Cinco excursiones por el Cabo de Gata con un experto en geología: antiguos volcanes, yacimientos y una mirada a la fiebre del oro | Escapadas por España | El Viajero
En invierno en Cabo de Gata, cuando las aguas están para pocos baños y cerrados muchos de los negocios turísticos, es tiempo de fijarse en otras cosas. Porque además de un parque natural, esta esquina milagrosamente intacta del Mediterráneo español es un geoparque lleno de cráteres volcánicos, acantilados empedrados de fósiles y antiguas minas de alumbre y oro. El geólogo David Monge, que lleva viviendo ocho años en la zona y ha guiado a cientos de visitantes fascinados por el reino mineral, enseña y enriquece con sus comentarios expertos cinco recorridos memorables a pie, en bicicleta y en coche por otros tantos lugares de interés geológico (LIG).
“En ningún otro sitio de la península Ibérica son tan evidentes las huellas de los fenómenos geológicos, porque la tierra se muestra en este árido entorno desnuda de vegetación, con todos sus rasgos y cicatrices al aire”, comenta a El Viajero. «El paisaje, en el Cabo de Gata, es geología”.
Sendero de la Molata: 3.700 millones de años en dos horas
El Playazo de Rodalquilar, que en verano es un hervidero de bañistas, ahora parece una playa de hace 250 años, donde lo único humano que ilumina el primer sol es la batería de San Ramón, de 1768. Al rodear esta antigua fortaleza costera siguiendo el sendero de la Molata (SL-A 102), empiezan a verse por el camino y en los acantilados que se descuelgan a mano derecha ―se puede bajar con cuidado― fósiles de bivalvos, erizos y vermétidos, moluscos marinos de concha tubular que formaron grandes arrecifes hace seis millones de años.

En este época del año el agua turquesa no invita más que a mirarla, pero en marzo ya apetece navegar en kayak al pie de estos acantilados amarillos y hacer esnórquel para ver cómo se transforman bajo el agua en fantásticas catedrales de oro. También se descubren cuevas llenas de erizos ―no fósiles, sino contemporáneos― y, por todas partes, sargos, pargos, lubinas, salemas y tapaculos. Medialunaventura y Happy Kayak lo organizan todo.
Bajando hacia la cala del Cuervo ―donde acaba la ruta al lado del camping de Las Negras―, David Monge indica la presencia de estromatolitos, rocas en las que se aprecian las huellas de las primeras formas de vida, de cuando la Tierra era una jovencita y estas cianobacterias de mares cálidos ―ahora amontonadas en pedruscos― producían a mares ―valga la redundancia― el primer oxígeno del planeta, hace 3.700 millones de años. En ir y volver por esta senda espacio-temporal se tarda solo dos horas.
Por las antiguas minas de oro de Rodalquilar

En el ecomuseo La Casa de los Volcanes, en la localidad almeriense de Rodalquilar, se explica con detalle el convulso pasado geológico del Cabo de Gata y también el minero, que fue no menos agitado. Desde el siglo XVI se habían explotado minas de alumbre, de plomo, de plata… pero a finales del XIX se descubrió oro y fue el acabose. La fiebre del oro llenó Rodalquilar de agujeros y de gente: en 1960 había 1.345 habitantes, casi diez veces más que hoy. Hasta que en 1966 se agotaron los filones, se cerraron las minas y Rodalquilar quedó como lo vemos ahora: un alucinante valle de tierras rojas, sin un alma a la vista, casi como un pedazo de Marte, solo que rodeado de playas preciosas.
De aquellos días en que se extraían cinco toneladas de oro al año han quedado las ruinas fantasmales de un montón de viviendas mineras a un lado de la población y, al otro, las de la planta Denver, en cuyas balsas circulares ―explica Monge― el codiciado elemento salía a flote, inyectando aire a los lodos y absorbiendo las burbujas con brazos giratorios, como depuradoras inversas, no de inmundicia, sino de riqueza.

También ha quedado un paisaje más acribillado que el coche de Bonnie & Clyde. Para explorarlo, basta avanzar por la senda ciclopeatonal ―aunque también se puede recorrer en automóvil, a no más de 20 kilómetros por hora― que lleva a Los Albaricoques. A los dos kilómetros, se descubre a mano izquierda un túnel que hay que atravesar para asomarse desde un mirador a las ruinas del poblado de San Diego. El túnel es una galería blanca como el azúcar: así se ven y se desmenuzan al pasar la mano los cristalitos de alumbre. Y el poblado, un núcleo construido en 1930 por la empresa Minas de Rodalquilar, que había sido fundada con capital inglés dos años antes y que no buscaba aquí ese sulfato cristalino ―usado antiguamente para fijar tintes en las telas―, sino oro.
Continuando por la misma senda, se divisa poco después el cerro del Cinto, en cuya solana hay una inmensa corta minera, roja como la sangre, y a la derecha de esta, a media ladera, una amplia galería. Esta última es famosa porque en ella se rodó la escena del avión estrellándose en un túnel de Indiana Jones y la última cruzada (1989). Atravesando el cerro por su interior, se descubren al otro lado el mejor mirador del valle de Rodalquilar y un muro con grafitis que hablan del paso por estas antiguas minas de los alumnos de Geología de la Universidad de Huelva ―donde estudió el geólogo―, de la de Río de Janeiro y de otras muchas. A pocos metros de la boca por la que se entra a esta galería tan grande e ilustre hay otra más chica, por la que se accede a una especie de patio minero sin salida, con altísimas paredes y fajas verticales de vivos colores ―violáceas, las de manganeso; carmesíes, las de óxido de hierro―, como si santa Bárbara, patrona de los mineros, las hubiera pintado a brochazos desde el cielo.

A cinco kilómetros de Rodalquilar ―una hora y media a pie o 15 minutos en bici, sin parar― se hallan las ruinas del cortijo del Fraile, un lugar con magníficas vistas al cerro del Cinto y también al pasado. Y es que aquí sucedieron en 1928 los hechos que inspiraron a García Lorca la tragedia Bodas de sangre y se cocinaron varios spaghetti westerns de Sergio Leone: fue la guarida de El Indio en La muerte tenía un precio (1965) y el exterior de la misión de San Antonio en El bueno, el feo y el malo (1966).
El duelo final de La muerte tenía un precio se rodó en la era circular de Los Albaricoques, pueblo donde acaba esta georuta, a 8,5 kilómetros de Rodalquilar. A 100 metros de la era está el restaurante Alba, que es un sitio popular, perfecto para probar la cocina típica almeriense: gurullos, olla de trigo, gachas con pescado… En el Cortijo El Campillo, una casa rural ecológica que hay a medio camino entre Los Albaricoques y el cortijo del Fraile, podemos alojarnos y alquilar bicis para hacer el recorrido. Otro campo base ideal para explorar el geoparque es Oro y Luz, un hotelito rodeado de olivos a las afueras de Rodalquilar, con suites decoradas con fotos de famosos rodajes realizados en la zona, un restaurante sobresaliente y un centro ecuestre al lado (Cabacci Horse Trails) para hacer la ruta cabalgando. Todos estos lugares abren en invierno.
Cala de Enmedio: hielo parece, ceniza volcánica es
Es la cala más atractiva del parque natural para los visitantes en general y también para los geólogos: 130 metros de arena gris ceniza, entre deslumbrantes acantilados blancos y aguas cristalinas de color esmeralda. Unos ven en ella lo más parecido que hay en la Península a una cala balear. Los otros, un museo de geología al aire libre, una gliptoteca de caprichosas formaciones erosionadas, de esculturas pétreas.
Para llegar a la cala de Enmedio, hay que echarse a andar desde la población de Agua Amarga, siguiendo la senda que es prolongación de la calle Depósito. Se sube por el cerro del Cuartel, que en invierno y primavera es un monte verde, florido y fragante a tomillo y cantueso y, en verano, una chicharrera. Y se baja por la otra ladera, viendo cada vez más cerca esta cala blanquísima. Un observador despistado podría confundir con un frente glaciar, de puro hielo. Otro más avezado en geología reconoce de inmediato cómo está compuesta por cenizas y brechas de erupciones explosivas.

Media hora se tarda en arribar a la cala de Enmedio, paraíso de turistas y geólogos. Los últimos observan extasiados cómo, en el lado norte, un depósito de corrientes piroclásticas ―ignimbritas― ha formado el acantilado blanco y cómo, en el sur, lo ha hecho una avalancha fosilizada de lodo y cantos rodados, donde luego la erosión ha ido creando pequeñas pozas de agua marina. Los turistas se sientan alrededor de estas preciosas charcas o al borde del mar esmeralda.
De Los Genoveses a Mónsul, por toda la orilla
Otra soberbia ruta playera, la más bella e instructiva del geoparque, es la que va desde la playa de Los Genoveses hasta la de Mónsul por una costa repleta de disyunciones columnares, cuevas, dunas y tafoni. Los volcanes originaron todo esto hace millones de años ―entre 15 y 7,5―, pero parece que fue ayer.
En Cala Grande, que otros llaman Cala Chica ―así aparece en Google Maps―, Monge hace notar que los acantilados de sus flancos son como tartas geológicas de tres capas: la inferior, compuesta de blancas cenizas de lava pulverizada en el primer momento de las erupciones explosivas, el más violento; la intermedia, de brechas y bolos que los volcanes expulsaban a medida que perdían energía; y la superior, de disyunciones columnares que la lava fluida fue creando al enfriarse y cristalizar en prismas hexagonales y, más raramente, rectangulares, idóneos para hacer adoquines, de ahí las viejas canteras que se ven en esta cala y en otros lugares del Cabo de Gata.

Avanzando entre el agua y las paredes volcánicas ―siempre que la marea lo permita y no obligue a buscar paso más arriba―, se ven en las siguientes calas numerosos riscos cóncavos, como olas petrificadas a punto de romper, resultado del viento que sopla aquí más de 300 días al año. Tafoni, se les llama en jerga geomorfológica.
La cala del Lance del Perro ―o Grande, según los mapas de Google― es inconfundible por las negruzcas columnas ―otra disyunción― que afloran en mitad de la arena, como si fueran los tubos de un órgano infernal, quizá aquel que Vulcano tocaba para llenar los silencios del Mioceno, entre erupción y erupción. Y la de Mónsul lo es por su roca La Peineta ―otra ola petrificada― y por su alta duna móvil o, más bien, oscilante, pues cuando el viento sopla de poniente la mueve tierra adentro, y cuando lo hace de levante, arrastra su arena hacia el interior de la playa, acribillando al que pasea por ella. No hay que caminar sobre la duna porque, como explica Monge, el pisoteo continuo la va compactando y volviendo fija, justo lo que la naturaleza no quiso que fuera.
Yendo lo más cerca posible de la orilla y regresando por la pista de tierra que une los aparcamientos de Los Genoveses y de Mónsul, se hace una ruta circular de 8,5 kilómetros y tres horas de duración sin contar paradas contemplativas, que son muchas.
Cráter del Hoyazo: muchos granates y poca cordierita
El único mar que hoy se ve desde el cráter del Hoyazo es el de plástico de los invernaderos de Campohermoso y San Isidro. Pero hace seis millones de años, cuando empezó a formarse este estratovolcán, lo cubrían por completo las aguas. Poco a poco fue emergiendo y creándose un arrecife de coral a su alrededor, que es lo que, después de haberse arruinado el edificio volcánico y vaciado el lagoon o albufera que ocupó su redondo lugar, ha llegado hasta nuestros días: uno de los mejores ejemplos de atolón fosilizado de Andalucía. “Vamos, que lo que vemos no es un cráter”, explica gráficamente Monge, “sino el negativo de un cráter, su envoltura coralina fósil, su molde”.

Desde la población de Níjar, que está a tres kilómetros al oeste, es rápido y sencillo acercarse en coche ―primero por la carretera AL-3106, la de Campohermoso, y luego por una buena pista de tierra― hasta la base exterior del Hoyazo, que también es conocido como volcán de la Granatilla por razones que en seguida saltan a la vista, pues sus laderas están llenas de granates de las variedades almandina, andradita y piropo. Siempre fue un enclave frecuentado por coleccionistas y mineros ocasionales, pero su explotación industrial se produjo desde principios del siglo XX hasta 1933, llegando a procesarse en ese periodo entre 11.000 y 19.000 toneladas de mineral. El Hoyazo era considerado entonces el segundo mayor yacimiento mundial de granates, que se usaban principalmente para elaborar papel de lija. En la rambla por la que desagua este cerro anular de 600 metros de diámetro es donde más abundan, sobre todo después de intensas lluvias.

Monge anima a todo el que visita el Hoyazo a buscar otro mineral muy de aquí, la cordierita, que fue descrito por primera vez en 1813 utilizando muestras tomadas en este cerro nijareño. Para ello hay que subir por un sendero evidente hasta el borde del cráter ―aunque no es un cráter, en sentido estricto― y luego bajar hasta la prominencia rocosa que hay en su centro, donde en teoría se encuentra este mineral cristalino, traslúcido y azulado, pero en la práctica es misión casi imposible hallarlo, de lo rebuscado que está. Por aquí han debido pasar con su martillo y su lupa todos los mineralogistas desde tiempos de Louis Cordier, el francés que dio nombre a la cordierita. Los geoturistas llegan dos siglos tarde… En Wikiloc se describe con detalle esta georuta en coche y a pie, de poco más de seis kilómetros y un par de horas de duración… salvo que uno se envicie buscando granates y se tire todo el día.
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