¿CONSENSO DE PEKÍN? | China aprovecha el espacio dejado por Estados Unidos en su retirada del orden internacional
Al enemigo que huye, puente de plata. A medida que Estados Unidos abandona su liderazgo del orden internacional creado tras la Segunda Guerra Mundial, la República Popular China aprovecha ese vacío.
[–>[–>[–>La Administración de Donald Trump rompe con sus compromisos internacionales, impone aranceles arbitrarios y políticos, retira el grueso de los fondos de la ayuda al desarrollo (una fuente de poder blando en los países pobres) y ataca a sus aliados tradicionales, especialmente a los europeos, forzándoles a mirar hacia el este para forjar nuevas alianzas. Mientras, el régimen del Partido Comunista Chino mantiene o aumenta su participación en las instituciones internacionales, de Naciones Unidas a la Organización Mundial del Comercio (acaba de renunciar a los beneficios de su estatus de nación en desarrollo dentro de la institución). Y gana poder blando en el «sur global» con su fórmula de desarrollo de infraestructuras y acuerdos comerciales sin el lastre de exigir avances en los derechos humanos o en la lucha contra la corrupción.
[–> [–>[–>Este juego de sillas geopolítico fue palmario en la última Asamblea General de Naciones Unidas.
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Trump subió al escenario para cargar contra la ONU, reafirmar su ruptura con los Acuerdos de París sobre el clima (una «estafa»; y la energía verde, «un fraude») y exponer su visión de la paz basada en la fuerza en lugar de en el derecho internacional y los acuerdos multilaterales. No era una sorpresa. Su secretario de Estado, Marco Rubio, ya había expuesto de forma descarnada en su discurso de confirmación ante el Senado que el orden global actual está obsoleto porque no beneficia a Estados Unidos y necesita ser reconfigurado, volviendo a un mundo de Estados-nación como bloques de poder, en lugar de las instituciones globales.
[–>[–>[–>En cambio, el presidente chino, Xi Jinping, anunció en la misma cita internacional unos nuevos y ambiciosos objetivos climáticos para 2035: un recorte de entre el 7% y el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero respecto al pico. Se erigió en su discurso en potencia defensora del sistema multilateral que representa Naciones Unidas: «Solo hay un sistema internacional legítimo, el que tiene a la ONU en su centro; un único orden internacional, el sustentado en el derecho internacional; y un único conjunto de reglas, las normas básicas de la Carta de la ONU», dijo en una intervención por videoconferencia desde Pekín.
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«Creo que no hay duda de que China está aprovechando el vacío que deja Estados Unidos. Ya jugó esa estrategia durante la primera Administración Trump. En el foro de Davos de 2017, Xi Jinping dio un famoso discurso en el que presentaba a su país como garante del orden económico internacional frente a unos Estados Unidos proteccionistas, y también como un actor responsable dispuesto a contribuir a la lucha contra el cambio climático, frente a una administración claramente negacionista», dice a este diario Mario Esteban, investigador principal para Asia Oriental del Real Instituto Elcano.
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[–>El Consenso de Pekín
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En 2004, el experto en relaciones internacionales Joshua Cooper Ramo formuló el término «Consenso de Pekín» para referirse al tipo de diplomacia de la República Popular China en particular respecto de los países en vías de desarrollo, y muy especialmente en lo que concierne a los países africanos: realizar negocios sobre la base de los intereses de las partes y sin condicionamientos genéricos o de principios, al contrario que Occidente.
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Lo interesante, apunta Mario Esteban, es que ahora ese viejo consenso parece ser la nueva normalidad. «Estados Unidos sobre todo, pero también la Unión Europea, van cada vez más hacia lo que China propone: relaciones pragmáticas, muy centradas en desarrollo e interés económico, sin entrar en los asuntos internos de valores políticos de los países», aporta el experto. «Lo que propugna China es una visión relativista: la idea de que cada país, cada pueblo, puede buscar el modelo político, social y económico que mejor considere, con una defensa muy fuerte de la soberanía como algo sacrosanto; ellos no llevan ni injerencias ni transferencias de modelos políticos sobre otros».
[–>[–>[–>Esto resuena especialmente en los países pobres y en vías de desarrollo, que son la mayoría. Sienten que el «Consenso de Washington», esa suerte de propuesta liberal en lo económico y en lo político, les ha fallado.
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«China está aprovechando el vacío que deja Estados Unidos. Explota la doble moral occidental, por ejemplo el doble rasero que está demostrando Occidente en la guerra en Gaza frente a la de Ucrania«, opina en conversación con EL PERIÓDICO Julio Ceballos, consultor especializado en relaciones con China y autor de ‘El calibrador de estrellas: Aprendizajes chinos para Occidente en el siglo XXI’. «Mientras Estados Unidos se vuelve imprevisible, China demuestra ser un socio estable, predecible y serio, que ofrece financiación y tecnología sin ataduras morales ni las exigencias ideológicas que Occidente».
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Campaña por el relato
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El presidente republicano Ronald Reagan definió a su país como una «ciudad que brilla sobre una colina», una especie de faro de libertad y oportunidad para el mundo. Trump ha roto con esa metáfora. En cada intervención deja claro que el mundo es un lugar del que extraer beneficios para los intereses de Estados Unidos, mientras cierra el país a las oportunidades para los que quieran refugiarse en esa colina. Con Trump, Estados Unidos ha abandonado también la batalla por el relato global, el intento de captar mentes y corazones para la causa occidental que hasta ahora dominaba con esa mezcla de defensa pública de los derechos humanos y relatos del bien y del mal de las películas de Hollywood.
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Mientras, la propaganda del modelo chino se multiplica, especialmente en redes sociales. Hay todo un género que ensalza las megaestructuras chinas, los rascacielos y las ciudades modernas repletas de neón de Chongqing o Shanghái, a veces en vídeos que enseñan también la decadencia de las estadounidenses, especialmente del metro neoyorquino, repleto de ratas y goteras.
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Se muestran aterradores robots militares autónomos de inteligencia artificial chinos. Influencers occidentales viajan a las ciudades del gigante asiático para fijarse en el lujo de sus centros comerciales, la velocidad de sus trenes o la atención en los spas, para dejar claro que China es una superpotencia. Algunos incluso loan la presencia ubicua de cámaras para destacar la seguridad que hay en el país, obviando que son también usadas para la represión en lo que es un sistema autoritario dirigido por el Partido Comunista Chino con mano de hierro. Todo ello está teniendo efectos medibles en el imaginario público occidental.
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«Hay un cambio en cómo ven las generaciones más jóvenes a China. En el caso de Estados Unidos, la generación Z ve de forma cada vez menos negativa a China, en comparación con las generaciones más mayores. Según la última encuesta del Pew Research Center, solo un 21% de los menores de 30 años ven a China como un enemigo, frente a la mitad de los estadounidenses en general», dice Inés Arco, investigadora del CIDOB experta en Asia Oriental y política china. «Y esto tiene también que ver con ciertos elementos de poder blando más tradicional a nivel de cultura que China está haciendo: el tirón de aplicaciones móviles chinas, de streamers que enseñan su vida allí, el uso de TikTok, los coches eléctricos chinos, el boom de los muñecos chinos Labubu… todo eso está generando un consumo de contenidos sobre China que hace que muchos jóvenes estadounidenses piensen: ‘esta no es la China que me han explicado'».
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En España también se ha notado una caída de la reputación de Estados Unidos a costa de la de China. La simpatía de los españoles hacia el país americano se ha desplomado desde la llegada de Donald Trump, y está ahora por debajo de la que se expresa hacia China, según el último barómetro del Real Instituto Elcano.
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El presidente Trump obtiene una calificación muy baja, 2,5 sobre 10, inferior incluso a la del presidente chino, Xi Jinping. En el pulso global entre EEUU y China, disminuye sustancialmente el apoyo a EEUU, que cae del 35% al 11%.
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Una dictadura de partido único
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El relato chino está repleto de contradicciones, y el respeto del régimen al orden internacional es selectivo: excluye, por ejemplo, la legislación humanitaria, e ignora los dictámenes de Naciones Unidas sobre derechos humanos.
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China es la mayor cárcel de periodistas del mundo (al menos 121), no hay elecciones y el nivel de corrupción es alto. Oficialmente, se define como una «democracia con características chinas» con una visión propia de los derechos humanos: rechazan la universalidad del concepto mismo (plasmado en los acuerdos internacionales, en el derecho internacional humanitario, la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional), para afirmar que en cada país, en cada cultura, puede primar unos derechos sobre otros. Y arguyen que también son derechos humanos la prosperidad y el desarrollo, que ellos priorizan sobre todo lo demás.
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Vladimir Putin, Xi Jinping y Kim Jong-un, en la última reunión multilateral. / Associated Press/LaPresse / LAP
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«No creo que el modelo chino acabe arraigando como modelo a emular. Si hay algo que interesa a los países en vías de desarrollo es el éxito, más que el modelo político. Y China tampoco está promoviendo para el resto del mundo un sistema marxista-leninista o una dictadura democrática del proletariado, como la URSS en la Guerra Fría», concluye Arco.
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Lo que sí ha dibujado es un eje de resistencia. Se perfiló en la reciente cumbre de Tianjín, donde Rusia, India y la propia China escenificaron un frente común para resistir los dictados de Washington e impulsar el orden mundial alternativo. Y se vio en las celebraciones del 80 aniversario de la victoria china sobre Japón en la Segunda Guerra Mundial, en la que Xi se rodeó de autócratas globales, del ruso Vladímir Putin al bielorruso Aleksandr Lukashenko o el norcoreano Kim Jong-un.
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