Cuando el cuerpo dice basta
Hay un momento en que el cuerpo habla. No susurra ni insinúa: grita. Un dolor que aparece sin avisar, un cansancio que no cede con el sueño, una tensión que se instala en la nuca o en el pecho como un inquilino que nadie invitó. Y nosotros, fieles a la lógica del siglo en que vivimos, lo ignoramos. Nos tomamos un analgésico, bebemos otro café y seguimos. Vivimos en un tiempo que ha convertido la ocupación en virtud. Estar ocupado es sinónimo de ser importante. La agenda llena, las notificaciones constantes, los proyectos que se solapan y los fines de semana que ya no descansan a nadie. Hacemos mil cosas y aun así sentimos que son pocas, porque siempre hay alguien, en las redes, en el trabajo, en el vecindario, que parece hacer más, tener más, ser más.
[–>[–>[–>Ahí entra el veneno de la comparación. Ese mecanismo tan antiguo como la envidia y tan moderno como el scroll infinito. Si fulano ha ascendido, yo debería haber ascendido. Si mengana tiene casa, coche nuevo y además hace yoga a las siete de la mañana, ¿qué excusa tengo yo? La comparación no mide logros: fabrica carencias. Nos convence de que lo que somos y lo que tenemos nunca es suficiente, y nos empuja a correr más rápido en una carrera que no tiene línea de meta.
[–> [–>[–>Y entonces el cuerpo, sabio y harto, interviene. La enfermedad, el agotamiento o la crisis de ansiedad no son fracasos: son señales. Mensajes urgentes de un organismo que lleva meses enviando avisos en voz baja y al que nadie ha prestado atención. Cuando el cuerpo no puede más, nos obliga a parar. Y parar, en este mundo de locos, es casi un acto revolucionario.
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Paradójicamente, esa parada forzosa puede ser el mejor regalo que nos hayamos hecho en años. Cuando el ruido cesa, aunque sea por obligación, aparece la perspectiva. Uno descubre que el mundo no se detuvo porque faltara al trabajo dos días, que los correos pueden esperar y que hay personas que estaban ahí, a su lado, a quienes llevaba meses sin ver de verdad. No se trata de romantizar la enfermedad ni de celebrar el colapso. Se trata de aprender a escuchar antes de que el cuerpo tenga que elevar la voz. De entender que el descanso no es una recompensa al final de la lista de tareas, sino una condición básica para vivir con algo de dignidad. Y de dejar de medirnos con la vara de los demás, porque esa vara siempre cambia de tamaño según la inseguridad del momento. El cuerpo no miente. Y cuando dice basta, conviene hacerle caso.
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