Cuando dejé descansar a «Bruno»
«Bruno» entró en la consulta sin fuerzas. Era de esos perros grandes que, incluso cuando el cuerpo ya no acompaña, siguen intentando hacerlo todo bien. Caminó despacio, apoyándose más en la mirada de su gente que en sus propias patas. Llevaba días sufriendo. No hacía falta decirlo. Se notaba en la respiración corta, en esa forma de tumbarse con cuidado, como si el mundo pesara más de lo habitual. Sus dueños lo sabían. Yo también. Y Bruno, probablemente, antes que nadie.
[–>[–>[–>La decisión no se tomó ese día. Nunca se toma en un solo día. Viene de noches en vela, de intentos honestos, de esperar un milagro que no llega. Viene de aceptar que el amor, a veces, consiste en parar.
[–> [–>[–>Preparamos la sala con calma. Bajamos la luz. Extendimos una manta en el suelo. Bruno apoyó la cabeza sobre la pierna de María, su dueña, como había hecho mil veces en casa. Ese gesto sencillo, casi automático, fue el que más dijo de toda la historia.
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Les expliqué el proceso con palabras claras. Sin adornos. No hacía falta. Primero se dormiría. Después, dejaría de sentir. No habría dolor. Solo descanso.
[–>[–>[–>Cuando administré el sedante, Bruno suspiró. Un suspiro largo, profundo. De esos que no se oyen, pero se sienten. El cuerpo se relajó. La tensión desapareció. Por primera vez en días, no había lucha.
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Sus manos no dejaron de acariciarlo. Nadie lloró al principio. A veces el silencio pesa más que las lágrimas. «Bruno» se quedó dormido como lo hacen los que ya han cumplido su parte.
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[–>Antes de irse, María me dio las gracias. No supe qué decir. Nunca sé qué decir en esos momentos. Porque la eutanasia, aunque esté normalizada en nuestra profesión, nunca se vuelve rutina. Es triste, sí. Pero también es profundamente reconfortante saber que el dolor terminó. «Bruno» ya no sufría. Trabajo bien hecho.
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