Allá, en Puertu Ricu
Sin duda conocerán ustedes la historia, que alguna vez he contado. Puertu Ricu, 1894. La corbeta Nautilus, al mando del asturiano de Serantes (Castropol antes, ahora Tapia) Fernando Villaamil, está a punto de concluir su periplo alrededor del mundo para formar a los guardiamarinas y atraca en Puertu Ricu. La colonia asturiana lo recibe con un banquete y un poema en asturiano. «El señor Infiesta leyó una poesía en bable asturiano, interrumpida varias veces por grandes aplausos», recoge al día siguiente de la comida el diario La Correspondencia de San Juan de Puerto Rico, el 09/04/1894. Este es su comienzo:
[–>[–>[–>«Villaamil, aquí non vienes / a yantar fabes agora».
[–> [–>[–>Y, efectivamente, si miramos el menú que publica el periódico, no hay fabada en él, pero sí está presente, precisamente por su ausencia, en ese «aquí non vienes / a yantar fabes agora», y eso, esa seña de identidad, junto con la lengua, es lo que le hace presente, y como presente, a Villaamil el redactor, lector y agasajador, Alejandro Infiesta.
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1896. Cuba y Puertu Ricu arden políticamente y dan vueltas a la cuestión de la autonomía -hablaremos de esos momentos otro día-. En cualquier caso, y como todos los años, en septiembre se celebra con concurrencia y entusiasmo la festividad de Covadonga. El Boletín Mercantil de Puerto Rico del día siguiente da noticia de la celebración y hace un elogio del significado histórico de Cuadonga -en cuyo trasfondo palpitan, sin duda, los problemas políticos del momento-: «Covadonga es la cuna de nuestra nacionalidad: allí empezó la reconquista del suelo perdido, de la raza humillada, de la Nación escarnecida; allí un puñado de héroes, con el corazón rebosando de amor patrio, rica el alma de creencias, con fe en Dios volvieron por los fueros de aquel pueblo que no pudieron dominar los barbaros, ni someter después de 600 años las legiones de Roma, y allí, en aquellos cantábricos peñascos, se salvaron la civilización y el cristianismo, y se echó la piedra angular del edificio inmortal de nuestra Nacionalidad».
[–>[–>[–>Y, más adelante, vuelve a aparecer nuestro Infiesta: «Aun recordamos los versos en que nuestro querido amigo Infiesta refiere la emoción de un aldeano, un aldeano que va por primera vez a Covadonga, escritos en aquel bable dulce y enérgico como el romancero de nuestros héroes legendarios, entre los sonidos de melancólica gaita, las panderetas y zampoñas y las astúricas castañuelas;
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«Salve, xigantes montañés, / Tumba de los de Maoma! / ¡Salve! ¡salve! ¡ahí llevanta / So frent’ España con onra! / Cómo le palpita’l pechu / A Xuanón, el de la Pola, / Cómo s’ inchen les sos venes, / Llucen sos güeyos; so boca / S’ impapiella; tiembla’l tochu / E ñas sos manos ñerviosas! / La fé ’n la so alm’ añida. / So corazón de patriota / Le salta; y nel pelleyu / Non cabe de dicha y gloria!».
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[–>Este Alejandro Infiesta no es un cualquiera, es un personaje importante, seguramente, el encargado, como vocal y tesorero de la Ejecutiva de la Junta del Centenario (del cuarto descubrimiento de América), de redactar la Memoria de la Exposición del Centenario (celebrada en 1893), de 312 páginas, editada dicha Memoria en 1895 y conservada en un ejemplar con sello de la «Library of Congress, City of Washington, 1899».
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De modo que ahí tenemos, ya en un acontecimiento de ámbito estatal, como la vuelta al mundo de los guardiamarinas en el Nautilus, al mando de Fernando Villaamil, ya en uno de ámbito regional, como la festividad de Cuadonga, una presencia obligada, la llingua nacional, el asturianu.
[–>[–>[–>Como saben, un invento de hace pocos años.
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