CAMBIO DE VIDA | Emigrar y el miedo del qué dirán si se vuelve a ‘casa’
Migrar, un verbo y una acción que no son para todos. Lo que implica el proceso de abandonar el país de origen– tanto de forma planificada como urgente, como sucede en zonas de guerra– puede ser un gran cambio, positivo o negativo, para la persona que lo realiza.
[–>[–>[–>Muchas veces, la migración tiene una fecha de inicio y una fecha de fin, asociada a los objetivos que el migrante quiere realizar en el país de acogida, como por ejemplo, adquirir un título académico en el país de destino. En otros casos, la migración se plantea como un cambio vital sin expectativas de retorno o sin intenciones de volver. Y en otras, la migración se ve marcada por la incertidumbre, como es el caso de las personas que solicitan protección internacional, esperando que las condiciones de su país de origen mejoren para poder retornar, aunque, muchas veces, sin las garantías de que esas cosas mejoren.
[–> [–>[–>El periodo de «adaptación» o «integración» es sumamente importante porque marca el esfuerzo del migrante y de la sociedad en la que se está adaptando para poder ser parte. «La integración pasa por el esfuerzo de las personas migrantes, de la sociedad de acogida y las instituciones para garantizar una participación en condiciones de igualdad en todas las esferas de la vida en el país de destino», explica la investigadora predoctoral de la Universidade de Santiago de Compostela (USC) en el Departamento de Psicoloxía Social, Básica e Metodoloxías y en el IPsiUS – Instituto de Psicoloxía, Tamara Fernández Cores.
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En ese proceso de integración hay varias dimensiones a tener en cuenta. «En primer lugar, hay una dimensión estructural, vinculada con el acceso a derechos básicos como el empleo, la salud o la educación; una dimensión social, que refleja los lazos de amistad en el país de destino; una dimensión cultural, asociada a la adaptación a las normas sociales y culturales del país de destino, y al conocimiento del idioma. Una cuarta dimensión, que hace referencia a la integración política, a la movilización social y electoral. Por último, una dimensión emocional o identitaria, que refleja los vínculos emocionales que las personas establecen con el nuevo país en el que viven. No podemos limitar la integración a una de estas dimensiones, ni creer que las personas tienen que renunciar a la cultura y a la identidad de su país de origen para poder integrarse exitosamente», señala Fernández.
[–>[–>[–>La romantización del país de destino y el volver a ‘casa’
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La expectativa o «romantización» inicial del migrante al país de recibida es crucial. El llegar a un país receptor con unas expectativas que fueron creadas por otros, pueden no lograrse por el migrante.
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«En muchas ocasiones, las personas migran con una imagen idealizada del país de destino que no se corresponde con la realidad que se van a encontrar una vez lleguen allí. Tener unas expectativas desajustadas sobre el país de destino puede facilitar que personas emprendan un proceso migratorio que no emprenderían si fuesen conocedoras de la realidad de ese país, o por lo menos, que no lo hagan en las condiciones en las que lo están haciendo», asevera la investigadora.
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[–>Cuando las expectativas no se cumplen, y se encuentran dificultades en las diferentes dimensiones del proceso de integración, muchas veces el migrante decide retornar a su país. «Hay muchos factores que afectan al bienestar de las personas migrantes en un proceso de integración complicado. Algunos de los más importantes son la soledad, la falta de apoyo social, la incertidumbre y la indefensión con relación a aspectos que no se pueden controlar. También el echar de menos el país de origen – la morriña – y a las personas que permanecen allí, que en muchas ocasiones son familia cercana», explica Fernández.
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La parte emocional también cumple un rol importante en la decisión a tomar, si quedarse o volver. Además, entra en juego el porqué del proceso migratorio, si fue forzoso o voluntario, tendrá diferentes tipos de emociones relacionadas.
[–>[–>[–>Camila (nombre ficticio para preservar su identidad) es una joven argentina de 32 años que emigró a España antes de que comenzara la pandemia del covid-19. Llegó a la Península con grandes expectativas, pero esos objetivos que tenía esta joven –profesional de Recursos Humanos con experiencia laboral en multinacionales en Argentina–, no se cumplieron. Trabajó en hostelería y no tuvo un buen trato por parte ni de sus compañeros de trabajo ni de sus jefes, por lo que decidió volver a Argentina en el 2024. «Cuando volví, muchas personas de mi entorno me preguntaron por qué había vuelto. Pero ellos no pasaron por lo que yo pasé. Hay mucha gente que habla por hablar», señala Camila.
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En redes sociales también se puede apreciar a muchos migrantes, tanto argentinos como de otros orígenes, que deciden volver a sus ‘hogares’, es decir, a sus países de origen, porque en sus años como emigrados no lograron encontrar amigos o pareja.
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Las emociones que pueden aparecer a la hora del retorno a los países de origen, pueden ser positivas o negativas, dependiendo de qué tipo de migración tuvo la persona. «Si el retorno es forzoso, las emociones más frecuentes serán la rabia, la ira, la frustración, la incertidumbre, la indefensión, el miedo, y en muchas ocasiones, la vergüenza. Si el retorno es voluntario hay personas que retornan después de breves periodos de tiempo porque la migración tenía algún objetivo y en esos casos es frecuente experimentar sentimientos ambivalentes, de alegría por alcanzar los objetivos y de tristeza por renunciar a un posible proyecto vital en el país de destino. Pero en otros casos se pueden generar sentimientos de frustración, de tristeza, de rabia, de ansiedad, por acabar con un proyecto vital en el país de destino, y de incertidumbre por el futuro en el país de origen con el que apenas existen lazos», señala Fernández.
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Volver al país de origen puede significar volver a un lugar seguro: «Como apología podemos decir que cuando un niño se cae, quiere volver a los brazos de su madre, es decir, a su lugar seguro. Pasa lo mismo cuando emigramos, muchas veces queremos volver a nuestra tierra, nuestro lugar seguro, lo que conocemos», comenta Juana (nombre inventado para preservar su identidad), venezolana emigrada a Galicia.
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