Con 13 años me salí del colegio y a los dos meses me fui a cantar a Madrid
José Mercé (70 años) no recuerda su infancia como una postal perfecta, sino como una mezcla de disciplina, calle y sueños tempranos que terminaron arrebatándolo del coro de una iglesia en Jerez a los escenarios del mundo.
Aquel niño gitano que tocaba en el barrio de Santiago y cantaba en el basílica de la misericordia Nunca imaginó que terminaría vendiendo un millón de discos, pero sí sabía una cosa: «Cuando tenía 13 años dejé la escuela. y comencé a cantar… a partir de ahí comencé a buscar frijoles.»
Nació en 1955 en Jerez barrio santiaguinoMercé creció en una de esas calles donde todo sucedía fuera de casa: juegos, regaños, primeras canciones y primeras miradas al futuro.
De «raza» viene el galgo, hijo de una saga flamenca histórica, pero su vida cotidiana de niño no tenía nada de glamuroso: bocadillo, calle y bulerías improvisadas. Años después, mirando hacia atrás, no tiene ninguna duda: no cambiaría esa infancia «por nada del mundo».
El giro inesperado en su historia vino de la mano de los sacerdotes. Siendo muy joven ingresó a la Escolanía de la Basílica de la Merced: allí comenzó a cantar «de verdad» y de ahí también nació su nombre artístico.
Él mismo lo explica sin rodeos: «Crecí con sacerdotescon los Mercedarios», un ambiente rígido que, paradójicamente, abrió la puerta a la música y a una disciplina que luego desembocaría en el flamenco.
En esa infancia hay una etiqueta que le persigue, la de rebelde. Mercé se ríe y califica el mito con una frase que lo define mejor que cualquier titular: «He sido un rebelde basuradigamos.»
Lo cuenta detalladamente: «Cuando el pantalones de campanalos botines y el peludo que te dejó cuadrado aquí, estas cosas las hice para mí y siempre fui castigado«.
El niño del coro, de apariencia formal, logró colarse en una punto de modernidad en cada corte de pelo y en cada prenda de vestir, aunque le cueste días de castigo.
El gran salto llega cuando apenas tiene 13 años. Ante la seguridad de continuar en el colegio religioso, elige la incertidumbre del escenario: «A los 13 años dejé la escuela y comencé a cantar. Empecé por primera vez en tablao de cadiz y después de dos o tres meses llegué a Madrid«.
No fue una escapada romántica, sino una decisión cruda: «A partir de entonces comencé a buscar frijoles. Y mira donde, tuve mucha suerte de que me viera. Antonio Gades y estuve con él diez años viajando por el mundo.
Aquel primer contacto con el Madrid supuso un shock emocional que todavía está grabado en su memoria. Acostumbrado a los pueblos blancos de Andalucía, la capital le resultaba casi hostil: «Recuerdo cuando llegué a Madrid, acostumbrado a ver los pueblos blancos de andalucíaque cuando iba a María Molina se me cayó dos lagrimas como los garbanzos.»
Detrás de la anécdota hay una imagen muy potente: un adolescente solo, con una maleta de sueños y una Acento jerezano inconfundible, frente a una enorme ciudad que no lo esperaba.
A partir de ese momento todo cambia. Antonio Gades le incorpora a su empresa, rueda con Carlos Sauraviajar, aprender, endurecerse. Pero el propio Mercé insiste en que nada de esto se entiende sin ese niño del barrio de Santiago, sin el misas cantadas en La Merced ni los castigos a los pantalones acampanados.
«En mi vida siempre he ido subiendo escalones poco a pocopero siempre subiendo», resume. Y quizás por eso su historia de infancia resulta tan atrapante, porque detrás de la mito y de los registros de ventas hay un niño que se atrevió a dejar la escuela a los 13 años para arriesgarlo todo por una sola voz.
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