Cuando México exige que España pida perdón es una cortina de humo
José Miguel «Pepe» Dosal Fernández, nació en Linares (Cantabria) en 1947 en el seno de una familia ganadera. Empezó a trabajar con 10 años en el campo, cuidando ganado, talando árboles, curtiendo pieles… y a los 17 emigró a California, donde fue pastor en condiciones extremas de soledad en las montañas, entre nieve y granizo, con temperaturas de hasta 30 bajo cero, con la sola compañía de un asno, un caballo y dos collies, entre manadas de coyotes, lobos, osos y serpientes de cascabel.
[–>[–>[–>Leyó todo lo que pudo, aprendió ingles por su cuenta, consiguió la tarjeta de residencia, se integró y sirvió en el Cuerpo de Marines. Se traslado a Los Ángeles, obtuvo los títulos equivalentes a la carrera de Comercio y fundó exitosas empresas en los sectores inmobiliario, de jardinería e importación de vinos. Es autor de la autobiografía «Las curvas del camino» (2021), de «La voz de la tudanca» (2023) y acaba de presentar en el Archivo de Indianos de Colombres, «Exploradores, indígenas y pistoleros» (2026). Hoy reside a caballo entre California y Cantabria, mantiene su pasión por la gaita y sigue guiándose por el lema que ha marcado su vida: «Si otros pueden, yo también».
[–> [–>[–>–¿Cómo surge la idea de escribir un libro sobre la conquista y la historia del Viejo Oeste?
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–A principios de los sesenta, cuando en España se veían muchísimas películas del Oeste. Luego viajé a California y acabé trabajando en el Rancho Grande, en el condado de Calaveras. Había visto una película sobre un bandolero llamado Joaquín Murrieta, nieto de españoles de San Sebastián. Un día, mis jefes me señalaron el lugar donde acampó Murrieta; se asombraron de que yo lo conociera. La película no se parecía en nada a la realidad, pero aquello despertó mi interés. Más tarde, conocí a varias familias indias y entablé relación con ellas. Después, en Los Ángeles, un periódico publicaba cada domingo «Hoy hace cien años», y yo recortaba todo lo relativo a indios y pistoleros. Sin querer, acumulé una cantidad enorme de papeles. El año pasado, en vez de tirarlos, vi que ya tenía más de la mitad del trabajo de investigación hecho y me lancé a escribir.
[–>[–>[–>–¿Cuánto le llevó escribir el libro?
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–Escribir fue fácil. Lo arduo fue indagar. Quedan muchísimos descendientes de aquellos personajes, sobre todo anglosajones. Al principio fui a ellos, pero no aportan casi nada porque quieren imponer su versión, poner sus fotos y llevarse el protagonismo. Los descarté, salvo a un par que cooperaron plenamente. La información más fiable está en los archivos: la Biblioteca del Congreso en Washington, y también en San Francisco y Los Ángeles. Para la parte española, la documentación esencial se encuentra en Salamanca y Valladolid. Ahí están los verdaderos orígenes de lo que cuento.
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[–>–¿Inició la redacción del libro ya con la intención de derribar mitos o surgió cuando lo escribía?
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–Alguna idea sí tenía, pero no tantas. Cuando te pones a organizarlo todo, descubres muchísimos mitos, muchos más de los que imaginaba.
[–>[–>[–>–¿Tiene algún personaje favorito entre los que ha incluido en el libro?
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–Tengo tres. Joaquín Murrieta, por supuesto, porque fue el primero que conocí y su historia me la sabía de memoria. Gabriel Moraga, que descubrió el condado de Calavera y era español, porque nació en lo que ahora es San Francisco, pero entonces era la Nueva España. Y Hernando de Soto, por el legado increíble que dejó en Estados Unidos: puentes, escuelas, universidades, barcos con su nombre, e incluso la Chrysler usó la marca DeSoto en su honor.
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–En su libro aparece un asturiano, Pedro Menéndez de Avilés. Hay quien lo considera un héroe y quien afirma que fue un asesino. ¿Quién tiene razón? ¿O no es justo juzgarlo con los ojos del presente?
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–Es imposible analizarlo con los ojos de hoy. Eran tiempos de conquista. Salir de patrulla con veinte soldados y matar a veinte enemigos era lo más normal. Si a eso lo llaman asesino, pues lo será, pero en aquel contexto no lo era. La Corona le mandó explorar y conquistar, y eso hizo. Hubo bajas en ambos bandos, como en toda conquista.
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José Miguel Dosal. / Ramón Díaz
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–Se refiere a mitos del Viejo Oeste que todos dan por ciertos y son falsos; por ejemplo, «la mentira del duelo a muerte». ¿Cuál es la verdad?
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–La verdad es que había muy poco de eso. La mayoría de los encontronazos a tiros eran espontáneos: discutían, y el que primero sacaba la pistola mataba, como en una pelea callejera donde quien suelta el primer puñetazo gana. Los duelos frente a frente, con los dos hombres midiéndose en mitad de la calle, apenas existieron; se conocen un par, como el del OK Corral. Muchos tiroteos eran a traición o en caliente, durante discusiones. Pero el cine y las novelas crearon al pistolero elegante, de caballo grande y buen sombrero, que acababa con cuatro o cinco rivales a la vez. Eso es un mito. Hollywood supo explotarlo muy bien.
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–Aunque nos ha llegado una imagen hipermasculinizada del Viejo Oeste, el libro dedica un buen número de páginas a las mujeres. ¿Qué protagonismo real tuvo la mujer? ¿Se ha minimizado su papel?
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–La mujer tuvo un papel importantísimo. Hacía de todo: trabajaba en los ranchos, conducía diligencias y carromatos; incluso hubo alguna que llegó a ser sheriff. Respecto a las pistoleras o forajidas, bastaba con que una mujer diera de comer o cobijo a un pistolero para que la etiquetaran de pistolera, sin serlo necesariamente. Hubo rancheras que llevaban sus explotaciones solas, con gran capacidad. También hubo exploradoras, tanto indígenas como anglosajonas. Una indígena llegó a ser la primera doctora del Oeste; y ese conocimiento no lo aprendió de los anglosajones, sino de los españoles. Se ha minimizado su papel.
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–Dedica también espacio a héroes indígenas, a los derrotados. ¿Cómo vivieron la invasión de sus territorios y el colapso de su mundo?
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–Lo vivieron muy mal, porque les quitaron todos los medios de vida. Les arrebataron el búfalo: les disparaban desde el tren solo por verlos morir. Ellos no podían entender aquella matanza sin sentido. Los guerreros habrían peleado hasta el último instante, pero los jefes, más cabales, decidieron: «Nos rendimos o desaparecemos». No podían competir. En el libro recojo el discurso del jefe Seattle, un alegato ecologista de una lucidez tal que muchos políticos lo copian hoy. Refleja la inteligencia que tenían. La pérdida que sufrió esa gente tuvo que ser agonizante.
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–¿Alguna película refleja con realismo la historia del Viejo Oeste?
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–Ahora hay algunas más aproximadas, que anoto al final de cada capítulo, pero en general se acercan muy poco a la realidad. Hubo personajes como Billy el Niño, que murió sin cumplir 22 años y sobre el que hay cuarenta películas. Hollywood supo sacar partido donde apenas había materia. Sin embargo, no hay ni una sola película sobre Pedro Menéndez de Avilés u otros españoles. En las escuelas de Estados Unidos o México no se enseña nada de la Nueva España. Quizá no vende. O tal vez a la gente no le interesa.
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–Hay quien exige a España que pida perdón por los supuestos abusos cometidos durante la conquista, y quien sostiene que nunca Hispanoamérica estuvo mejor que cuando formó parte del reino de España. ¿Quién tiene razón?
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–No se puede juzgar lo que pasó hace siglos con la mentalidad de hoy. Fue una conquista; seguro que hubo atrocidades en los dos lados. Los españoles enseñaron a construir, llevaron leyes que protegían a los indígenas, posiblemente más que las que tienen hoy, y aquella vida no fue mala para los indígenas. Cuando México exige que España pida perdón es una cortina de humo para no hablar de los problemas reales. Si tanto les interesan los indígenas… ¿cuánto han progresado en doscientos años? Quien exige perdón por el pasado igual debería pedirlo por lo que está haciendo ahora.
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