China grava los preservativos en su lucha contra el desplome de la natalidad
Impuestos a los preservativos y exenciones a los cuidados de bebés. Sigue China modelando a sus familias, antes con leyes coercitivas para embridar la natalidad y ahora con políticas fiscales para estimularla. La última de las numerosas medidas aprobadas para atajar la severa crisis demográfica china será tan inútil como las anteriores: unos yuanes de más por una caja de condones no vencerán la atonía procreadora que descansa en un complejo contexto social y económico.
[–>[–>[–>Los preservativos, las píldoras y otros métodos anticonceptivos soportan impuestos del 13% desde el 1 de enero. China finiquita así las exenciones aprobadas 30 años atrás. Estas recaen ahora sobre los cuidados a niños y gastos de las bodas. Natalidad y matrimonio están vinculados en una sociedad tan tradicional como la china y conviene animar a los jóvenes al trámite del altar. Las medidas, han alertado especialistas, podrían aumentar los embarazos no deseados y las enfermedades venéreas, especialmente entre los estudiantes. Hay acuerdo en que sus efectos en la natalidad nacional serán nulos. Es probable que el Gobierno chino, al que no se le puede achacar la estupidez entre sus defectos, solo busque la carga simbólica. Revela, en todo caso, la intromisión en un aspecto tan privado como la familia. Funcionarios de algunas provincias rurales, desesperados por cumplir las directrices de Pekín, llaman en los últimos tiempos a mujeres preguntando pos sus ciclos menstruales y planes de descendencia.
[–> [–>[–>Política del hijo único
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La política de hijo único perfiló desde 1980 el desarrollo económico y social del país más poblado del mundo. El mayor experimento demográfico de la historia cumplió sus objetivos: ahorró 400 millones de nacimientos a China y a todo el mundo, un desahogo en un contexto global de escasez de recursos, y mejoró las condiciones de vida de la población. La reducción de la pobreza mundial en las últimas décadas se concentra en China y habría sido imposible sin esa ley.
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Pero los años agravaron los efectos colaterales y fue derogada en 2015. Antes ya se había rebajado su aplicación con el encadenamiento de excepciones: minorías étnicas, parejas con una niña en ámbitos rurales… El ‘baby boom’ anhelado se quedó en un tímido repunte en el año siguiente antes de retomar la caída. Hoy los nacimientos no alcanzan los diez millones anuales, apenas la mitad que cuando fue derogada la política.
[–>[–>[–>A esta se la achaca la apatía reproductora actual aunque un examen desprejuiciado aflora las dudas. Nunca la tuvieron Japón, Corea del Sur o Taiwán y hoy padecen natalidades tanto o más ruinosas que la china. El desinterés no se explica por las restricciones sufridas por sus padres sino por un cuadro muy actual de incertidumbre. La economía ha perdido aquella exuberancia, el paro juvenil está en máximos, muchos anteponen la comodidad a la obligación confuciana de dar nietos a los padres… Se suma la extrema competitividad académica. Los padres envían a sus hijos a las más elitistas escuelas y pagan numerosas actividades para que despunten. China es hoy uno de los países más caros para tener un niño a pesar de que su renta per cápita ronda la media global.
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Mantener a dos padres y cuatro abuelos
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La población suma ya tres años encogiéndose e India le ha quitado la supremacía demográfica global. Más del 20% de los chinos han superado los 60 años y en 2100 serán la mitad, según las proyecciones de la ONU. Esa proporción anticipa presiones insufribles para la Seguridad Social y también para una generación de jóvenes enfrentados al llamado reto 4-2-1 o la obligación de sostener a dos padres y cuatro abuelos.
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[–>El envejecimiento amenaza el desarrollo económico, levantado sobre una abundante mano de obra ahora menguante. No extraña que el presidente, Xi Jinping, haya elevado la “seguridad demográfica” a prioridad nacional y ordenado los cheques por nacimientos, ayudas al pago de guarderías, bajas por maternidad y todo tipo de incentivos fiscales. En la demografía tiene China su mayor problema de futuro. Lo es por las inquietantes consecuencias y porque carece de solución. Ningún Gobierno ha conseguido convencer a su población de que tenga hijos cuando había decidido lo contrario.
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