Asia se rearma y teje una red de seguridad horizontal ante las dudas sobre el compromiso de EEUU
«Esperamos que esta operación sea rápida y limitada y los recursos regresen pronto a Asia«, suspiró Chen Kuan-ting, parlamentario taiwanés y miembro del comité de Defensa. Un conflicto largo, añadió, podría fectar a «la estabilidad y paz» en Indopacífico y era aconsejable prepararse para la «coerción» china mientras Estados Unidos se distraía en Irán. Un alto responsable del Ministerio de Exteriores japonés reveló que había pedido garantías a Washington de que no trasladaría sus activos militares del país hasta Oriente Medio. Tokio ya sufría retrasos en las entregas de misiles Tomahawk estadounidenses.
[–>[–>[–>Todo eso ocurrió a principios de marzo. Apenas una semana atrás había ordenado Donald Trump los primeros bombardeos sobre Irán con la certeza de un rápido cambio de régimen. En los siguientes tres meses ha alternado declaraciones victoriosas con anuncios de inminentes acuerdos pero sigue empantanado en un conflicto sin final a la vista. Y en Asia, con su ración de problemas, se preguntan por la solidez del compromiso estadounidense.
[–> [–>[–>Ha sido férreo sobre el papel desde que Barack Obama ordenase al «Giro al Pacífico». Estados Unidos se había dejado los dientes en Afganistán e Irak y el dirigente comprendió al fin que en Asia tendría que discutirle a China el liderazgo global. La prioridad oficial no ha variado. Sólo cinco meses atrás, Washington señalaba el Indopacífico como el más relevante «campo de batalla geopolítico» y se comprometía a evitar un conflicto en Taiwán. Desde entonces ha secuestrado al presidente venezolano, amenazado con invadir Groenlandia y bombardeado sin mesura Irán. Sólo uno de sus portaviones, el George Washington, está destinado ahora en Asia, y continúa atracado en el puerto japonés de Yokosuka para tareas de mantenimiento. Trump suspendió una venta de armas ya acordada con Taiwán para aceitar las negociaciones comerciales con Pekín y antes había trasladado un escudo antimisiles de Corea del Sur hasta Oriente Medio.
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«No queremos gorrones»
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Con esa sospecha en el ambiente de que poco aprieta el que mucho abarca aterrizó el pasado fin de semana Pete Hegseth, secretario de Defensa estadounidense, en el Diálogo de Shangri-la, el principal foro militar del continente. «Podemos hacer dos cosas al mismo tiempo. Estamos muy contentos con nuestra reservas de armas y la forma en que las usamos», afirmó en Singapur. También animó a comprarles armas a granel. «Los tiempos en los que Estados Unidos sufragaba la seguridad de naciones ricas ha terminado. Necesitamos socios, no protectorados. No queremos más gorrones», aclaró.
[–>[–>[–>La receta estadounidense para garantizar la seguridad en el continente más poblado del mundo, con heridas históricas sin cicatrizar y numerosos pleitos territoriales, es que se armen todos hasta los dientes. Los enfrentamientos cíclicos entre India y Pakistán o Tailandia y Camboya, los desmanes norcoreanos, los crecientes roces de Pekín con sus vecinos del mar del Sur de China, Japón o Taiwán… Es debatible si la presencia estadounidense apacigua o altera las aguas, pero es seguro que algunos gobiernos la ven imprescindible para la disuasión y el equilibrio.
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«Hay unanimidad en los secretarios militares aquí presentes sobre la necesidad de mejoras ágiles y rápidas de nuestras capacidades de defensa», admitió el responsable filipino, Gilberto Teodoro. Describió a Estados Unidos como un «muro de contención» y no necesitó que nombrara a China. Manila y Pekín han coleccionado encontronazos en los últimos años en las islas Spratley y otros atolones en disputa. Casualidad o no, la segunda aceleró la militarización en islotes del mar del Sur de China durante la campaña estadounidense en Afganistán.
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[–>Red de cooperación
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Son generalizados los vigorosos aumentos presupuestarios en Defensa en la región. La desacomplejada militarización de Japón, en flagrante contradicción con su admirable constitución pacifista, es el corolario. Pero la acrisolada presencia china y la temida ausencia estadounidense ha provocado un fenómeno inédito: una red de cooperación horizontal que releva el paraguas militar de Washington. Japón, Filipinas, Corea del Sur y Australia refuerzan su seguridad con acuerdos bilaterales, ejercicios conjuntos y proyectos de modernización militar. Tokio, causante de numerosas tropelías en el continente el siglo pasado, se ofrece ahora como el catalizador. «Seremos más proactivos», anunció Shinjiro Koizumi, su ministro de Defensa. «Nuestro objetivo es asegurar que cada país tenga las capacidades que necesite y que pueda disponer de ellas», añadió.
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Japón y Filipinas firmaron el Acuerdo de Acceso Recíproco que permite el despliegue de tropas para ejercicios militares y otras operaciones. Meses después aprobaron la Asociación Estratégica Integral para compartir inteligencia y negociar la compra de armamento. También Corea del Sur ha reforzado con Japón su cooperación militar en diferentes áreas tras años de tiranteces por su pasado imperialista. Detrás están las dudas sobre el fondo de armario estadounidense: ni siquiera la mayor maquinaria bélica de la historia, sospechan los analistas, puede lidiar con Ucrania e Irán al mismo tiempo. China, en cambio, no diseñó su Ejército para aventuras globales sino para defender su vecindario.
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