Competencia técnica y liderazgo político en el siglo XXI
Las siguientes líneas sólo son una reflexión en voz alta sobre una cuestión de fondo que rara vez aparece en el debate político: la preparación técnica y la experiencia profesional de quienes asumen la gestión pública. Esta reflexión no pretende ser una crítica a un gobierno concreto, sino una observación general sobre una tendencia que parece extenderse en distintos contextos políticos.
[–>[–>[–>A partir de un repaso de las titulaciones de los actuales miembros del Consejo de ministros, según datos públicos disponibles, hay un hecho llamativo: la mayoría procede del derecho, las ciencias políticas y la economía (70 %), mientras que la representación de perfiles técnicos y científicos es del 17 %, con dos ingenieras y dos licenciadas en medicina (una de ellas Ministra de Hacienda). Además, hay un licenciado en filología hispánica, una licenciada en geografía e historia y una diplomada en nutrición y dietética. Una cuestión relevante en un contexto social y económico marcado por el cambio climático, la transición energética, la biomedicina, las migraciones, la inteligencia artificial, la computación cuántica, la ciberseguridad, la longevidad y los sistemas de pensiones sostenibles, la producción agroecológica de alimentos o el acceso a la tecnología y educación STEM.
[–> [–>[–>Muchos de los problemas a los que se enfrenta una sociedad moderna no se resuelven en clave ideológica sino técnica, al menos en los ámbitos más neutros, por lo que parece un anacronismo debatir hoy exclusivamente en términos de derecha e izquierda. No se trata de reclamar que un ministro sea necesariamente un especialista en la materia que gestiona (la política también requiere capacidad de negociación y visión estratégica), pero sería deseable que existiese un mayor equilibrio entre la formación básica, la experiencia en ámbitos de gestión y la capacidad para alcanzar acuerdos políticos. De lo contrario se corre el riesgo de depender de asesores que, sin un líder, desarrollen políticas públicas que se reducen a un ejercicio de relato más que de eficacia.
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Si quien dirige un departamento carece de formación básica, experiencia, visión estratégica y capacidad negociadora, difícilmente puede ejercer un liderazgo efectivo y su papel se diluye, porque el liderazgo no lo da la autoridad jerárquica. Quien gestiona recursos públicos sin el conocimiento y la experiencia necesaria para ello corre el riesgo de minusvalorar conceptos como eficiencia o austeridad, ya que no tiene que lidiar con una cuenta de resultados.
[–>[–>[–>¿Por qué aceptamos como natural que quienes dirigen carteras clave carezcan de la formación y experiencia mínima en los ámbitos que gestionan? Si exigimos experiencia acreditada para dirigir una empresa o para ocupar una plaza de responsabilidad en la administración pública, ¿no deberíamos exigir al menos lo mismo a quienes toman decisiones que afectan a millones de ciudadanos?
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Con más frecuencia de lo que sería deseable, parece existir un déficit de perfiles técnicos y experiencia profesional en la política española; la profesionalización de la política ha convertido los cargos en el último peldaño de una carrera interna, más que en un espacio abierto al talento y al conocimiento. Quizás esto explique la distancia creciente entre la complejidad de los problemas y la simplicidad de las soluciones que se nos ofrecen, así como el distanciamiento entre los ciudadanos y la clase política.
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[–>No se trata de sustituir la política por la tecnocracia, sino de enriquecerla con perfiles diversos, capaces de comprender la complejidad del mundo actual. Gobernar no es solo resolver los problemas del día a día, para gobernar también hay que tener visión estratégica de futuro y eso no puede hacerse manteniendo estructuras obsoletas y anquilosadas que siempre van muy por detrás de los avances tecnológicos. Gobernar bien no es solo cuestión de voluntad, también es cuestión de competencia.
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