Cerredo, ¿y ahora qué?
Cambiar para que todo siga igual es una forma singular de no moverse del sitio. El Gobierno asturiano ha convertido ese axioma en coreografía oficial: una semana de baño y masaje, de cucharón en Avilés y Güevos Pintos en Pola de Siero, mientras se barría a escoba un informe minero cuyas contundentes conclusiones no caben debajo de la alfombra presidencial. El accidente minero de Cerredo no fue un traspié, fue un derrumbe administrativo que acabó en tragedia. Y exige responsabilidades sin demora.
[–>[–>[–>El informe demoledor habla de inspecciones de pega, de controles sin control y de una seguridad minera que, curiosamente, se suprimió en 2019 para adelgazar la administración justo donde no se adelgaza nunca sin riesgo de anemia. Ahora anuncian que quieren recuperar el servicio fallido. Recuperar suena a rectificar, pero en la estrategia del avestruz se vende como si se tratara de un hecho innovador. Mientras, los exconsejeros responsables de la astracanada permanecen encastillados en despachos públicos de generosa soldada como premio a su incompetencia.
[–> [–>[–>El ciudadano asiste al espectáculo con la resignación del espectador que acude a la función conociendo de antemano el desenlace: la opacidad en la bocamina impide que la luz sanadora ingrese en las tinieblas del pozo. Nadie dimite, nadie explica, nadie paga. Se reabre el chigre, se reponen las tapas y échame un culín, Manín, que nunca llovió tanto que no escampara. Ni aun barruntando un diluvio.
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