aquí es porque hemos normalizado demasiadas cosas. Hemos aceptado demasiadas cosas. Hemos tragado demasiadas cosas. Y un pueblo resignado a no pedir cuentas se degrada hasta convertirse en una sociedad de servidores. hayek dixito.
Ése es el verdadero escándalo de este aniversario. No sólo falló el sistema eléctrico. También fracasó la reflexión moral de un país que debería haber hecho frente a semejante bochorno.. Cuando una sociedad deja de rebelarse contra la irresponsabilidad, cuando deja de exigir verdad y castigo, merecemos todo lo que nos pasa. Tenemos un país en el que el poder puede fallar, esconderse, mentir y emerger intacto. Esa impunidad es mucho peor que un apagón. Ese es el verdadero colapso nacional.
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