Bandera a media asta
Han pasado 18 años y la estación sigue ahí. Sin vías, sin trenes, sin gente, una triste isla solitaria en medio de los nuevos barrios por los que se ha expandido Burgos. Un sentimiento que mezcla la nostalgia con el desamor de quienes subimos al tranvía … de domingo a cinco de la tarde para ir a Madrid. Ha pasado medio siglo y ya no queda nada de aquel mundo en el que había teléfonos de monedas y cajas registradoras, fumábamos Celtas cortas y escribíamos cartas a amigas que hacían Servicio Social.
Una temporada es una metáfora de la vida. Todos llegamos, pasamos y nos vamos. Nos despedimos y nos encontramos. Miramos por la ventana y vemos una sombra alejándose. O conservar la última imagen de la mujer amada. Las vías se cruzan, se tuercen, se pierden. Imágenes efímeras que sobreviven en la memoria. Ese fue el Estación de Burgos. Como los cientos de edificios antiguos que alguna vez albergaron a los viajeros y que hoy son ruinas que la maleza invade. Nada sobrevive peor que una estación que ya no lo es.
Construido en 1902, los carruajes tirados por caballos recorrían el kilómetro entre el centro de la ciudad, sus hoteles y la pequeña plaza que daba acceso al vestíbulo, al que se accedía a través de cinco puertas con arcos de medio punto, flanqueadas por dos cuerpos laterales. Una elegante buhardilla de pizarra, estilo haussmannRematado por un reloj, cubría el segundo piso de la fachada. Había un dosel que protegía a los viajeros de la lluvia.
Poco o nada, salvo la estructura, queda de aquella estación, hoy convertida en centro cultural. Se han conservado sus paredes, sus puertas, sus ventanas, pero eso sólo sirve para resaltar una ausencia. Fue en 2008 cuando Renfe decidió trasladarlo a las afueras de la ciudad tras el cierre de la línea directa entre Burgos y Madrid que pasaba por Aranda. Sus vías quedaron sepultadas por el cemento del nuevo bulevar del Ferrocarril, una cruel ironía del destino.
Hasta la Guerra Civil, la estación fue propiedad de la Compañía del Norte, que encargó el proyecto a Enrique Grasset EchevarríaIngeniero de caminos de origen francés, que también participó en el diseño de Príncipe Pío, Campo Grande de Valladolid y Valencia Término. Grasset ordenó grabar en la fachada el nombre de la empresa, que aún hoy se puede leer.
Hay otra fecha que marcó un hito en la historia de la estación de Burgos: 1967. Fue el año en el que entró en servicio el enlace directo con Madrid, lo que supuso acortar en 90 kilómetros el trayecto por Valladolid. El general Franco inauguró la ruta que, décadas después, fue cerrada pese a las protestas populares. A esto se sumó el colapso parcial del túnel de Somosierra, una costosa obra de ingeniería que yace sepultada bajo la roca. Hoy en día todavía es fácil ver tramos de vía y estaciones abandonadas desde la autovía A-1.
Llevado por la nostalgia, he visitado algunos de los viejos cadáveres que salpican el 250 kilómetros entre Burgos y Madrid. Hay estaciones sin techo, vías cubiertas de arbustos y caminos intransitables que ya no conducen a ninguna parte. He leído que los vecinos de Aranda todavía salen a la calle a pedir que vuelva el tren. Y, si la memoria no me falla, algún alcalde de Burgos colgó una bandera a media asta cuando dejó de circular el ferrocarril directo.
Aquel tranvía de las cinco de la tarde que desafiaba la nieve y la lluvia nunca llegaba tarde, recogiendo a los montañeros de Miraflores y dejándonos en una estación de Chamartín que era poco más que un apeadero. Nada es lo que era y la nostalgia tampoco.
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