Con su ataques contra los países del Golfo, Irán traslada a la economía mundial los costes de la guerra
Durante muchos años los países árabes del golfo Pérsico se vendieron en el mundo como un remanso de estabilidad en una región intermitentemente consumida por la guerra, una reputación que les ha servido para atraer talento e inversión e integrar sus economías como actores globales de primer orden. Un estatus que corre ahora un serio peligro. Irán ha concentrado en sus vecinos del Golfo muchas de sus represalias a la agresión lanzada por Israel y Estados Unidos, una campaña que ha puesto en la diana las bases e intereses estadounidenses en sus respectivos territorios, pero también a hoteles, aeropuertos, centros de datos o infraestructuras energéticas. El golpe para la región y la economía mundial es severo. Y no solo por el petróleo o el gas. Esa media docena de petroestados controla el 40% de los activos de los fondos soberanos del mundo, una de las líneas de liquidez de la economía mundial.
[–>[–>[–>En Dubai, Doha o Abu Dhabi la guerra ha espantado a una parte de su masiva colonia de expatriados, atraída por su conectividad con el resto del mundo, sus elevados salarios y los poquísimos impuestos que se pagan. Influencers y grandes fortunas han puesto estos días pies en polvorosa a bordo de jets privados o caravanas blindadas con seguridad armada. Pero es quizás lo más anecdótico. Más de 40.000 vuelos han sido cancelados desde el 28 de febrero, golpeando a la industria turística. Navieras y cruceros ha salido de la región. Y bancos, plataformas de pago o empresas de gestión de datos han sufrido serias perturbaciones en sus servicios, después de que al menos tres centros de datos de Amazon fueran atacados por los drones iraníes. Unos ataques que Irán justifica por los servicios que la tecnológica de Jeff Bezos presta al Pentágono. Otras como Microsoft, Oracle o Nvidia, también asentadas en la región por los costes mínimos de la energía, están en el punto de mira.
[–> [–>[–>«El Golfo había logrado atraer una cantidad significativa de inversión extranjera y de expatriados. Todo eso está en riesgo y los daños se acumulan cada día», asegura a este diario Omar Shakir, director ejecutivo de DAWN, un laboratorio de ideas con sede en Washington especializado en el mundo árabe. «No solo se están marchando algunos residentes, sino que crece el número de compañías que ha suspendido sus operaciones, opera con pérdidas o anuncia planes temporales de reubicación».
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Las monarquías suníes de la región son un mar de contradicciones. «Se presentan como bastiones de seguridad y crecimiento económico, mientras mantienen altos niveles de represión política interna», dice Shakir. Todos –salvo Omán– albergan bases militares estadounidenses, y tanto Bahrein como Emiratos han normalizado sus relaciones con Israel. En los últimos años, no obstante, se habían acercado diplomáticamente a su archienemigo chií y en las semanas previas al asalto presionaron a EEUU para que no atacara. No solo porque preveían lo que se les venía encima, sino también por el temor a que Irán pueda convertirse en un Estado fallido que desestabilice todavía más a la región.
[–>[–>[–>Guerra energética
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«Es una traición», dijo hace unos días el primer ministro qatarí condensando el sentimiento hacia Irán que impera entre las élites del Golfo. Para Teherán, sin embargo, los ataques contra sus vecinos o el cierre del estrecho de Ormuz son el camino más corto para trasladar los costes de la guerra a la economía mundial y alimentar la presión internacional para detenerla. En ese sentido, sus enemigos se lo han puesto fácil, al atacar los hidrocarburos iraníes y abrir la veda a una guerra energética en continua escalada. El jueves Teherán respondió bombardando la planta qatarí de Ras Laffan, la mayor procesadora de GNL del mundo. Un desastre que dejará al emirato sin el 17% de su capacidad entre tres y cinco años, según reconoció el CEO de Qatar Energy. Los mercados europeo y asiático serán los más damnificados.
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«Las economías del Golfo no se van a hundir. En medio siglo han soportado dos guerras del Golfo, crisis económicas, una pandemia y siempre salieron fortalecidos», asegura Anwar Zibauoi, experto en economía internacional y del Golfo. En mayor o menor medida, todas ellas se han diversificado en los últimos años y ninguna depende de la inversión extranjera para sobrevivir, por más que dirigentes como el saudí Mohamed Bin Salmán se apoyen en el capital foráneo para financiar sus proyectos faraónicos. «El verdadero riesgo es que el daño en sus economías, particularmente en los campos petroleros, sea tan grande que acabe trasladándose al sistema financiero global».
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[–>Fondos soberanos
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El músculo de sus fondos soberanos es inmenso. Particularmente los de Arabia Saudí, Emiratos, Kuwait y Qatar, por este orden. Controlan más de cuatro billones de euros en activos. Su dinero riega las grandes empresas mundiales, desde las tecnológicas a los bancos o fondos como BlackRock. «No hablamos solo de inversiones en hoteles y apartamentos, sino de acciones, bonos, infraestructuras o flujos de capital. Hasta cierto punto la estabilidad financiera global depende de ellos, especialmente en EEUU. Si algo puede dañar a la economía americana es que estos países empiecen a retirar sus inversiones», afirma Zibaoui en una entrevista. De modo, los elevados precios de los hidrocarburos, les ayudarán a compensar las pérdidas derivadas de los ataques iraníes.
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Solo durante la última visita de Donald Trump a la región, los países del Golfo se comprometieron a invertir cerca de tres billones de euros en EEUU. Su dinero también ha engordado directamente la fortuna de la familia Trump. Zibaoui no duda que si la guerra se prolonga durante meses, una recesión global es casi inevitable. Esta misma semana los precios del barril de Brent alcanzaron durante unas horas 119 dólares, solo 27 dólares por debajo de su máximo histórico, alcanzado durante la crisis de 2008. Varios centros de análisis no descartan que el barril pueda acercarse a los 200 dólares si la guerra energética no amaina.
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