cómo convirtió la celebración nacional en una fiesta en su honor
En el jardín de la Casa Blanca, la escenografía mezcló banderas, fuegos artificiales, simbología patriótica y un espectáculo de artes marciales organizado bajo el nombre de Freedom 250 (Libertad 250), una iniciativa vinculada al 250 aniversario de la fundación de Estados Unidos. Aunque la fecha oficial se cumple el 4 de julio, Donald Trump hizo por empezar los festejos antes, ligándolos a su 80 cumpleaños, el 14 de junio. El movimiento No Kings, que denuncia la deriva monárquica autocrática de la Administración Trump, respondió con movilizaciones. Ahora, la fiesta nacional llega con exhibición militar, fuegos artificiales ampliados y un mitin de Trump.
[–>[–>[–>«Estamos viendo señales preocupantes de erosión democrática«, explica a EL PERIÓDICO Jennifer McCoy, investigadora del Carnegie Endowment y profesora de la Georgia State University. Y es que esa mezcla entre patria, liderazgo personal y espectáculo apunta a un deterioro más profundo que comienza en el momento en que la conmemoración nacional deja de organizarse como un espacio compartido. «Lo más preocupante es fusionar la celebración del país con la celebración del propio líder», resume McCoy. Las exhibiciones aéreas, las bandas militares o los fuegos artificiales forman parte de la tradición estadounidense. La alarma llega cuando esos símbolos se ordenan para reforzar la centralidad presidencial.
[–> [–>[–>En origen, había una comisión bipartidista creada para preparar el 250 aniversario del país, pero la Administración de Donald Trump impulsó después una vía paralela, Freedom 250, con financiación privada, y desplazó ese marco común. Varios artistas renunciaron a actuar, algunos estados se apartaron de la feria del National Mall y Trump respondió convirtiendo la cita en un acto propio. El resultado concentra la tensión de fondo: una fiesta de independencia transformada en escenario de poder personalista.
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Trump lleva años fascinado por la estética de los hombres fuertes: los desfiles de Vladímir Putin, Xi Jinping o Kim Jong-un, y la solemnidad militar del 14 de julio francés. También quiere levantar un arco triunfal de 250 pies cerca de Arlington, inspirado en el Arco del Triunfo. McCoy reconoce ahí un patrón conocido: «Muchos líderes fuertes o autoritarios crean grandes despliegues arquitectónicos, militares, monumentos, edificios, estatuas y retratos de sí mismos».
[–>[–>[–>Una carroza del carnaval de Düsseldorf, Alemania, en marzo de 2025, con el presidente ruso Vladimir Putin, el presidente estadounidense Donald Trump y el presidente chino Xi Jinping. / CHRISTOPHER NEUNDORF / EFE
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Una señal para Europa
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La celebración tiene una dimensión exterior: muestra qué ocurre cuando la potencia que se presentó durante décadas como modelo democrático empieza a usar los códigos visuales y políticos de los líderes fuertes que decía contener. A ese momento, Anne Applebaum lo llamó «la hora del depredador» en su intervención en el Foro del Mediterráneo organizado por Prensa Ibérica. Es lo que describe como «el ascenso de las naciones depredadoras»: Estados que entienden la política internacional como extracción, fuerza y suma cero.
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Ese marco también alcanza a la política interna estadounidense. «Donald Trump ha empezado a alinear la política exterior y doméstica estadounidense con los valores y prácticas del mundo autocrático», sostuvo Applebaum. La lógica aparece en negocios familiares mezclados con Estado, opacidad financiera, normas anticorrupción debilitadas, ataques a jueces y periodistas, presión sobre funcionarios y hostilidad hacia inmigrantes y estudiantes extranjeros.
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[–>Las autocracias contemporáneas funcionan como redes de intereses, dinero, propaganda y seguridad. Applebaum lo resume así: sus vínculos se cimentan «no en ideales, sino en negocios». Bajo esa lógica, el poder sirve para conservar riqueza, lealtad e impunidad. El espectáculo político ayuda a fijar jerarquías: quién manda, quién pertenece y quién queda fuera.
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Reescribir la historia
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El aniversario también abre una batalla por la memoria. McCoy señala los esfuerzos de la Administración de Trump por cambiar la presentación del pasado estadounidense: retirar de museos y exposiciones referencias a las contribuciones de esclavos, afroamericanos y esclavos liberados, y reducir el relato nacional a una versión puramente celebratoria. «No es sano para un país pensar que toda su historia ha sido positiva», advierte. La conmemoración democrática exige celebrar los logros y reconocer esclavitud, racismo, exclusión, violencia y promesas incumplidas.
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En el desfile del Orgullo Gay de San Francisco, un participante sostiene un cartel contra Donald Trump. Casi un millón de personas asistieron al evento el 28 de junio de 2026. / HEATHER DIEHL / Getty Images via AFP
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El espejo de Hungría sirve como advertencia. McCoy ha estudiado cómo el poder iliberal estrecha la idea de nación hasta convertirla en un filtro de pertenencia y ve «muchos paralelismos» con el EEUU de Trump. Allí vio una definición de ciudadanía «cristiana, nacionalista, más excluyente y más limitada», acompañada de la demonización de minorías, inmigrantes y diferencias sexuales o culturales.
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La consecuencia es una celebración menos integradora. La mayoría de estadounidenses seguirá el ritual habitual: barbacoas, fuegos artificiales locales, reuniones familiares, lagos y parques. Pero el acto impulsado por la Administración de Donald Trump habla a otra escala. «Es una oportunidad perdida para unir a un país que ya está dividido y polarizado», sostiene McCoy.
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Una democracia bajo presión
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El diagnóstico de McCoy mantiene un matiz importante. Estados Unidos conserva controles, resistencias y espacios de oposición. «No estoy prediciendo que vayamos a acabar en un Estado autoritario», dice. La advertencia está en otra parte: en la degradación gradual de la vida democrática, en el uso partidista de símbolos comunes y en la normalización de una política que confunde liderazgo con propiedad nacional.
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La democracia cambia también por hábitos, ceremonias y gestos repetidos. Cuando la crítica se presenta como deslealtad, cuando la historia se depura y cuando el líder ocupa el centro de la república, el nombre del sistema puede seguir intacto mientras su práctica se estrecha. En ese sentido, el 4 de julio de Trump deja una pregunta política nítida: memoria compartida o demostración de fuerza de un hombre.
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