cómo Trump ha externalizado el control migratorio al sur de la frontera
La captura del narco ‘El Mencho’ el 22 de febrero puso de nuevo a México al foco por la llamada «guerra contra la droga» que el país libra, y en la que Estados Unidos le presiona. La Administración de Donald Trump ha aprovechado el episodio del líder abatido —y el estallido de violencia que le ha seguido— para insistir a la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, en que debe tener todavía más mano dura. Pero la guerra del narco tiene un trasfondo que a Estados Unidos le preocupa aún más: la lucha contra la inmigración, que se ha convertido en el mejor termómetro de la relación entre EEUU y México y en una palanca de presión y moneda de cambio.
[–>[–>[–>«Trump ha amenazado con que, si México no aumenta su control migratorio y de tráfico de droga, va a imponer aranceles», explica a EL PERIÓDICO Ariel Ruiz, investigador principal del Migration Policy Institute, introduciendo la guerra comercial como una palanca adicional para empujar a México a cumplir con su voluntad. «Para la Administración Trump, el factor número uno es la inmigración», añade. Y, en parte, la estrategia está funcionando.
[–> [–>[–>Se calcula que hay 25 acuerdos bilaterales entre EEUU y diferentes países para la deportación de migrantes a lugares de los que no son originarios, según Third Country Deportation Watch, una plataforma de recuento impulsada por Refugees International y Human Rights First.
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«Monitoreamos los acuerdos de deportación y la aceptación por parte de terceros países de personas que no son nacionales de esos países», explica a este diario Yael Schacher, directora para las Américas y Europa de Refugees International. Esta iniciativa, además, trata de los motivos políticos y financieros que los sustentan y los daños que han causado, así como las demandas judiciales pertinentes y otras iniciativas para impugnarlos.
[–>[–>[–>Deportaciones a 25 países
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La externalización fronteriza, es decir, «que EEUU pague a otros países para que refuercen su control migratorio», ocurre desde los 80, asegura Schacher, y lo hace mediante «paquetes de ayuda, fondos de cooperación y del Departamento de Estado para financiar y capacitar un mayor control migratorio»; incluso «envía agentes del DHS (Departamento de Seguridad Nacional) para entrenar a fuerzas de control migratorio en otros países», señala.
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Pero con el regreso de Trump se ha intensificado. El presidente se jacta de sus dotes de negociador en encuentros bilaterales y así ha conseguido concesiones, selladas a puerta cerrada, con acuerdos que nunca se hacen públicos. La lista de 25 países sobrepasa el continente americano e incluye cinco naciones africanas. También Kosovo, en territorio europeo, o el pequeño estado de Palau, en Micronesia. El objetivo no es solo desplazar el problema para eludir coste y responsabilidad, también es disuadir a otros de intentarlo.
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[–>Malla de contención
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La red de acuerdos se extiende por toda América Latina para convertir a varios países en tapón. «A su vez, México intenta que la gente no avance hacia EEUU: sigue trasladando a personas hacia el sur», enfatiza Schacher, al describir una contención interior que busca frenar el movimiento migratorio antes de que llegue a la franja limítrofe con EEUU. «A esa red se suman también aliados regionales fuera del corredor inmediato hacia EEUU», añade.
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La malla de contención se entreteje por toda la ruta sur-norte, como Guatemala, Honduras y hasta Panamá. Se le resisten a Trump Nicaragua y Costa Rica, que también serían parte de la línea sur-norte. En cambio, suma otras piezas menores en el mapa, que no formarían parte de la ruta principal, pero que se han convertido en particularmente afines a Trump, como el El Salvador de Nayib Bukele.
[–>[–>[–>Los manifestantes sostienen carteles que dicen «ASESINADO por ICE en Minneapolis Alex Pretti» con su foto «Lo peor de lo peor Liam Conejo Ramos 5 años» con su foto en su sombrero de conejito. / Gina M Ran / Europa Press
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Acuerdos opacos
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Esa presión migratoria pasa a menudo desapercibida, ya que ningún país quiere aparecer como sometido a EEUU. «El refuerzo de controles migratorios puede responder a políticas domésticas, pero viene dado por una presión de EEUU», señala Ariel Ruiz. Y es que, aunque los involucrados traten de dejar un rastro documental escaso, a menudo sí se observan impactos tangibles.
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«Estos acuerdos son totalmente opacos, no los han publicado», sostiene el investigador del Migration Policy Institute, organización referente en el sector. Para conocer cómo se concretan, los investigadores acuden a los terceros países en cuestión, donde, en ocasiones, es más fácil seguir el rastro en burocracias menos opacas. El rastro, en todo caso, pasa por reconstruir menciones dispersas o documentos incompletos, fragmentos visibles de una arquitectura regional enmarañada. Como en Perú, donde fuentes de organizaciones humanitarias aseguran que el quid pro quo se está concretando en una inversión estadounidense en una base militar.
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Miedo como disuasión
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El mensaje que quiere mandar esta Casa Blanca es claro: cruzar es casi imposible pero, si acaso alguien lo consiguiera, lo detendrá ICE (el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU) y lo enviará lejos de su lugar de origen y de todo lo que conocen, donde no tienen vínculos y donde la seguridad no está garantizada.
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El temor ya no se limita a ser expulsado, sino a dónde: a países con sistemas de protección frágiles o con amenazas parecidas a las que les empujaron a huir, como está pasando, por ejemplo, con los centroamericanos en Sudán del Sur, asolado por la guerra.
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Esta arquitectura multiplica la incertidumbre y refuerza el efecto disuasorio. Por eso, algunas personas intentan permanecer en México para evitar que una detención en EEUU termine en un traslado forzoso a lugares percibidos como especialmente hostiles.
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La frontera se ha convertido en una red: México como filtro principal, Centroamérica como contención en ruta y terceros países como destinos alternativos, un diseño con el que EEUU reduce llegadas visibles y traslada parte de los costes políticos, humanitarios y logísticos a la región. Y en esa ecuación, la guerra contra la droga, así como los aranceles, se convierten en instrumentos de presión.
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