crímenes con gas asfixiante, minas antipersona y bombas de racimo
La peor decisión de su biografía no la tomó Serhii Tarnaovsky durante su vida civil de empresario de la madera, sino en la guerra como cabo de un pelotón de paracaidistas ucranianos. En una llanura de Soledar, en el frente, le pareció que iba con sus hombres demasiado al descubierto, y decidió que sería más seguro avanzar agazapados en un campo de girasoles. Una mina de las muchas con que los rusos habían hecho su particular siembra le arrancó media pierna derecha. Otras iguales se cebaron con sus compañeros.
[–>[–>[–>Los combatientes ucranianos le han puesto motes diversos a esa trampa explosiva. El más extendido es “mariposa”. Se trata de una PFM-1 soviética. Esparcida a cientos desde un helicóptero o por el disparo de un obús, planea hasta depositarse en tierra. En el campo es fácil confundirla; por algo la llaman también “la hoja”. En su haber tiene una estadística -no contrastable, como tantos datos de la guerra- según la cual es la mina antipersona que más lisiados ha causado en estos cuatro años de guerra.
[–> [–>[–>Es también una de las armas mayoritariamente prohibidas en el mundo que hacen estragos en este conflicto, tácticas como la asfixia con gas sofocante, cuyo empleo, quizá algún día, investigue un tribunal internacional, si para cuando acabe la guerra de Ucrania la descomposición del Derecho Internacional Humanitario lo permite.
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Un millón de trampas
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Desde que comenzó la invasión a gran escala de Ucrania, la Convención de Otawa sobre Prohibición de Minas Antipersona, suscrita por 162 estados, pierde firmantes. Ya están en la puerta de salida Estonia, Lituania, Letonia, Polonia y Finlandia, que esperan los preceptivos seis meses tras su denuncia del tratado. No es casual que esos cinco países tengan frontera con territorio ruso, y sean parte también de la Europa que más amenazada se siente.
[–>[–>[–>Ucranianos heridos por minas terrestres, en un acto en el Hospital Central de la Defensa de Madrid / JOSE LUIS ROCA
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El gobierno de Volodimir Zelenski también ha considerado salirse, pero las reglas de la Convención no permiten a un estado abandonarla si está en guerra. De momento, Ucrania suspende parcialmente su aplicación. Rusia lo tiene más fácil: no firmó el tratado, como tampoco Estados Unidos, Israel, China, India, Pakistán, Cuba o Corea del Norte.
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Para el resto de la comunidad internacional, esta arma tiene escaso valor militar, pues los ejércitos tienen medios para sortearlas o neutralizarlas en un avance, pero “matan o mutilan a cientos de personas cada semana, en su mayoría civiles inocentes e indefensos y especialmente niños”. Lo dice así la Convención de Otawa. Su testo señala también que estas armas quitan la vida indiscriminadamente a combatientes y civiles, impiden el desarrollo, pues los agricultores no pueden volver a sus tierras, y obstaculizan el reparto de ayuda humanitaria.
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[–>No se sabe a ciencia cierta cuántos de estos mortíferos instrumentos están esparcidos en 1.500 kilómetros de frente ucraniano. En agosto pasado, el jefe de planificación del programa contra las minas de la ONU, Paul Heslop, calculó que son más de un millón.
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Gas asfixiante
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Pese a que su principal virtualidad es estar escondidas, el empleo de las minas en la guerra de Ucrania es más evidente que el del gas. Este de hecho, de uno de los episodios de crueldad menos divulgados. Su protagonista es un producto que abunda en los arsenales rusos.
[–>[–>[–>Se llama cloropicrina. Es un viejo conocido de la guerra, pues se usó profusamente este compuesto químico contra las trincheras en la primera conflagración mundial. En tiempo de paz, y en altas concentraciones, sirve como insecticida. Inhalado por los seres humanos, les provoca una intensa irritación. Forma parte del catálogo de armas químicas y, como tales, está prohibida por la Convención de las Armas Químicas, de la que Rusia es país firmante.
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Soldados ucranianos con máscaras antigás en posición defensiva. / Ministerio de Defensa Ucrania
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La cloropicrina desprende un gas pimienta superlativo que puede obtenerse de ciertos plaguicidas agrícolas. Con él, en el frente del Donbás, los rusos han intentado paliar la inexpugnabilidad de las defensas ucranianas. Gaseando, han hecho salir a campo abierto a los defensores, para aniquilarlos una vez desprovistos de la protección de sus túneles y parapetos.
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El ejército ruso ha negado repetidamente haber recurrido a esta arma prohibida. Han dicho lo contrario los servicios de inteligencia exterior neerlandeses y alemanes; y después, los norteamericanos. La acusación europea habla de drones arrojando botellas y granadas de cloropìcrina sobre las trincheras ucranianas.
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Denuncias y sanciones
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El 4 de julio de 2025, Ruben Bekelmans, ministro de Defensa de los Países Bajos, ratificó a su parlamento que “Rusia está intensificando el uso de armas químicas”. Lo decía así porque, antes que la cloropicrina, según su versión, el Kremlin también había lanzado grandes cantidades de gas lacrimógeno contra los ucranianos, el CS, empleado por fuerzas antidisturbios y del que en 2025 aparecieron muestras en Dnipropetrovsk.
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“El uso de gas lacrimógeno y cloropicrina por parte de las tropas rusas se ha normalizado y es habitual”, ha sostenido Bekelmans. El 28 de mayo de 2024 fue Rusia, a través de la agencia Sputnik, la que hizo esa misma acusación a Ucrania, sin obtener credibilidad en Occidente.
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El 20 de mayo de 2025, el Consejo de la UE publicó una sanción contra entidades rusas por el uso de cloropicrina y gases lacrimógenos en el frente. Las tres entidades sancionadas son la Tropas de Defensa Radiológia, Química y Biológica, el XXVII Centro Científico del ejército ruso y el XXXIII Instituto Central de Investigaciones Científicas y Ensayos.
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Guerra sorda
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Un oscuro pulso se libra paralelo a los combates pie a tierra del Donbás y Zaporiya, y gira en torno a las armas químicas. Cuando, a las seis de la mañana del 17 de diciembre de 2024, una bomba estallaba a la puerta de la casa del general Igor Kirilov en Moscú, mataba en el acto a una figura popular en la Federación Rusa. Durante la pandemia de covid se había hecho famoso por sus apariciones televisivas.
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La inteligencia militar ucraniana reivindicó el atentado señalando a su objetivo como padre del programa ruso de armas químicas en esta guerra. La situación en el frente a causa de estos gases llegó a tal punto que los filtros de la clase NBC-3 instalables en máscaras antigás escasearon dramáticamente. La diáspora ucraniana esparcida por Europa rastreó en ferreterías y comercios online. En Amazon, tras un periodo de agotamiento, han vuelto a aparecer los filtros, que se venden a 65 euros.
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Un excombatiente ucraniano mutilado sostiene su móvil en su brazo artificial durante una visita a Madrid / José Luis Roca
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La cloropicrina es una sustancia de la que se habla poco. En tiempo de paz es un producto polémico en un mercado controvertido, el de los plaguicidas, en el que España es un actor pese a las advertencias de entidades ecologistas y de algún sindicato.
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Un reciente informe de CCOO ha denunciado la exportación desde España en 2023 de más de 1,1 millones de kilos de cloropicrina (según datos del Ministerio para la transición ecológica y reto demográfico) a países en los que, a diferencia de la UE, su uso no está prohibido en el campo.
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Explosiones en enjambre
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A finales de 2025, la fiscalía ucraniana tenía anotados 152.012 crímenes de guerra desde la invasión iniciada en febrero de 2022. Entre ellos hay 3.132 casos de daños a civiles por minas antipersona y 62 de estragos por armas químicas.
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Es más complicado el seguimiento, por numeroso, del empleo de otro filón de armas prohibidas: las bombas de racimo, especialmente su uso en áreas civiles profusamente atacadas.
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Los observadores militares occidentales más consultados han señalado el uso sistemático por Rusia de munición 9N235. Es la que nutre las bombas de racimo que, en estos cuatro años se han lanzado sobre zonas civiles, últimamente por drones Geran-2, pero también esparcièndolas con un misil o una bomba aérea.
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La más potente documentada es la que responde a las siglas soviéticas RBK-500, cuyo uso ha seguido con atención la inteligencia británica. Es un arma tremenda, que desprende al abrirse otras 268 bombas.
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Son 120 los países que han prohibido esta llamada “arma de saturación”. No están en la lista ni Rusia ni Ucrania, ni Estados Unidos, que ha suministrado a Kiev lotes para su defensa. Cuando los rusos consiguen arrojar la RBK de media toneladas, las bombas hijas que impactan vehículos y protecciones pueden penetrar hasta 12 centímetros de acero. Las que se quedan en tierra estallan en 40 segundos. Y las que caen sin estallar, a veces un 40%, se quedan durmiendo como minas esperando que alguien las pise.
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Cada una de estas bombas puede llenar de explosiones un área similar a dos campos de fútbol. Su uso se ha reportado en Donetsk, en la terrible batalla de Avdivka y en un lugar ya emblemático de la tragedia ucraniana: Bucha.
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