Atención, atención
En la escuela unitaria de Perlá, se juntaban alumnos de edades muy diversas. Había piojos de cinco y fieras de quince, dignos de una mara, pero entonces no sabíamos lo que era una mara. Ya en los sesenta, conseguir la atención de esa tropa era complicado. No había muchas distracciones, pero el alumnado se despistaba con una mosca. A don Crescencio no le quedaba más remedio que recurrir al compacto borrador de la pizarra para espabilar a los discípulos que se perdían en sus ensoñaciones.
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Llamar la atención siempre ha sido un objetivo prioritario del ser humano. A lo largo de la historia, hemos recurrido a métodos muy diferentes. Desde el rústico cuerno prehistórico, hasta los sibaritas golpecitos del cubierto en la copa de champán o los delicados toques de batuta del director sobre el atril, pasando por el tan contundente como eficaz borrador de don Crescencio.
[–> [–>[–>Al parecer, los maestros de hoy día lo tienen más complicado. Los alumnos ya no se quedan alelados con las acrobacias de una mosca, sino atrapados en las mucho más peligrosas redes sociales y en los insondables recovecos de la «dark web».
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Con la revolución digital y la multiplicación de distracciones, llamar la atención se ha convertido en una necesidad imperiosa, y no solo para los profesores. Infinidad de canales de televisión, infinidad de plataformas de video, infinidad de plataformas de podcasts, infinidad de cabeceras informativas… Vivimos en el paraíso de la oferta. El problema es que no nos ofrecen lo que demandamos, sino lo que el master del algoritmo (o lo que quiera que sea) decide por nosotros qué es lo que necesitamos. Y lo hace en todas las facetas de la vida, desde el entretenimiento a la política.
[–>[–>[–>Ahora existen herramientas más sofisticadas, pero el problema es tan antiguo como la propia humanidad. Lo reflejaba muy certeramente Ray Bradbury en su «Fahrenheit 451» a través del personaje del capitán Beatty, el jefe de la unidad de bomberos encargada de la quema de libros. «Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado –arengaba el capitán a sus subordinados–, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, pues le preocuparás; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le enseñes ninguno».
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Estamos en la fase de enseñarle a ese individuo tipo del que hablaba Beatty no dos aspectos, sino doscientos, con lo que le tenemos abrumado, incapaz de reaccionar. Lo que se llama desinformación a base de demasiada información. Así que pronto llegará el momento de no ofrecerle ninguna alternativa –decidir por él– para evitarle el sufrimiento de tener que elegir.
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[–>La muy seguida escritora británica Mary Harrington sostenía en un ensayo reciente que la tecnología está socavando nuestra capacidad de concentración, lectura y razonamiento. La exposición prolongada a las pantallas lleva consigo un empeoramiento de la memoria, una pérdida de velocidad de procesamiento, una disminución de habilidades lingüísticas y, lo que aún es peor, un desmoronamiento de los niveles de atención. Harrington se refiere a los escolares de hoy, que serán los adultos de mañana. La ensayista llega incluso a sacar alarmantes consecuencias políticas. «Un electorado que ha perdido la capacidad de pensar en profundidad -sostiene- será más tribal, menos racional, se desinteresará por los hechos o, incluso, por los referentes históricos, estará más movido por los estímulos emocionales que por los argumentos y más abierto a ideas quiméricas y a extrañas teorías conspirativas».
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«Valora tu atención» es el título del discurso pronunciado el pasado día 14 por Jonathan Haidt en el Yankee Stadium, con motivo de la ceremonia de graduación de la última promoción de la New York University. Haid ya tuvo un enorme impacto con la publicación de su libro «La generación ansiosa. Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes» (Deusto, 2024).
[–>[–>[–>El psicólogo social defendió, ante más de 20.000 alumnos, que la atención es el recurso más valioso de la vida humana, porque aquello a lo que prestamos interés acaba definiendo quiénes somos. «Hay muchas personas poderosas y grandes empresas intentando arrebatarte la libertad de elección -advirtió a la joven audiencia-. Compiten entre sí para captar tu atención. Sé consciente de que algunas de las corporaciones más grandes de la historia no intentan ganarse tu atención ni merecerla. Intentan arrebatártela».
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Que el asunto es grave lo ratifica la encíclica «Magnifica humanitas», hecha pública el lunes. «Pequeños grupos muy influyentes –alerta– pueden orientar informaciones y consumos, condicionar procesos democráticos e incidir en las dinámicas económicas en beneficio propio, contradiciendo la justicia social y la solidaridad entre los pueblos». Así que «¡atención!», como diría Don Crescencio a su manera. n
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