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Así funciona la estación de La Molina, un derroche de técnica y coordinación | Escapadas por España | El Viajero

Así funciona la estación de La Molina, un derroche de técnica y coordinación | Escapadas por España | El Viajero
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  • Publishedmarzo 14, 2026



El primer remonte puesto en servicio en la Península Ibérica tuvo lugar el 28 de febrero de 1943 en la Cerdanya, en una zona pirenaica denominada Font Canaleta, antesala de la actual estación de esquí de La Molina. Un entorno montañoso y rural en el que sus habitantes vivían de los aserraderos, la ganadería, la agricultura y la minería. Jóvenes catalanes de clase alta llegaron a la región a principios del siglo XX para deslizarse por las laderas de las montañas nevadas. A raíz de este desarrollo, el sitio se desarrolló alrededor de una línea telegráfica, un servicio médico, alojamiento y una línea ferroviaria. El valle se ha convertido en una atracción turística invernal.

Hoy en día, la estación de esquí y snowboard de La Molina es un pequeño pueblo del Pirineo catalán donde la vida se desarrolla entre los 1.600 metros y los 2.537 metros sobre el nivel del mar, de noviembre a abril (en verano se pueden practicar senderismo y descensos en bicicleta de montaña). En sus instalaciones, 120 empleados trabajan las 24 horas del día, conectados, coordinados y en equipo, para que miles de personas puedan disfrutar de una jornada de esquí de 9 a 17 horas. Hasta la fecha, 8.500 visitantes es el récord de asistencia en un día. Trabajar en una estación de esquí significa formar parte de un gran equipo donde cada grupo cumple una función imprescindible para que el cliente disfrute de su experiencia. Cuando cada uno de estos trabajadores tiene que desplazarse lo hace sobre esquís, que son su herramienta de trabajo y el mejor medio de transporte para desplazarse de un lugar a otro de la estación.

La Molina está asociada a la vecina localidad de Masella como Alp 2500, topónimo que hace referencia a la altitud de La Tosa (en realidad se eleva a 2.537 metros) y al municipio al que pertenecen estas montañas. guifre Sirvent Viñas, del sector comercial y marketing de La Molina, explica que La Tosa es la azotea y punto de encuentro de las dos estaciones. Se puede acceder desde ambos lados. En el caso de La Molina, tomada por el teleférico Cadí-Moixeró (nombre del parque natural en el que se encuentra). Esta emblemática instalación puede ser utilizada tanto por esquiadores como por aquellos que simplemente quieran disfrutar de las vistas y tomar una copa en el refugio Niu de l’Àliga.

En Alp 2500 todo está conectado mediante telesillas, telesillas y teleféricos; en La Molina también hay telesillas y cintas transportadoras. Instalaciones que se pueden utilizar con un pase de esquí juntos. El dominio esquiable se extiende a lo largo de 145 kilómetros: 74 corresponden a Masella (68 pistas) y 71 a La Molina (66 pistas). Guifré dice que la seguridad es la prioridad en la estación, por eso siempre animan a la gente a consultar los mapas (están en la base de pistas). Saber dónde estás y hacia dónde te diriges es la clave para disfrutar de los deportes de nieve sin problemas. También es importante no dejarse llevar por la emoción y esquiar en las pistas según el nivel de cada persona.

En ocasiones, los sobresaltos llegan a los usuarios a través de sus móviles en forma de alerta por vientos extremos que obligan a cerrar la estación. «Trabajamos con la meteorología casi actualizada y puntual, pero también con lo que vemos en tiempo real. Las montañas son cambiantes y pueden contradecir cualquier previsión», explica Guifré. La jornada laboral en La Molina a veces puede resultar tan estresante como una urgencia hospitalaria. La información y las prioridades se gestionan constantemente en la sala de control de la estación.

Este estrés, a prioriDe noche desaparece, cuando en las oscuras y empinadas laderas de las montañas sólo se ven las luces de las máquinas quitanieves. Estos vehículos retiran el exceso de nieve con una pala, luego la compactan y trituran para dejarla en perfecto estado. Trabajo mecánico con una dosis de introspección que se realiza en dos turnos entre las 17.00 y las 21.00 horas. y 5 p.m. y las 9:00 a. m. del día siguiente. Para Pol Sánchez, responsable de pistas, maquinistas y producción de nieve, pilotando una de estas máquinas que parecen sacadas del rodaje de la enésima guerra de las galaxias Es una experiencia muy especial. Quien realiza este trabajo lo hace por vocación, en soledad y de manera metódica. A la mañana siguiente, los maquinistas informan a sus compañeros de estación sobre el estado de las vías y las últimas incidencias meteorológicas. “Una pista puede estar perfectamente asfaltada, pero si llueve durante la noche y luego hiela, a primera hora de la mañana puede ponerse muy dura y eso hay que anticiparlo y señalizarlo”, explica Dani Busquets, director de operaciones de La Molina. Su función principal es garantizar el buen funcionamiento de las instalaciones, que las pistas estén bien mantenidas y señalizadas y que todos los servicios estén operativos: servicio de pistas, asistencia médica, retirada de nieve de las carreteras, aparcamiento, mantenimiento de edificios y remontes, etc.

Desde un remonte inaugurado en 1943, la modernidad se ha infiltrado en este valle. Desde entonces, los levantadores son el grupo más visible en la estación y también el menos reconocido. Mientras espera su turno para subir a un telesilla, puede parecer que estos operadores simplemente están presionando un botón y nada más. Fernando González, responsable de instalaciones y control de pases de esquí de La Molina, los considera el pulmón de la estación. Constituyen un punto clave de información y asistencia al cliente, ya que su función principal es garantizar que los usuarios suban y bajen correctamente de las instalaciones.

Si los remontes son visibles para todos los esquiadores, el encargado de controlar la estación es una presencia que se siente pero no se ve. Miriam Oriols se ocupa de el viajero Unos minutos después de las cinco de la tarde. En la sala donde trabaja, cuando no necesita desplazarse a otro punto de estas zonas, hay cuatro mamparas, paredes cubiertas de papeles y una mesa con hojas de papel en las que se escriben notas al alcance de la mano: ubicaciones, horarios, tipo de accidente… En esta pequeña sala se centraliza toda la información operativa, logística e incidencias diarias. También en las dos emisoras de radio de las que Oriols nunca se separa. Uno es para comunicarse con los remontes y otro es para comunicarse con los operadores del sendero. Estos últimos, además de comprobar el estado de las pistas de descenso, informar y advertir de posibles peligros, son quienes realizan las operaciones de salvamento, incluso en el caso de esquiadores descuidados. “No podemos no ir, pero también ponemos en peligro a nuestro equipo”, afirma Oriols. En La Molina hay una media de 1.400 lesiones por temporada. Para Pol Sánchez, los casos más complejos son los de niños pequeños, por la gestión operativa y emocional que implican.

Imprudencias aparte, la calidad de la nieve evita accidentes. Las frecuentes nevadas este año en esta zona han dado lugar a la nieve polvo, que es la más apreciada, y a la ausencia de la necesidad de producir nieve artificial, un elemento cada vez más utilizado ya que no existe estación de esquí capaz de afrontar el cambio climático sin la ayuda de su producción. En La Molina existe un departamento de producción de nieve que supervisa Sánchez. El responsable de pistas y maquinistas explica que la nieve artificial se produce a partir de tres elementos: compresores de aire, bombas de agua y refrigeración, además de una red de tuberías y cañones, que existe desde 1985. Es el equipo humano y técnico el que analiza las condiciones y decide cuándo y cómo producir, así como qué tipo de nieve se debe hacer en cada momento.

Si al principio la gran infraestructura revolucionaria eran los remontes, hoy son los cañones de nieve. Sin sus municiones y descargas no existirían muchos senderos como los Pirineos y los Alpes, una cadena montañosa en la que el esquí alpino se introdujo en la sociedad hace poco más de 100 años. Una estación de esquí es algo efímero. Una ficción que es real durante un breve y caprichoso período. Con el viento, la lluvia y la primavera desaparece. Pero hoy en día, muchos optan por actividades de aventura para sustentarse también en primavera y verano.

guía practica

  1. La Molina pertenece al grupo Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya, que gestiona seis estaciones: La Molina, Boí Taüll, Port Ainé, Espot, Vallter y Vall de Núria. Masella, en cambio, es privada. Desde Madrid, una forma de llegar a La Molina es viajar primero hasta Barcelona en tren (operado por Ouigo, Iryo y Renfe). Desde la capital catalana, La Molina está a dos horas en coche.
  2. Al pie de la pista de La Molina, el Hotel Solineu Dispone de habitaciones y apartamentos, además de guardaesquís, aparcamiento, restaurante, bar y sala de juegos infantil. Al lado hay un restaurante de kebab y enfrente un restaurante de cocina catalana: Rustik. Se recomienda hacer reservaciones.
  3. En cuanto a los restaurantes de la propia estación, La Molina cuenta con cinco restaurantes: El Bosc y Alabau (restaurantes cafetería), Costa Rasa, teleférico de autoservicio y Niu de l’Àliga.



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