Cuarenta minutos
El otro día me tocó volver a verlo. Y cuando lo ves desde fuera, cuando no eres tú uno de los que están en el corro, llama la atención. Después, claro, empiezas a echar cuentas y te acabas preguntando si tú mismo no habrás formado parte de eso más veces de las que te gustaría admitir.
[–>[–>[–>Os cuento: salí de trabajar y paré a tomar un vino. En la mesa de al lado, un grupo de señoras, tan amigas, tan correctas, compartían café y confidencias. Risas discretas. Complicidades. Hasta que una de ellas se levantó:
[–> [–>[–>– Bueno, chicas, hasta mañana.
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Besos al aire. Sonrisas. Puerta. Y no había terminado de cerrarse cuando empezó la autopsia: que si siempre hace lo mismo; que si ya se sabe de qué pie cojea; que si lo suyo no es normal; que si fíjate tú.
[–>[–>[–>La pusieron a caldo y medio con una eficacia admirable. Todas participaron. Ninguna se quedó atrás. Ni una objeción. Ni un «bueno, tampoco es para tanto». Yo miraba la escena con una mezcla de fascinación y prudencia. Porque, claro, la pregunta inevitable era otra: ¿quién sería la siguiente en levantarse? ¿Quién se atrevería a abandonar la mesa sabiendo lo que venía después?
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Y lo peor no fue eso. Lo peor fue pensar en las veces en que yo mismo he participado en ese juego. Porque esto no va de ellas. Va de todos nosotros, o casi.
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[–>Hace unos días escuché un mensaje del Papa León XIV a propósito de la Cuaresma, eso que empieza cuando acaba el carnaval. Nos recordaba que el ayuno más importante no es el que figura en los calendarios ni el que afecta al menú, sino el que afecta al corazón y a la cabeza. Que antes que privarnos de algo en el plato, que además eso ya hace mucho que dejó de formar parte de nuestras costumbres, deberíamos privarnos del impulso de herir con la lengua. Desarmar el lenguaje. Renunciar a las palabras que arañan.
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Coincide que un buen amigo me regaló hace poco un libro de Alessandro Pronzato, «En busca de las virtudes perdidas». Una de esas rarezas que aún te reconcilian con las librerías y con la humanidad. Y en varios capítulos habla de la maledicencia: ese deporte que consiste en diseccionar al ausente con la tranquilidad de saber que no puede defenderse.
[–>[–>[–>Y dice algo que escuece: la maledicencia puede ser deliberada, cuando se quiere hacer daño, o gratuita, cuando se hace por costumbre, por ligereza, por simple hábito social. Y esta última es la más peligrosa, porque casi ni se nota. Se habla mal “sin darse uno cuenta”. Sí, es algo muy fácil.
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Y la cosa es que ninguno de nosotros somos así. Faltaría más. Eso creemos. Hasta que alguien se levanta de la mesa. Entonces empieza el festival. Pronzato lo llama «la consolación de la mediocridad». Rebajar al otro para sentirse uno más alto.
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Pues sí, tal vez el ayuno más urgente sea el del juicio rápido, el del sarcasmo innecesario, el del placer de comentar lo que no nos incumbe. Y no harían falta cuarenta días de ese tipo de ayuno. Bastarían cuarenta minutos seguidos, solo para empezar a entrenar. Que ya sería casi un milagro. Es lo que hay.
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