Barra libre
Legislar la realidad para esconderla debajo de la alfombra se ha convertido en una práctica habitual de este Gobierno. No me digan cómo lo hace pero se trata de una especialidad al alcance de pocos. La penúltima pirueta —cuando la estrategia se repite tanto conviene hablar de penúltima en vez de última— consiste en congelar en el Congreso la ley destinada a impedir el desvío de fondos europeos, para supuestamente escapar del control presupuestario. Otra cosa distinta no puede ser. Lo que nació como una excepción razonable en mitad de la pandemia —cuando Bruselas aflojaba los corsés para evitar el colapso económico— ha degenerado en una costumbre opaca, una especie de barra libre administrativa donde la fiscalización molesta y la transparencia se considera una antigualla liberal. Aunque la excusa sanitaria concluyó hace tiempo, permanece el mal gusto por gobernar sin luz ni taquígrafos. En el fondo, controlar el destino de miles de millones exige incómodas rendiciones de cuentas, informes, supervisión y hasta comparecencias. Mucho papeleo para quienes han hecho del decreto, la excepcionalidad y el atajo su verdadera forma de gobernar.
[–>[–>[–>Y nuevamente surge la contradicción en un Ejecutivo que se proclama europeísta hasta en la sopa y que en cambio escucha las advertencias de la Unión Europea sobre el uso de los fondos como quien oye llover sobre los cristales de La Moncloa. Bruselas lleva tiempo señalando riesgos de descontrol, deficiencias en la supervisión y mecanismos demasiado flexibles. Nada parece importar, qué manía con sacar las cosas de quicio, cuanto todo o casi todo se reduce a propaganda y titulares. Esta legislatura, no me cansaré de repetirlo, se llama Anomalía Democrática Normalizada, nombre y dos apellidos. La Constitución establece con meridiana claridad la obligación de presentar unos Presupuestos Generales del Estado. Sin embargo, el mandato avanza sin que el Gobierno haya registrado un solo proyecto presupuestario nuevo. Insólito. Es la monda.
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