Camaradería tóxica y manadas
El caso de la Manada, cuya agresión sexual durante los sanfermines de 2016 sacudió el debate público, vuelve estos días al primer plano con el aniversario. No solo sacudió a la opinión pública, sino que obligó a este país a mirarse en un espejo incómodo. Consentimiento, credibilidad de las víctimas, respuesta penal… Todo estaba en cuestión, y se sucedieron las manifestaciones, el ruido político y las reformas legales. El «solo sí es sí» no fue solo una ley: fue la promesa de un cambio cultural que debía ir mucho más allá del Código Penal.
[–>[–>[–>Diez años después, la pregunta es inevitable: ¿qué ha cambiado realmente? Las leyes están ahí, pero el efecto disuasorio sigue siendo, como mínimo, dudoso. Las cifras no acompañan el relato de progreso. Las agresiones sexuales en grupo no desaparecen y, lo que es más inquietante, rejuvenecen. Los datos más recientes del Ministerio del Interior dibujan una tendencia difícil de ignorar: cuantos más agresores en un ataque, menor es su edad. En los casos más extremos, con ocho o diez implicados, todos eran menores. Es más que una «moda» o tendencia.
[–> [–>[–>Se insiste en señalar a las redes sociales, a las pantallas, a la exposición constante a contenidos violentos. Y sí, forman parte del problema. Pero convertirlas en única explicación es una forma cómoda de no mirar donde duele, esto es, en cómo nos comportamos en grupo y cómo la violencia es un rito más de algunas comunidades. En la necesidad de validación entre iguales, en ese respeto deformado que se construye a través del miedo o la humillación. Lo hemos visto en el «bullying», en las novatadas, y en cualquier dinámica donde el individuo se diluye en la masa para hacer lo que no haría solo. La diferencia es que ahora ese patrón se amplifica a las niñas y adolescentes, a las mujeres.
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Si no cuestionamos esa idea tóxica de camaradería que se gesta en los primeros espacios de socialización, llegaremos siempre tarde. Porque ninguna ley, por ambiciosa que sea, puede corregir lo que una cultura sigue tolerando en voz baja.
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